Querida ciudad: Hace tiempo que no he podido dedicarte los minutos necesarios para escribir, y, aprovechando la oportunidad que me ofrece EL TRULLO, no quiero callar por más tiempo lo que tanto he deseado decirte.

     Los que estamos lejos de ti sólo conocemos el eco de tus cosas; pero sabido es que el eco acerca la montaña a los oídos del que habla.

     Yo diría -mejor- que los que estamos lejos de ti sólo podemos darte el eco de tus cosas; tus palabras nos convierten en espejo de tu voz, en cajas de resonancia de todo lo tuyo.

     Y el año que termina ha estado tan lleno de ti...

     Primero fue tu Semana Santa. Cada año te empeñas en que la semana más honda del año cristiano salga más a la luz de tus calles.

      Yo sé que siempre se ha dicho que no eras muy religiosa, y que tú te has pasado muchos años sin hacer caso de habladurías.

     Y yo digo "habladurías" porque tu silueta, vista desde cualquier punto del término, está agudizada por torres de iglesias centenarias. Y tú no hacías caso porque para desmentir te bastaba con enseñar tu fotografía.

     Pero los tiempos han cambiado mucho, Requena, y al darte cuenta has puesto sobre el tapete de la murmuración las pruebas cada día más rotundas de tus desfiles procesionales, serios como tú misma.

     Y ahora que digan lo que quieran, pero has alumbrado cofradías, adornado pasos y paseado por tus calles los dolores hondos de tu Virgen Patrona.

     Han dicho que no eras religiosa y todavía se oye el silencio de tu pueblo ante el majestuoso paso de los nazarenos.

      Y cada año el mentís es más rotundo. Y yo tenía que felicitarte por el eco estupendo de tu Semana Santa.

     Después fué tu sacrificio.

     En otra ocasión dije de ti que tenías forma de cruz vista desde las nubes, sin pensar que desde las nubes serías sacrificada este año.

     El verano, el año entero, era muy seco. El ajedrez verde de tus viñedos se estaba muriendo de sed. Los peones del trabajo diario, tratando de labrar tu tierra, sólo conseguían levantar polvo. Tus cepas se morían sedientas, cara al cielo sin nubes.

     Y tú seguías con los brazos de tus barrios en cruz, pidiendo agua.

     Pero no te la dieron. Las nubes hicieron acto de presencia sobre tu tierra sedienta; pero...

¿Qué pecado has cometido, Requena?

     Fuiste crucificada sobre un lecho de polvo por las nubes de la ira. El  pedrisco furioso mordió tu carne hecha racimos, y tus campos quedaron convertidos en osario de cepas mutiladas. ..

     La forma se hizo esencia. De tener forma de cruz pasaste a estar crucificada. Se había conjugado el verbo crucificar.

     Y yo sé que alguno de tus hijos, ante el desastre que le obligaba a emigrar, paseó por tus caminos su desaliento, bebiéndose las lágrimas. Y no las dejó caer a la tierra porque la hubieran hecho estéril para siempre. Por lo amargas...

     y muchos de tus hijos se fueron a otras tierras a sanar las heridas que dejaron abiertas la sed y la piedra.

     Y los que estábamos lejos de ti los oímos marchar. Temimos que te quedaras sola y te acompañamos en tu dolor.

     Y en tu duelo quiero que esté también mi pésame: Resignación; ya vendrán tiempos mejores.

     ¿Fue un milagro?

     Tuvo que serIo. Los ausentes no pudimos explicarnos la resonancia de tu Fiesta de la Vendimia.

     ¿Cómo iba a ser posible una fiesta para una vendimia que iba a ser imposible?

     Aún vivíamos con el peso de tu desgracia, cuando empezó a llenarse el aire con los ecos de tu gente en fiestas.

     Yo no sé la causa del milagro. Unos dijeron que el éxito estaba asegurado porque la Reina era una gran reina.

     Tal vez fuera esta la causa del éxito de una Fiesta difícil. Es indudable que la Reina de 1955 tenía suficiente categoría personal para salvar el compromiso; pero... la Reina fue antes que el pedrisco.

     De todos modos, Requena, tu Reina de septiembre pasado merece nuestra gratitud; y la tuya. Espero poder felicitarte pronto porque hayas decidido recompensar el gesto de Beatriz Anna con otro gesto tuyo: Bautizando con ese nombre de hada buena una calle, la más humilde del más humilde de tus barrios.

     Aunque el milagro no hubiera sido suyo, siempre tendrías que saldar la deuda de que tus fiestas llegaran a las pantallas televisoras de los hogares de los Estados Unidos de América.

     ¿No se te ha erizado la piel de orgullo -como nos pasó a nosotros, los ausentes- al enterarte de lo lejos que ha ido tu nombre con el alado nombre de tu Reina?

      Yo también creo que la causa del milagro está en que la Fiesta de la Vendimia ha alcanzado su mayoría de edad. Ya no es una hija de familia que depende de la ayuda de sus progenitores.

     Si fuera de otro modo, hubiera sido imposible que la Fiesta saliera a la calle este año, en que tus hijos no podían darle la ayuda económica de años anteriores, ni tenían humor para sacarla a paseo, del brazo.

     Y lo cierto es que este septiembre la Fiesta fue la hija guapa que alegró las horas de tu desconsuelo; y así devolvió en el momento oportuno y de golpe todos los desvelos que, cuando era pequeña y débil, tuviste que pasar por ella.

     Requena: La Fiesta, antes, necesitaba de ti. Este verano pasado tú necesitabas la Fiesta y la has tenido.

     Los que estamos lejos de ti lo hemos visto así y con asombro. Por ello tengo que darte la enhorabuena. Fue un acierto que en los años en que tenías humor y menos preocupaciones te dedicaras a crear una Fiesta tan hermosa.

    Aunque no te felicitara, tenías la recompensa de una hija bonita y alegre en la que apoyar tus pasos cansados por el infortunio; pero de todos modos quería que supieras que estaba orgulloso de ti.

     Saluda en mi nombre a todos los tuyos. Que se mejoren tus campos y que el año que viene las nubes te traten un poco mejor.

     Felices Pascuas, Requena.

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1955)