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Requena es una vieja ciudad, que sabe, como pocas, sonreír a tiempo. Durante todo el año permanece callada bajo su cielo insumiso mientras los hombres trabajan, y hasta el silencio de sus calles y rincones parece que se reconcentra para saltar, después, deshecho en la colectiva alegría de sus famosas fiestas de la vendimia. Estas fiestas que han adquirido categoría nacional son, además de interesantes, ejemplares, porque demuestran a los ojos abiertos del mundo, la gran fidelidad de un pueblo noble para consigo mismo; de un pueblo que regala su júbilo, coincidiendo con estas fechas iniciales del otoño, en las que los vendimiadores de seca tez y firme pulso, van desgranando sobre el adusto paisaje, la riqueza nativa de sus tierras. El júbilo de Requena es por esto un júbilo consciente y fiel. Si las gentes -de suyo preocupadas y graves- hacen ahora pública proclamación de la sonrisa, si las mujeres de esta comarca pasean su belleza con los rostros iluminados, si corre el vino y se ensanchan prodigiosamente de gozo el horizonte y las palabras, es porque los requenenses saben muy bien que la fiesta de la vendimia es su fiesta más representativa y, por ello, la que merece la máxima exaltación de su alegría. Fulguran en la noche alta los fuegos de artificio, cantan múltiples voces las populares jotas, ríen viejos y jóvenes en unánime duelo de campechanías y alabanzas, y Requena, la ciudad austera del invierno, desangra por sus venas la hermosísima lección de un pueblo que es fiel -quizá como ninguno- a su tradición, sus riquezas y su entusiasmo.
Alejandro Gaos (Publicado en El Trullo de Septiembre de 1956) |
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