Este es el título de una casi olvidada revista cómico lírica de Serrano Clavero, con música de M. Pérez Sánchez y C. Pino Lavara, estrenada en nuestro Teatro Jordá (luego, Teatro Romea) el 24 de mayo de 1894. Sátira, tan mordaz como ingeniosa, emparentada con La Gran Vía, en donde el flemático Caballero de Gracia, los ratas, los marineritos y las "pobres chicas las que tienen que servir" son sustituidos por doña Fuente de Bernate (a la sazón, convertida en un cenagal), doña Plaza de Toros ("en construcción destruida") , doña Casa Consistorial (denominada por propios y extraños "la casa de poco trigo"), don Alumbrado Público en permanente oscuridad "por falta de pago"), don Vino (gravemente enfermo desde el 85), don Matadero Público ("el huerto del francés"), don Ferrocarril y otros personajes pintorescos que dieron mucho que hablar en aquellos tiempos en que el kilo de carne de cordero valía cinco reales.

     El argumento de "Requena por dentro o el sueño de un desdichado" es como sigue: Don Matías Lobo, comerciante de Villaperros, atraído por halagadoras referencias, decide instalarse en nuestra ciudad; pero antes se provee de un plano y lo estudia detenidamente; tan detenidamente que se queda dormido y... sueña, sueña con la desconcertante realidad de fines de siglo (modorra, abandono, caciquismo, desgana, "río revuelto"). Al fin, despierta desilusionado y... decide no moverse de Villaperros.  

 
 

     Veamos la intervención de don Vino en tan pintoresca obrita:

     Oigan ustedes, y aprecien

la magnitud de mis penas.

Yo vine al mundo en septiembre:

hijo de muy buena cepa.

Desde el trullo me llevaron

al cono de una bodega.

Allí pasé cuatro meses

en tranquilidad completa;

y dichoso me juzgaba

en mi prisión de madera.

 

     Un día... ¡día funesto!

el amo sacó una muestra,

y desde el fondo del cono

me trasladó a una botella.

Un francés de roja barba

me echó una mirada seria,

sacó una taza de plata,

me saboreó con flema

y dijo después: -Florit,.

la clase no me aprovecha...

 

     Me quedé como la tinta;

el amo como la cera,

y ,'olví otra vez al cono

devorando mi vergüenza.

 

     A la semana siguiente,

entró el amo en la bodega

y echó sobre mí, no sé

qué misteriosa materia

que yo me puse a temblar

de dolor y de soberbia.

Y de nuevo, al otro día,

me trasladó a una botella

que, metida en una caja,

remitió luego a Valencia.

En un vapor me embarcaron

y aunque baja la marea,

me mareé de tal modo

que perdí mi fortaleza;

y con seis o siete grados

llegué, al fin, a Marsella.

 

      Al probarme los franceses

me escupieron con fiereza;

me encerraron otra vez

en la caja de madera

y en el vapor, dando tumbos,

llegué de nuevo a Valencia.

Me facturó un encargado

a la estación de Requena,

y aquí me tienen ustedes

igual que el agua de Reinas...

    

 

     Un muchacho cruza la escena burlándose de nuestro personaje (¡ Quién te vido, cerezo...!), mientras varios vecinos se lamentan así:

-¡Ay, vino, nos has perdido!

-¡Ay, vino, quien lo dijera! .

Cuando ibas a veinte reales!

-¡Cuando ibas a tres pesetas...!

     Por último, don Vino y sus seguidores salen gritando: ¡ A la caldera!

     Al evocar los tiempos de Requena por dentro o el sueño de un desdichado, en donde nuestros padres y abuelos pusieron en solfa con evidente mal gusto sus propias lacras y miserias, hemos de destacar el profundo contraste con nuestra época, pletórica de nobles inquietudes y fecundas realidades.

     Hasta don Vino ha rejuvenecido al desprenderse de sus mostachos y arrinconar su capa, luego de soportar años terribles, en los que lo mismo le vimos cubierto de andrajos que hecho un señorón.

 

El Cronista de la Ciudad

(Publicado en El Trullo de Septiembre de 1956)