Me hallaba no hace muchos días en Barcelona, sentado ante una mesa en un bar, con unos amigos (para ser más concreto con dos matrimonios): Estábamos comiendo unos bocadillos, pues era mediada la tarde y a la hora en que se ha dado por llamar de la merienda. Cuando una de las señoras ,dijo: "No sé qué beber después del bocadillo". A lo que yo me tomé la libertad de aconsejarle un vasito de vino (predicando, como es natural, con el ejemplo), con cuyo consejo se identificó por completo, por lo que llamó al camarero a fin de que se lo trajera.

     Grande fue mi sorpresa al oír que la otra señora se escandalizaba y le reprochara se tomara un vaso de vino a tales horas y en público, pues -dijo ella- era de mal gusto beberse un vaso de vino.

     No cabe la menor duda de que salí en defensa de mi consejo y se entabló cierta polémica en torno al asunto, de la cual, y gracias a Dios, salí vencedor, pues la primera señora, a despecho de lo dicho por su amiga, se bebió con gusto el vaso de vino de marras. ¿A qué viene sacar a colación esta discusión o polémica?, se preguntarán mis lectores.

     Pues simplemente a que, por desgracia, todavía hay españoles que consideran el beberse un vaso de vino a ciertas horas del día algo denigrante. Pero, señores, pregunto yo, ¿ por qué? ¿Es que beber vino es pecado? ¿ Es que beber vino perjudica? No, y mil veces no.

     Este delicioso néctar con que nos ha regalado la divina Providencia nunca puede ser pecado el beberlo, ni nunca puede perjudicar nuestro cuerpo ni nuestro espíritu. Eso sí, hay que beberlo con moderación, pues todo abuso perjudica.

     ¿Cómo puede ser pecado si el mismo Jesús, nuestro Señor, lo convirtió en la sangre de su sacrosanto Cuerpo? ¿ Cómo puede ser posible que nos perjudique, si eminentísimos doctores nacionales y extranjeros lo recomiendan por su enorme riqueza en vitaminas?

     Y dejando aparte estas consideraciones, ¿ qué más quiere el ser humano que deleitar su paladar, durante o fuera de las comidas, que con un vaso de buen vino?

     Durante las comidas, por ejemplo: con el pescado, aquel vino blanco con su algo de dulce; con la carne, un buen tinto; luego el champaña, mistelas y moscateles para postres, licores..., en fin, no hay bebida que iguale la selectísima gama de clases que tiene el vino, ese "Vino que del cielo nos vino", como dice el poeta y cuán acertadísimo estuvo al decirlo.

     Y en verano, otro ejemplo: Cuando el calor aprieta, qué delicioso es un buen vaso de vino blanco, de poco grado, fresquísimo. No hay, señores, en el mundo ningún refresco que iguale tan deliciosa bebida.

     En cambio, en invierno, cuando deja sentirse la crudeza del frío, no tema usted en beberse un par de vasos "de buen vino tinto de dieciséis grados, y le aseguramos que su cuerpo entrará en calor y se reirá usted del frío.

     Y el campesino, en sus breves descansos en la ardua labor de trabajar la tierra, cómo no goza apretando la barriga de su bien repleta bota, y el obrero en su almuerzo regado con los tragos de la botella que no descuida, y, en fin..., podríamos citar innumerables casos en que el vino nos alegra las horas más rudas de la vida y nos hace más llevaderas las que dedicamos a ganar el pan con el sudor de nuestra frente.

     Hay que beber vino, señores, a la hora que nos plazca; hay que aconsejar a nuestros amigos que lo beban, que ello no denigra ni rebaja la dignidad humana, si no que, al contrario, alegra el espíritu y entona el cuerpo, y de lo que Dios nos da es preciso nacer uso y darle gracias "por el grandioso regalo, que nos ha hecho al darnos esta bebida sin igual en el mundo.

José Biosca Jordá

 

(Publicado en El Trullo de Septiembre de 1956)