EN MEMORIA

DE UN GRAN HOMBRE

    

     Las fechas que se avecinan, las de celebración de la XI Fiesta de la Vendimia, invitan a desempolvar el álbum de su historia y, al ojearlo, recordar con emoción éste o aquel acontecimientos que teníamos olvidados. Pero al hacerlo, como la historia es la cuenta de los muertos, según cierta original definición, advertimos ya sensibles y definitivas ausencias de personajes de singular relieve en determinados momentos de la vida de la Fiesta, que han compartido durante años nuestro entusiasmo por ella, y que nos dejaron para siempre. Tal ocurre -y singularizo por que a él va dirigido mi pensamiento- con el que fue en vida gran poeta y catedrático de Lengua y Literatura en el Instituto de Enseñanza Media de nuestra Ciudad D. Alejandro Gaos González-Pola.

     Ha muerto D. Alejandro. Quienes tuvimos la dicha de conocerle de cerca, de haberle tenido por maestro, de gozar de su amistad, seguimos creyendo, al conocer las circunstancias de su vida y de su muerte, que por algún secreto designio de la Providencia los hombres de su talla intelectual, en todas las épocas históricas como la presente, están fatalmente abocados a desenvolverse en un medio de inquietud y angustia permanente y hasta a esperar una muerte singular y distinta, en sus circunstancias, de lo que no es común el masivo resto de los mortales. Infinidad de veces escuchamos de sus labios, en la cátedra de Lengua y Literatura del Instituto de Enseñanza Media de nuestra Ciudad, con aquel su característico tono expresivo de arrolladora vehemencia, la semblanza histórico-literaria de los grandes maestros de la literatura patria, y siempre su versión, cálida y enardecedora, dejó en nuestro ánimo la íntima amargura del fatalismo que incompatibiliza el genio, salvo excepciones que confirman la regla, con la vida cómoda y resuelta. Y recordándolo pensamos que también D. Alejandro, como tantos otros que le precedieron en el arte excelso de utilizar el pensamiento y la palabra en su forma mas noble ha satisfecho cumplidamente su tributó y a su fallecimiento, deja su vida y su obra sobre la catapulta que habrá de lanzarlas hacía lo alto en espera de un futuro que, con la debida perspectiva histórica, reivindique para su memoria toda la gloria que a mi juicio de admirador y discípulo entusiasta merece.

     Su obra, hija legitima de su pensamiento atormentado, rezuma angustiosa y palpitante sinceridad de confesión que sólo una ponderada lectura con entrega absoluta a la inquietud del poeta es capaz de calibrar en su total dimensión. Después, casi a título póstumo, llegó la paz, una inmensa calma como la del paisaje nevado con que la naturaleza quiso solemnizar su entrega a la tierra el día en que, desde la Ciudad de Requena que le conoció y le amó, con la vista en la infinita blancura y el pensamiento en la tierra del eterno descanso, dijimos el último adiós al cuerpo, que no al alma, de este gran hombre y gran maestro que fue en vida D. Alejandro Gaos. Bendita existencia, al cabo, que se despide eventualmente de la Virgen Santísima venerada en su santuario de Lourdes para su definitiva y eterna comunicación en la gloria de los justos con un intervalo de apenas unas horas.

     Si conocer es amar, por haberlo conocido creemos estar en el secreto de que D. Alejandro Gaos, bajo su respetable presencia física, bajo su atronadora voz y exuberante ademán, en su cátedra, en su vida privada y hasta en su obra, se escondían el poder y la inteligencia de un gigante y la bondadosa ingenuidad de un niño. Quienes le conocimos le amamos y dedicamos a su memoria, íntimamente el mas grato de nuestros recuerdos, hacia fuera apenas vertemos un testimonio de respeto y cariño que palidece ante la realidad de lo que debiera decirse y escribirse de la vida y obra de este gran hombre.

     Descanse en paz D. Alejandro Gaos.

 P. Gil-Orozco Roda

(Publicado en El Trullo de Septiembre de 1958)