COSAS DE ANTAÑO

    El viajero francés Alejandro Laborde escribía hace siglo y medio que "los moradores de Requena, que por todas partes están en actividad, son francos, alegres y placenteros, y muy aficionados a la música y al bayle". Es decir: que hacían suya la frase de que "más vale ir de boda que de entierro".

    Por aquellos tiempos se celebraban doble número de fiestas religiosas que hoy se celebran, con el obligado complemento de "encamisás", vísperas, toros "encopetados", carreras de caballos, fuegos, farsas, danzas, etc.

     Hoy nos limitaremos a recordar las fiestas extraordinarias que organizaba el Concejo con motivo de las reales proclamaciones ("alçar pendones por nuestro Rey e Señor Natural"). En ellas se patentizaba la nobleza, antigüedad y lealtad de Requena a la Corona.

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     Poseemos impresas algunas de estas relaciones, en las que los ingenios locales describen minuciosamente ceremonias, pláticas, invenciones y toda suerte de regocijos organizados con tan fausto motivo.

     Lo más característico de aquellas ceremonias era el acto público de proclamación que se realizaba sobre los tablados montados en las plazas de la Villa, ,Arrabal y Portal de Castilla. Desde ellos, el Alférez, regidor preeminente o decano, se dirigía a la muchedumbre con estas palabras: Silencio, silencio, silencio... y, tras una pausa, decía: Oíd, oíd, oíd... Requena por Su Majestad el Rey... y ondeaba el pendón de la villa a los cuatro vientos, mientras el vecindario prorrumpía en vítores y aclamaciones al nuevo monarca.

     En el orden literario, una de las más notables relaciones de estas fiestas es, sin duda, la que relata la proclamación de Carlos III, impresa en Valencia por .J. García en 1760, cuya portada reproducimos.

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     Por las incidencias a que dio lugar. comentaremos los preparativos que realizó Requena en la proclamación de Fernando VII.

     El 13 de abril de 1808 se reunió el Concejo presidido por el Corregidor don Manuel Antonio Palacios para deliberar sobre la inopinada abdicación de Carlos IV y "levantar pendones" por su heredero.

     En días sucesivos, ante la gravedad de la situación, se confirió "larga y juiciosamente" sobre tan importante asunto y sobre los movimientos de los ejércitos de Napoleón.

     Había que arbitrar "medios y modos" (40.000 reales) para aquella solemnidad y la hacienda municipal se hallaba escuálida.

     Una misiva real fijaba para después del 24 de abril la celebración de aquella ceremonia. Tras muchas vueltas y revueltas, nuestros munícipes no hallaron otro arbitrio que solicitar la venta de algunos terrenos concejiles o de Propios. El expediente se puso en marcha; el corregidor apremiaba, y hasta insinuó ciertas vacilaciones, cosa que no le perdonaron los requenenses.

     La invasión francesa era ya una realidad. Moncey cruzaba la tierra de Cuenca, desbordaba a los nacionales en el Pajazo y penetraba en Requena.

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     Ni que decir tiene que el Corregidor y los más calificados vecinos "pusieron tierra por medio", regresando cuando la comarca quedó libre de franceses luego de su fracaso frente a Valencia.

     Por aquí soplaban aires liberales. Palacios quiso justificarse, pero fue depuesto y expulsado de la población.

     Y nuestro Concejo volvió de nuevo al expediente de proclamación del Soberano. El 5 de septiembre, por fin se gestionó la venta de nueve lotes o suertes concejiles (116 almudes) en el Arco del" Prado de Albalá (Ardal del Campo Arcís), terrenos que fueron tasados en 40.000 reales por Francisco Gadea y José Rubio, labradores (quienes juraron su comisión "por Dios y una Cruz", no firmando "por no saber.)

     Ya iba a consumarse la venta cuando los franceses penetraron de nuevo en Requena, quedando la ansiada ceremonia para mejor ocasión.

 

EL CRONISTA DE LA CIUDAD

(Publicado en el Trullo de Mayo de 1959)