Desde los tiempos de Isabel II en que se llevó a cabo la actual división administrativa y judicial, y fueron ambas incorporadas a la provincia de Valencia, la ciudad de Requena y la villa de Ayora, incluidas en un mismo distrito electoral, unidas por las mismas costumbres, la misma riqueza, el mismo clima, han tenido intereses comunes, aspiraciones idénticos, que nuestros hombres de antaño se encargaron de encauzar.

     La carretera de AImansa., los pueblos del Valle de Ayora, la confluencia de los ríos Júcar y Cabriel, "Cueva Hermosa.", la encumbrada arquitectura del castillo de Chirel, los accidentes geográficos de la impresionante "Chírrichana", despertaron emociones semejantes en el corazón de requenenses y ayorinos, establecieron corrientes de simpatía, emociones idénticas, lazos de amistad y de amores recíprocos entre unos y otros.

     Consecuencia de lo que antecede, uno de los ayorenses unidos desde hace luengos años por vínculos de admiración a las tradiciones, a la historia, a la belleza monumental de nuestra ciudad, es el ilustre escritor don José Rico de Estasen, familiar del catedrático de la Universidad Central don Lucio Gil Fagoaga; amigo que fue de don José Joaquín Herrero y de don Rafael Villena, divulgador de la póstuma gloria del inolvidable poeta serrano Clavero...

     Rico de Estasen es Jefe Superior de Administración del Cuerpo Especial de prisiones, habiendo desempeñado con acierto la dirección de importantes Establecimientos penitenciarios, y prestando ahora sus servicios en el ministerio de Justicia.

     Pero, al margen de sus actividades profesionales, el hijo ilustre de la feliz Ayora es conocido y admirado en toda España, como Secretario Adjunto de la Junta Directiva Nacional de la Asociación Española de Amigos de los Castillos; cultivando la poesía, la literatura y el periodismo; romo repórter gráfico, como conferenciante, como autor de numerosos libros, entre los que son de mencionar "El general Elio", "Los pintores de Cocentaina", "Castillos españoles", "El general Alvarez de Castro", "Fray Antonio de Villacastin", "El Cardenal Belluga", "Peñiscola y el Papa Luna", "Los restos del obispo Gómez de Terán" "El coronel Montesinos" éste , con un hermoso y extenso prólogo del doctor Marañón.

     Testimonio del amor que el señor Rico de Estasen profeso a nuestra ciudad, es la composición poética "REQUENA", que insertó EL TRULLO en el número correspondiente al mes de mayo; composición que obtuvo el Premio de Honor otorgado por el Excmo. Ayuntamiento de nuestra ciudad en los Juegos Florales celebrados el 21 de septiembre de 1929; es decir: hace treinta años.

     Y el reportaje que ilustrado con las mismas fotografías que aquí se insertan -originales del propio autor- publicó el gran diario madrileño "ABC" en su número correspondiente al 12 de marzo último.

 

  

     Desde hace varios días el espíritu de Rodrigo Díaz de Vivar proyecta su tradicional y legendaria influencia sobre la ciudad que supo de su valor, de su heroísmo sin medida, hasta ser conquistada por él en 1094.

     El "Centenar del Mío Cid", primer monumento literario de la lengua española, compuesto en señal de admiración y alabanza hacia el guerrero insigne por un juglar de las tierras ásperas de Medinaceli, ha vuelto a cobrar actualidad bajo el claro cielo de la bella urbe valenciana. Y, con el poema, la espada del héroe legendario de Castilla, la descomunal "Tizona" conservada en el interesantísimo Museo del Ejército; el "Cristo de las Batallas", venerado en la vieja catedral salmantina, que acompañó al Campeador en el desarrollo de todas sus empresas; y el cofre de la de Burgos que, según el "Cantar", como elemento fundamental de una ingeniosa estratagema, garantizó el fabuloso préstamo cuando el de Vivar fue desterrado a Castilla.

     Valencia ha recibido con alborozo las fabulosas preseas, exponiéndolas a la admiración de las gentes junto con otras muchas piezas de rancio sabor histórico que integran la Exposición cidiana instalada en el salón de fiestas del bello palacio del Ayuntamiento, por donde desfila incesantemente un público selecto y numeroso.

     Celoso admirador de las viejas piedras de Burgos y de Salamanca; de los valiosos objetos conservados en el mencionado Museo del Ejército, para quien esto escribe, la emoción de contemplar las reliquias cidianas no es nueva, haciendo extensivo el eco de aquella emoción a la legendaria mansión que habitó el héroe de Castilla y de Valencia en el recinto medieval de la ciudad de Requena.

     UN RECINTO MEDIEVAL SIN DETERIORO

     En contraste con el espacio amplio y dilatado donde se encuentra radicado el casco urbano de la ciudad moderna, como milagrosa pervivencia del pasado, resistiendo con dignidad el paso de los siglos, perdura en Requena el recinto medieval sin deterioro del primitivo barrio de "La Villa", histórico contorno de indudable interés monumental y turístico; digno de ser declarado totalmente perteneciente al Tesoro Artístico Nacional.    

     Quien visite aquella ciudad que tan dignamente sobrevive al brillo de sus tradiciones, a la influencia ideal de sus nostalgias, comprenderá que no existe exageración en mis palabras.    

     Visto desde las estribaciones del Arrabal o desde la Hoya de las Reinas; penetrando en su interior por la Cuesta del Castillo, por la del Santo Angel o por la cuestecilla del Pozo, el solar de la vieja Requena se desdobla en un conjunto de motivos ornamentales, del que son principales jalones los torreones del alcázar y La Montejana; es decir, el espolón de los viejos baluartes asentado al oriente de la ciudad sobre los potentes restos de sus primitivas murallas.

     Entre uno y otro despliega la histórica "Villa" el excepcional atractivo de sus recintos medievales, de sus rinconadas románticas, de sus plazas sumidas en sosiego de siglos y en silencios de eternidad. ¡Cuesta de las Carnicerías, Rincón del Ovejero, callejón de Paniagua, Bajada de San Nicolás, Angostura de Santa Maria, callejón de Segura...! El alma de la ciudad permanece en tales lugares, quieta, sumisa, inmutable, con sus recuerdos de amor a lo sencillo, a lo sobrio, aunque llena de altivez, repleta de gestos rebeldes. Las almas, cuando vuelan allí, no pierden de vista los solares patrimoniales, sabedoras de que de sus piedras emanan resplandores de gloria.

     Pero el atractivo principal de la vieja "Villa" requenense lo constituyen la plaza de Albornoz, que preside el edificio del primitivo Consistorio, en el que destaca un blasón pontificio; la plazuela del Salvador, que se enfrenta con el maravilloso frontispicio del templo de su nombre; la calle de Santa Maria, con la casa que habitó Santa Teresa y el milagro gótico de la iglesia de donde proviene su denominación; el recinto medieval extremo, donde se mantienen en pie, los muros del legendario Santuario de San Nicolás; y la calle de Somera de Arriba donde se alza la legendaria edificación conocida con el nombre de "Casa del Cid".

     LA LEYENDA DEL CID

     Llama poderosamente a atención esta vieja casona, de gótica arquitectura patinada de oscuro, con frontispicio vetusto, amplio portadón de medio punto construido con anchas dovelas de labrada cantería, curiosos ventanales de perfil conopial, entre los que destaca un escudo nobiliario.

     Los timbres de una leyenda poética, que, ni el valor de la historia ni la razón de la época en que fue construido el palacio, logran destruir, sitúan aquí la estancia del Cid y de su noble esposa doña Jimena, que se trasladaron a Requena en compañía de sus hijas doña Sol y doña Elvira, para contraer matrimonio con los condes de Carrión. Bendijo el doble enlace el obispo de Salamanca don Jerónimo de Perigord, el "'don Jerome" del "cantar del Mío Cid", que fue compañero del Campeador en sus principales empresas; y se celebró la ceremonia en presencia del monarca castellano Alfonso VI, que había preparado en Requena la entrevista prematrimonial.

     Hay una prolongación del histórico acontecimiento en la inmediata aldea de Campo Arcís -campo del Cid en la imaginación del historiador local don Enrique Herrero Moral-, quien sitúa en tal lugar a Rui Díaz acompañado de sus capitanes y mesnaderos, riñendo singular batalla con los infieles, que se oponían furiosamente a los avances del héroe legendario de la Reconquista; y una proyección casi mitológica, en las inmediaciones del pueblo de San Antonio, entre  Requena y Utiel, donde es fama que los despiadados condes, tras hurtar sus nobles esposas de la tutela de Vivar, las condujeron a un monte solitario, y después de despojarlas de sus vestidos, como vulgares rufianes, las ataron a los troncos de dos encinas, dejándolas abandonadas a su triste suerte.

     Hubieran muerto de frió, de dolor y de vergüenza, a no haber sido por la oportuna intervención de Alvar Fáñez, el fiel lugarteniente del Cid, que caminando en pos de los recién casados, acertó a pasar por el escenario de la afrenta poco después de consumada aquélla, prestando a las inocentes los debidos auxilios cuando se hallaban a punto de perecer.

          El de Vivar sintió conmovido su corazón de caballero y de padre al tener noticia de semejante brutalidad, y el monarca administró la debida justicia declarando a los de Carrión fementidos crueles y alevosos, y desterrándolos para siempre de Castilla, con lo que las hijas del Campeador quedaron en libertad, y, disuelto el matrimonio, recobraron la ilusión y alcanzaron un vivir tranquilo, contrayendo segundas nupcias con dos infantes del reino de Aragón.

     Desde las tierras de Utiel, hasta Berlanga de Duero, en las altas comarcas de Soria, diversas ciudades se consideran escenario de aquel suceso. Pero cualquiera que fuera el lugar, el antecedente obligado de aquella efemérides que, por lo insólita, desbordó la fantasía de los historiadores, hay que buscarlo en la mansión señorial que se reputa la que el héroe castellano y conquistador de Valencia, habitó con su esposa y sus hijas, en Requena; edificio prócer de original arquitectura, que cuida con amor su actual propietaria la condesa viuda de Torrellano.

     En el viejo barrio de "La Villa", a la sombra de la fortaleza requenense, entre soportales, casonas e iglesias, numerosas leyendas permanecen inmutables.

     Pero de todas ellas, ninguna aventaja a la que emana del viejo palacio del Cid Campeador, porque la acompaña el recuerdo de sus hijas, de aquellas hijas suyas, madera de princesas e infanzonas, que, en un día lejano que recogió Ia historia, ataviadas con blancas túnicas de mangas arrocadas, calzando bordados chapines, los rubios cabellos recogidos en redecillas, salieron del noble caserón para contraer nupcias con los fementidos caballeros, de quienes nos habla con palabras de condenación el Romancero.

 

 

(Publicado en El Trullo de Septiembre de 1959)