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Si el bolsillo diera su consentimiento y la salud, el humor y las ocupaciones lo permitieran, todos, sin duda, andaríamos de uno a otro lado; no como la caja de los turrones, sino como la incansable golondrina; pues el viaje es, entre otras muchas cosas lisonjeras y amables, panacea maravillosa que tonifica, enseña y recrea. Lo que no decimos es que, salvo en ocasiones solemnes, se busque fuera de nuestra Patria lo que aquí subyuga a los cientos de miles de extranjeros que nos visitan todos los años. Y es que en nuestro tiempo hay muchas cosas que no comprendemos. Una de ellas, ya que de viajes vamos a hablar, es la pasión por la velocidad, a la que, tarde o temprano, hay que pagar un trágico tributo en cualquier barranco Rubio o Moreno. Precisamente, al llegar a este punto, hemos de destacar la prisa actual y su contraste con la lentitud y parsimonia que caracterizaba otros tiempos. Entonces, salvo algún "orive" o cofrade del "baile de San Vito", la gente todo lo hacía reposadamente, profundamente, ceremoniosamente -trabajar, comer, andar, hablar, saludar-, como si paladease un manjar exquisito. Hace cosa de 200 años, la poca gente que viajaba -por pura necesidad más que por placer- lo hacía en diligencia, cuando no en carreta o a caballo. La diligencia, de acuerdo con las pocas prisas de entonces, era el vehículo seguro y rápido. En cuanto a comodidades... Imagínense ustedes un carromato tambaleándose por endiablados caminos, entre barrizales y nubes de polvo, con mil atascos que el postillón resolvía con su látigo y su típica oratoria. Y dentro de aquella maldita ratonera, los infelices viajeros zarandeados de uno a otro lado entre congoja que les ponían en trance de cambiar pesetas y doblones. Con anterioridad a los tiempos de la diligencia, en Requena se reunían en caravana carretas, galeras, literas, trajinantes y arrieros que, escoltados por grupos de gente armada, cruzaban las Cabrillas, sucursal de Sierra Morena; y así llegaban sanos y salvos a Buñol. El servicio regular de diligencias entre Requena y Valencia data de mediados del siglo XVllI, cuando ya hacía años que funcionaba la carrera de postas entre Valencia y la Corte de las Españas por estos andurriales. Nuestra diligencia era de cinco caballos y tenía su "estación de servicio" en el parador del Portal, propiedad entonces de don Nicolás García-Dávila, conde de Ibangrande. De buena mañana, una bocina prevenía a los viajeros. Al fin restallaba el látigo del roayoral, y el pesado vehículo, entre adioses y cascabeleos, tomaba el rumbo de Caracuesta. Horas después, en la venta del Relator o en Venta Quemada, parada y fonda, con cambio de caballos. Aunque en esto de la parada y fonda, la gente echaba el "avío" para la semana, sin olvidar la bota de media arroba para contener mareos y distraerse en tan largo camino. Durante la tarde se escalaba penosamente el Portillo de Buñol, llegando los pobres viajeros con los huesos molidos a la posada de Chiva, dando fin a la primera etapa del viaje. Al día sjguiente, de buena mañana, a rodar de nuevo en pos de las posadas del Poyo y del Ciprés: del cruce del llano era ya coser y cantar. Al fin, el bravo conductor detenía el polvoriento carromato junto a la muralla, en la puerta de Cuarte, en donde los del Resguardo entraban en funciones. Ya entre dos luces, la diligencia hacía su entrada triunfal en la famosa Valencia, rindiendo viaje en el parador de la calle de la Carda, junto a la plaza del Mercado. Y los viajeros, renqueando como inválidos, abandonaban aquella maldita nave dando gracias al Altísimo por el feliz arribo. Dos días después, la diligencia emprendía el regreso con nuevas víctimas que llegaban derrengadas y maltrechas a la famosa Requena. Dos eran, pues, los viajes semanales de la diligencia requenense en los que, a lo sumo, iban y venían un par de docenas de viajeros; si bien, los carreteros -oficio muy lucrativo en aquellos tiempos- tenían también su viajera clientela, que se acomodaba sobre fardos de seda y pellejos de vino. De todas formas, el viaje en aquellas condiciones debió constituir un verdadero suplicio. Téngase en cuenta que desde Requena a Valencia habían 12 leguas; a Cuenca por Mira, 22, y a Madrid por San Clemente, 42. Pero el servicio de diligencias, tras las obligadas restricciones impuestas por las guerras, experimentó una notable mejora en 1847 al terminarse la nueva carretera de las Cabrillas. Desde entonces se cubría el viaje de ida y vuelta a Valencia en un solo día. Y, por si faltaba algo, hablan sujetos de ágiles piernas que resolvían los casos urgentes (una medicina, una novedad o el capricho de unas fresas o de unos langostinos). Uno de aquellos andarines era el popular Florentín Navarro, el "tío Marquillo", quien es fama que iniciaba su trotecillo de ida y vuelta a la nueva capital en 17 horas. Luego vino el ferrocarril, inaugurado en Requena el 15 de noviembre de 1885, que no tardó en anular el tráfico carretero y cerrar las puertas de aquellas bulliciosas posadas que un día fueron alivio de caminantes. La llegada del motor fue elevando de nuevo el rango de las carreteras. En este punto hemos de recordar al primer automóvil que llegó a nuestros lares a principios de siglo, rugiendo y saltando como una fiera a diez por hora. Lo pilotaba el intrépido conde de Villamar. Hoy, tras el triunfo definitivo del motor, cosa no puede ir sobre mejores ruedas, pues tenemos aquí una gran empresa que pasea el hombre de Requena por todas partes. Automotores, taxis y mil vehículos van y vienen devorados por la fiebre de la velocidad. Ya nadie se acuerda de las crujientes diligencias, ni de las galeras de la gente prócer, ni de las tartanas del "tío Gato" y del "tío Saluda"; porque el ritmo, el compás de la vida entre ayer y hoy va del "Andante con moto" al "AIlegro vivace". La gente tiene cada vez mayores prisas, sin que hagan mellas los trágicos avisos de la muerte que anda agazapada en carreteras, e incluso, dentro de los coches. Correr, correr... Es el signo suicida de nuestro tiempo; aunque también conocemos en Requena el caso insólito de un burro taimado que se permitió el lujazo de atropellar a un conductor prudentísimo. Buenas noches y hasta más ver. R. B. L. (Publicado en El Trullo de Septiembre de 1960) |
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