Las ciudades, los pueblos, las aldeas, tienen su carácter, su fisonomía particular, algo que les es propio, suyo, intransferible. En algunos, es algo leve, difuminado como una neblina que parece flotar en el ambiente, que resulta inaprensible, que no se sabe de donde viene ni a donde va, que. es indefinible, vago, impreciso. En otros, por el contrario, constituye una nota de reciedumbre, de fortaleza, de seguridad; algo como si brotara de la tierra, se prendiese de las fachadas de las casas y se adueñara del aire.

    Requena es una ciudad de estas últimas. Desde de que la conocí, quede cautivado por su ambiente de pueblo castellano, de pueblo de meseta. En un principio, yo, hombre de tierras bajas, quizá un tanto desorientado, no acababa de calar hondo en su espíritu. Me gustaba pasear por sus calles y observarlas desde diferentes puntos de vista, y poco a poco fui fraguando mi teoría -¿quién no tiene una teoría?; teoría es opinión, y ¿quién no opina?- sobre ella.

     Requena es el conjunto de tres notas distintas como es el conjunto de tres barrios. La Villa es la ciudad que mira a la Historia. Entre sus calles de recios soportales blasonados, calles silenciosas y serenas coma el aire de un día de otoño, el paseante piensa en la ciudad guerrera,  en el baluarte fronterizo que se adentraba sobre las tierras bajas en tiempos remotos cargados de leyenda -¿el Cid, Santa Teresa?-, leyendas que merecen ser verdaderas -¿no lo son acaso?-,  porque lo importante es que se diga, que se hable de ello, se crea, en fin.

     Las Peñas es el barrio campesino. No sé por qué, siempre he imaginado a sus gentes mirando alternativamente hacia la tierra Y. hacia el cielo. Sus casas se van deslizando mansamente por un suave repecho. Vistas desde lejos, parecen querer ascender hacia lo alto, sin prisas, lentamente. Como si las llevara un impulso místico; misticismo que viene acompañado del oscuro laborar de todos los días.

     Y entre los dos barrios, como uniéndolos, el Arrabal. El Arrabal es el pueblo artesano que mira hacia el futuro; es la ciudad en movimiento, que cambia. se transforma y se abre en una amplia avenida hacia. el Oeste -Requena siempre miró más hacia el Oeste que hacia Levante-. El Arrabal es el porvenir, el impulso, el camino por recorrer puestos los ojos en el horizonte.

     Tres barrios. Tres concepciones de la vida. Y algo sobre ellos que los une, los hermana, los identifica. Cuando veo pasar a los labriegos, despaciosos, solemnes, los rostros curtidos por el viento y el sol, los ojos tranquilos acostumbrados a mirar las montañas lejanas, creo que hay algo en Requena que es común a todo ella: su serenidad -serenidad en el aire, serenidad en las calles tranquilas, serenidad en las gentes-, su serenidad de pueblo eterno, de pueblo donde el tiempo parece haberse detenido.

 

Ernesto Veres D'Ocón.

(Publicado en EL TRULLO de Marzo de 1962)