Aquella era una fiesta sencilla, que algunos recuerdan con nostalgia y muchos no la conocieron.

     Los puestos de bacalao frito, rebozados con harina o, como bocados más exquisitos, las longanizas y otros manjares típicos, con aquel pan moreno, dorado en su interior como la mies de nuestras huertas, en la Plaza de los Patos, rebullente de vendimiadores, que llegaban de provincias o pueblos limítrofes, en tardes otoñales empurpuradas por el ocaso, que parecía a veces ensangrentado, como el peldaño pétreo de los trullos.

     Los niños salíamos de la escuela y gozábamos de aquel ambiente acogedor, recorriendo los corros vocingleros y admirábamos, al paso por las calles, el pisar de las uvas en el trullo, por aquellos hombres curtidos, con un bailoteo monótono, cogidas las manos sobre la espalda, calzados con la típica alborga de esparto, deslavazados los pies, que rebosaban, por entre aquellos cordeles, medio amarillos, medio rojizos, el mosto fresco aún por la escarcha de la madrugada.

     Las calles se estremecían al paso lento y crujiente de los grandes carros cargados de negras aportaderas sobre las que, muchas veces, regresaban del trabajo las vendimiadoras entonando alegres canciones.

     Muchas veces coincidía este ajetreo con la feria a la que los aldeanos acudían "a cargar para el año", a reponer ropas, aperos de labranza, especias para la matanza ya próxima, todo cuanto era preciso para seguir viviendo la paz del hogar, al calor de las brasas de las cepas muertas o de sarmientos en los que habían contemplado antes la ubérrima cosecha.

     Sobre las puertas de los trullos yacían amontonados los raspajos, retorcidos y sangrantes como esqueletos de animales extraños.

     Y los puestos seguían friendo el bacalao y las longanizas, ¡aquellas longanizas de Requena! y la sardina "fresca"... Era aquello como un gran hogar, salpicado de chimeneas humeantes, en el que tampoco faltaban los bollos con sardinas, para remojarlo todo con aquel vino áspero, sabroso, sanguinolento de color.

     Y reía y cantaba la gente, mientras se comentaban las incidencias de la jornada. Y por algunas calles, solía hacer su recorrido algún organillero "vendimiador". 

     Era otra; pero era ya nuestra Fiesta como ahora, porque estaba engendrada por el amor y el trabajo que, como dice Juan Ramón, "¡Amor y vida se funden, como el cielo con la tierra, en un esplendor suave que es, un instante, eterno!".

     Y vida y amor eran y son nuestras Fiestas, oliendo entonces a mosto limpio todas nuestras calles y nuestras casas, escuchándose las quejumbrosas canciones o las rabiosas jotas de los pisadores en el trullo y, a veces, las notas dulces de una rondalla callejera, con aires de vals o de habanera y ahora mezclado aquel olor con el de la gasolina y acaso entre "dulces" melodías estilo Benidorm; pero siempre alegres, esperando su paso, para renovar los esfuerzos y las energías en el nuevo tajo.

 

Valencia, julio de 1964.
                                

J. ESPINOSA

(Publicado en EL TRULLO de Julio de 1964)