El callejón de PERUL

 

    

     Existen topónimos comarcanos que sirvieron cumplidamente a esa quimérica propensión, que todos sentimos hacia lo maravilloso.

     A los hombres de las Minas, de la Plata, del Oro y del Tesorillo, podríamos añadir el del Perú, del que plumas amigas nos solicitan algunas aclaraciones, sin duda, surgidas al proyectarse el nombre de Requena sobre algún rinconcito del continente americano.

     No pretendemos -¡Dios nos libre!-, defraudar los fervores "requenistas" de nuestros dilectos comunicantes al decirles que la ciudad nunca tuvo una calle dedicada al Perú, como ellos pretenden. En cambio, todos sabemos que entre el Portal y el Río Grande, "recto como una bala", está el callejón de Perul.

     Este callejón, que fue aliviadero del parador de Portal y "puerta falsa" de media calle de Olivas, se llamaba ya en el siglo XVII callejón "de la Melguiza"; señora ésta tan desconocida para nosotros como las Cojas, las Pepas, las Mudas, la Garrota y la "loca de los Praos".

     Hasta fines de pasado siglo no se ofrendaron nuestras calles y plazas a la memoria imperecedera de ilustres personajes o de efemérides gloriosas.

     Ya de antiguo, junto a la treintena de nuestros santos predilectos, figuraban los nombres de calles alusivos a viejas instituciones (Cárcel, Colegios, Peso de la Harina, Diezmo...), a servicios y diversiones (Pozo, Tienda, Jácaras, Eras, Tirador, Carrera...), a artesanos (Horno de Miguel Marco, Aperadores, Pucherete, Horno de Piñuelo...), a personas importantes, sin que ello significara perpetuar sus méritos (don Juan Penén, don Alonso de Olivas, don Juan de Paniagua, el Rey de Francia...), a características diversas (Somera, Estrecho de las Arenas, Poblete, Casares, Caracuesta...) y a las figuras populares que más relucían en dichas calles (Marinieves, el Chulo, Ana Collada, Tarás, Talega...).

      Estas denominaciones seculares, incrustadas en el alma popular, son precisamente las que, pese a los cambios impuestos por las grandes conmociones, mantienen hoy como ayer su plena vigencia. Entre los diversos ejemplos citaremos el de la calle de García Montés (antes, Dato; antes, de las Fuentes, y siempre, Cantarranas).

     En los primeros años de la pasada centuria vivía en el callejón "de la Melguiza" el corredor de granos Pablo Pérez Perul, cuyo oficio debió de ser muy lucrativo cuando los recuerdos de la Manchuela y de la Serranía enfilaban nuestros caminos.

     Ya tenemos, pues, el señor Pérez Perul en disposición de desbancar y heredar el recuerdo de la señora "Melguiza".

     Cubileteando con el apellido Perul, si le suprimimos la última letra, quedará el alucinante Perú, que insinúan nuestros amigos; pero si a Perul le añadimos la primera letra de nuestro alfabeto, se convertirá en "Perula". Y nos hallaremos ante un apodo requenense que ostentaron varias generaciones, y que bien pudiera provenir de aquel Pablo Pérez Perul, que los padrones situaban en el callejón "de la Melguiza".

     Y esta es, monda y lironda, la pequeña historia de esta calleja requenense, amenizada en nuestras mocedades por los ecos melancólicos del acordeón de "Requenilla".

R. B. L

(Publicado en El Trullo de Mayo de 1967)