Un acierto, gran acierto, ha sido el trabajo publicado por nuestra querida revista LA SEMANA, del polifacético y apreciado colega José Noguera Pujol, en el que de forma documentada y amena nos hace leer, de un tirón, todas las citas vinícolas que el universal novelista valenciano hace en sus obras.

     Pensando en ello estaba mientras tomaba café el día 29, fecha en que se cumplía el centenario del nacimiento del gran narrador en Valencia, en la desaparecida calle de la Jabonería Nueva. Al hojear un periódico me encuentro con un magnífico artículo de ese gran patricio que es don Manuel González Martí, en el cual detalla la instalación de una sala en su maravilloso Museo de Cerámica en el Palacio del Marqués de Dos Aguas dedicada a Blasco Ibáñez.

     Inmediatamente pensé en visitar el Museo la misma tarde del día 29, como modesto homenaje del valenciano medio a uno de los hombres que más ha dado a conocer a nuestra Valencia en todo orbe. Y en cuanto dejé a mis hijos camino de sus colegios me encaminé al Museo.

     Mi sorpresa fue encontrarme allí en el preciso momento en que se estaba inaugurando dicha sala. Mientras oía los cariñosos y sentidos discursos mi mente se trasladó a mi infancia. A los dieciséis años leía las obras de Blasco Ibáñez por primera vez, regalo de mi padre, regalo que he agradecido como ningún otro en mi vida. La fuerza expresiva de la prosa de Blasco era extraordinaria. En mis correrías matinales por la playa, en mis paseos por la huerta y por la Albufera, quizá lo que perseguía era identificar los escenarios en que Blasco Ibáñez situó a sus personajes. Y años más tarde, en diversas giras por Europa, al visitar museos, monumentos y ciudades tuve la impresión de haber estado antes allí gracias a la visión que de esos sitios había ya adquirido por la vigorosa descripción leída en Blasco. Al leer Mare Nostrum, ¿quién no se ha sentido un Ulises Ferragut?

     Regresando de las ensoñaciones al lugar y fecha en que me hallaba, recordé al magnífico trabajo de Noguera Pujol y celebré que el vino, que nuestra SEMANA VITIVINICOLA, estuviese allí representada por uno de sus más modestos colaboradores.

     Debo agradecer al doctor Rincón de Arellano su delicadeza en hacerme quedar hasta el final del acto. Supongo que al acercarse a mí, con su llana simpatía, a darme la mano, me encontró cara un poco de pasmado, pues yo me vi sorprendido entre tantas personalidades, cuando mi intención era la de un valenciano que quiere ser de los primeros en visitar la sala que uno de los museos más bellos de Valencia consagraba a su hijo más célebre.

     El pasado año se celebraron tres centenarios famosos el de Valle Inclán, Arniches y Benavente. Este año tenemos el de Blasco Ibáñez y deberíamos volcarnos para que no ocurra lo de casi siempre: que los homenajes de los países donde han residido nuestros genios son superiores a los que nosotros les dedicamos. Pensemos en el hombre que era europeo, que españoleó en América, que fue un precursor del espíritu europeo que ahora estamos viviendo, que hizo conocer a Valencia en todo el mundo y que nos hizo conocer el mundo a los españoles.

     Pensemos en su labor constructiva, en su espíritu fogoso, sediento de libertad; en su obra literaria, en sus cuentos valencianos, en todos sus escritos donde campea su carácter de lucha e independencia.

     Escribo estas cuartillas a vuela pluma, movido por la lectura del artículo de Noguera, y pienso con mi vehemencia de valenciano, que por la exaltación que hizo Blasco del vino cada vez que surgía la ocasión en sus temas, nosotros, los hombres que nos movemos en esta profesión, le debemos alguna clase de homenaje. Si LA SEMANA VITIVINICOLA lo promueve sabe que puede contar con el Grupo Nacional de Enólogos de España.

 

(Publicado en El Trullo de Mayo de 1967)