Así como

un cabo suelto

    

     Desde  la cima de esta época de grandes velocidades, de síntesis en los más atrevidos cálculos, de penetraciones audaces en los arcanos tenidos por inamovibles, de mecanización al límite y de progreso sin meta fija, gusta el ánimo muchas veces de retroceder a los orígenes de todo esto para gozarse, tanto en la pasmosa capacidad de creación de los humanos como en la dulce placidez que se empareja con los módulos originales de nuestras más consuetudinarias prácticas.

     No podía escapar la viña, el vino y su bíblico mundo a esta ideal experiencia del recuerdo o la imaginación.

     Hace unos días, las pantallas de la Televisión nos dieron una hermosa versión de lo que es una bodega de la hora última, en orden a la pulcritud de sus servicios, .a eficiencia de su función y la depurada plástica de su conjunto. Era en un pueblo toledano de buen pan y buen vino: en Miguel Esteban.

     Un panel de mandos -no quiero creer que electrónicos-, pulsados con prisa por alguna mano, impaciente de otros avatares mundanos, movía todo el complejo tinglado de la bodega que obedecía fiel al deseo de su mentor. El vino, oculto como un pecado inconfesable, seguía un sistema arterial que lo distribuía, por todo el organismo de la bodega, aséptica como una clínica.

     Todo muy hermoso, pero trascendiendo a prisa, a usura de tiempo...

      Sospecho que en algún rincón próximo, dormitarían, arrumbados y polvorientos, la vieja prensa, las patriarcales tinajas y el trasnochado utillaje, acariciados tantos años, ya idos, con el cálido celo de los artífices de la vinificación tradicional.

     Por una transposición mental, la brillante teoría de resortes simétricamente dispuestos sobre el panel de mando, capaces de realizar con una pulsación todo un ciclo de la labor paciente y morosa de antaño, me trajo a! alcance de mis recuerdos aquellas ristras de puntos negros, groseramente estampados en las paredes de las bodegas familiares, con la yema del dedo mojado en el vino espeso y recién nacido. Aquellos puntos que eran la electrónica de su tiempo. No había prisa de contar lo que se hacía sin prisa.

     Golosamente se contaban y recontaban los puntos para medir e! alcance de la riqueza lograda al cabo del ciclo vendimial. Eran unas unidades de impreciso contenido, pero ahí estaban gritando su himno al trabajo en paz y gracia de Dios.

     Junto a aquello había una ausencia de prisa vital, la llave en la cerradura, con la confianza de que el delito o el pecado se guardaban de sí mismos, y la oración de albricias a flor de labio.

     Bien se fue lo que se fue a su tiempo. Pero, ¿no se llevó un poco del amor que lo ligaba a la trama ingenua de su quehacer patriarcal?

     He visto la industriosa colosalidad de una moderna bodega. Y siento el orgullo de pertenecer a esta especie, dinámica y creadora, que ha hecho posible este portento. Es un regalo para el gusto estético y un recreo para el que dejaba su vida a girones en un trabajo inclemente y duro.

     Me gozo en la perfección de la obra bien lograda, pero pido que en este alarde técnico y hasta ornamental de lo humanamente perfecto, se dejen un poquito sin terminar. Un punto sin anudar. Algo mínimamente imperfecto que permita que la bodega, tan pulcra, tan aséptica, ¡huela a vino!

José María SANCHEZ RODA

(Publicado en El Trullo de Junio de 1968)