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Volviendo sobre un tema LAMENTABLE |
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La verdad es que siempre nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Y ahora ha tronado en demasía. Y lo que es más lamentable: los truenos hicieron su terrorífica descarga asolando muchos de nuestros campos y cosechas. Serenada ya nuestra mente y un poco como resignado nuestro ser, tras el paso de un tiempo que no ha logrado mitigar nuestra ansiedad ante el incierto porvenir, queremos insistir sobre un tema viejo y debatido pero que cobra palpitante actualidad. ¿Qué es de aquel seguro colectivo sobre el pedrisco y las heladas, tantas veces anhelado y que nunca llegó a cuajar en realidades? A pesar de que el tiempo va curando todas las heridas, el agricultor se encuentra un tanto mohíno y desmoralizado. La economía comarcana se resiente; y aunque todavía hay familias campesinas que se acomodan a una vida modesta, lo cierto es que, en modo alguno, el ritmo actual, los gastos que imprimen ya cierto carácter de necesidad, abruman a todo el que se ve afectado por la terrible plaga. |
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Sabemos que, en la medida de sus posibilidades, los organismos estatales ayudan a los siniestrados; pero ni estas ayudas, ni las moratorias que se conceden, solucionan el problema. Lo mitigan momentáneamente, pero nada más. Los trastornos que acarrean los siniestros comunes en Requena, y en general en toda España, son a veces de tal intensidad, que abocan al total desaliento, incomodidad, tristeza, y llegan a originar el absentismo rural con todas sus consecuencias, circunstancias que ya llevamos algunos años conociendo y sufriendo. ¿Dónde está aquel amor ancestral por el terruño que nos vio nacer, trabajar, sudar y morir en paz? |
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¿Volverá alguna vez a renacer aquel apego familiar a la madre tierra que nos brindaba su pan y su vino? ¡Cuántas cosas tienen que suceder para que así sea! De todas formas, todavía hay hombres con esperanza, pues no ignoran que siempre hubo calamidades en todas las esferas, latitudes, profesiones y quehaceres. ¡Pero esto del campo se está poniendo bastante feo! El campo es parte esencial de España; es como si dijéramos el alma, la raíz, el fundamento del edificio de la Patria. Todos queremos una España limpia y sana, pero ¿no se debería empezar por revitalizar el campo español? Hombres sabios nos dirigen, que continuamente hablan de la riqueza material y espiritual del agro y de sus gentes, como portaestandartes del trabajo y la virtud, pero es necesario que se vayan fortaleciendo con remedios eficaces. Que sea la humilde voz de este campesino, sin letras y sin estudios, la que llegue a donde corresponda. Pero que no clame en desierto; que sea como la voz angustiada del marino cuyo barco se encuentra en grave riesgo de irse a pique y al cual es preciso salvar. ¿Es tan disparatado este clamor mío, eco de miles de voces que claman de igual forma que la mía? Todo en la vida tiene remedio. Pero el remedio debe aplicarse cuando es necesario, ya que jamás se le ocurre a nadie llamar al médico cuando el enfermo agoniza o ha muerto ya. Alguien podría argüir que todavía no hemos llegado a ese trance fatal, y a ello podría contestársele diciendo que, por lo menos, ya vamos empezando a andar el camino. Y me refiero al camino del despego y el abandono del campo, pues el de la muerte, ése ya lo iniciamos en el momento en que nacemos. ¡Que Dios, y los hombres que pueden saben, no nos abandonen! No brindo la panacea ni la piedra filosofal para acabar con todos nuestros males. Solamente me limito a resucitar un tema, que está en la conciencia de todos los campesinos, y que quizás tuviera solución. Y aunque no la tuviera, ¿por qué no se prueba el último remedio? URBANO CARCEL (Publicado en El Trullo de Agosto de 1968) |
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