Nicolás,

aquel muchacho rubio

    

    

     Nicolás Pérez Salamero era un muchacho rubio, fuerte, vivaracho, lleno de vitalidad, cuya ascendencia requenense, amén de otra múltiple vinculación, nos permitió conocerle bien, participar de una reciprocidad de afectos y formar parte de peñas, timbas, galanteos y otras zarandajas juveniles que fueron comunes a un nutrido grupo de muchachos requenenses hacia finales del decenio de los cuarenta y comienzos del siguiente. Aquel muchacho, que ya entonces era estudiante de Derecho, concluyó su carrera, contrajo matrimonio mientras preparaba la oposición y fue Notario. Notario y generoso padre de familia, tanto más respetuoso con la Ley de Dios cuanto más se prolongó su vida matrimonial a juzgar por los anuales alumbramientos de su esposa, desgraciadamente fallecida en plena juventud, y cuando, tras su más esforzada aportación a la constitución de la familia, podía esperar un futuro progresivamente más halagüeño.

     El ejercicio profesional de su carrera le llevó de Garrovillas a Viver (Castellón), donde su temperamento; inquieto, promotor de cosas buenas, y con talento, habilidad y arte político, abordó este nuevo aspecto -mejor, latente en su ser- del gobierno de la comunidad, pasando a ocuparse de la Alcaldía de aquella ciudad.

     Recientemente, aquellas gentes de la Provincia hermana, que sin duda son buenos ojeadores, se han felicitado, sin duda, y nos han obsequiado a nosotros, fichando a Nicolás Pérez Salamero para ocupar el cargo de Presidente de la Excelentísima Diputación Provincial de Castellón.

     Nosotros, los requenenses, un tanto iconoclastas de nuestras cosas y de nuestros hombres, pecamos una y otra vez de frigidez temperamental. iQué vamos a hacerle! Sean estas líneas, a título de excepción que confirma la regla general, un testimonio de regocijo público, totalmente aséptico de incienso como corresponde a la fidelidad que guardamos a nuestro buen Zapata.

 

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1968)