¿Hay algo más justo que quien llenó con ágil y amena pluma tantas páginas de esta revista, desde su fundación hasta hoy reciba en su mismo palenque el merecido reconocimiento y homenaje?

     Y decimos esto, porque en el corto lapso de un año, nuestro compañero y amigo, Rafael Bernabeu, ha sido galardonado con dos distinciones honoríficas: hace un año la Medalla de Oro de Cisneros; hace escasamente unos días, el 10 de diciembre, le fue impuesta en Valencia, la Medalla de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio.

     Y concretamente por su profesión de maestro; que aunque su polifacética y meritoria actividad en otros diversos campos haya contribuido al logro de estas distinciones que le honran y hacen revertir su honorabilidad a nuestra ciudad, campo de su infatigable acción, es indudable que a su condición de maestro lo debe como sumo compendio de valoraciones y motivaciones, como cúspide donde se conjugan todas las manifestaciones accesorias -no por ello menos meritorias- de su vida y su obra.

     Y es que el ser maestro obliga a mucho, y mucho realizó en su dilatada experiencia profesional don Rafael.

     Recuerdo unas frases a este respecto del gran autor dramático Alejandro Casona, también maestro durante algunos años. Decía: "Siento la profesión de maestro profundamente. Aprendí a amarla y respetarla a través de mis padres. Después he comprendido que es la profesión más difícil que conozco. Para entregarse a ella plenamente hace falta fortaleza, alegría, fe, fervor y un pulso delicadísimo porque -como el cirujano- está en su mano, y a un milímetro de distancia, formar o destrozar el alma de un niño". Y un viejo pedagogo decía: "Cuando no te sientas capaz de subir o andar el camino de tu escuela cantando y con ilusión, retírate".

     Y don Rafael no se retiró; porque supo andar el camino de su escuela con amor y con ilusión; porque hizo norma de la puntualidad, la pulcritud y la pedagogía práctica; porque como buen cirujano, con pulso decidido y exacto, con el delicadísimo razonamiento del buen ejemplo y la sana costumbre del consejo discreto y lúcido, sacó sus mejores armas para legarlas a las generaciones que pasaron por sus aulas.

     ¡Qué cosa tan maravillosa es sentirse maestro y ver fructificar la semilla que sembraste!

     Y en cuanto a artista de categoría, lo pregonan sus éxitos, publicaciones, artículos... y su batuta, pues no hay que olvidar, sino colocarlo en lugar preferente, su desbordante ingenio musical, su tesón y grandísimo esfuerzo en la dirección de la Rondalla Requenense. Al Rafael Bernabeu artista, historiador y musicólogo, vaya este soneto como dedicatoria:

 

En ti, nobleza y norma se encarnaron,

Impaciente guardián marcó tu paso

por la idea y la luz. No hubo fracaso,

jamás, donde tus signos campearon.

Ideales cometas se encumbraron

como luceros de intangible raso,

desde el fecundo y desbordante vaso

que, en tu mente, las musas anegaron

Y un colofón de nítida grandeza,

donde revuela tu ángel peregrino,

orla el verbo y el ritmo en tu cabeza.

¡Por algo, Rafael, es tu destino

ser portador del arte y la belleza,

para sembrar con ellos tu camino!

F. Yeves

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1968)