Muchos han sido los poetas, locales o foráneos, que cantaron el nombre de Requena, sus tierras y sus gentes, sus costumbres y su espíritu, y unos con más y otros con menos acierto e inspiración trataron de expresar su sentimiento poético en alas de las musas camperas que anidaron en mentes enfebrecidas por el fuego sagrado de la divina llama del numen y la vena literaria.

     Desde Díaz de Martínez, Enrique Tormo, José J. Herrero, Luisa Cervera y el padre Calasanz Rabasa; pasando por el poeta cantor de la Villa, el apasionado y malogrado Enrique Fagoaga; el gentil enamorado de Requena, Nicolás Agut; el satírico Ruiz Viana; el luminoso y musical Rafael Duyos; el profundo y ultraísta Alejandro Gaos; los finos e inspirados Rafael Villena y José Rico de Estasan; siguiendo con los que en nuestras justas literarias dieron fama a Requena: Adriano del Valle, Foxá, Federico Muelas, Ximénez de Sandoval, Antonio de Jaén, Valls Jordá, José Quereda, López Anglada, Calatayud Bayá, Ernesto Veres, etc; hasta los que hoy todavía pretenden mantener en alto el estandarte de la musa como emblema de ilusiones y esperanzas: José María Sánchez Roda, Salvador Arnal, Andrés López, José María Viana, Salvador Zahonero, y algunos otros entre los que se cuenta el que suscribe, nadie caló tan profundamente en el alma de Requena, ninguno tan popular ni tan querido como aquel cantor de la raza hispana, aquel gigante y venerable poeta cuyo nombre de inmarcesibles ecos llenó con su ágil péñola rincones y paisajes, mares y continentes, en inspirado vuelo de acendrado amor con fluidos versos y encendidas estrofas: don Venancio Serrano Clavero.

     Hoy, en vísperas de celebrar el centenario de su nacimiento -no olvidemos que tendrá lugar el año próximo, 1970-, como un anticipo del homenaje que el pueblo de Requena debe a su eximio y representativo poeta, quiero glosar su figura y su obra, aquella plena dedicación al cultivo de las letras, sus inquietudes y afanes, su prolífico manantial de cristalinos sentimientos, y, en fin, todo aquello que nos sirva de recuerdo y añoranza, pero que esté presto a realidades perentorias en las próximas fechas de su homenaje; algo así que vivifique su memoria en el pedestal de nuestro corazón.

     ¡Que bien se lo merece aquel hombre que tuvo el buen nombre de Requena a flor de labios, en España y en América, en todas las singladuras y latitudes de su vida; aquella vida que se truncó en toda su madurez cuando la sazón de sus frutos estaban en su máximo esplendor!.

     En el prólogo de su libro "Rosal de España", Justo López de Gómara, director del periódico "El Diario Español" de Buenos Aires, dice así: "Como los hombres perfectamente dotados de energía física y moral no necesitan de báculo ni de guía para cruzar a lo largo de la vida, la obra poética de Serrano Clavero no necesita embajadores ante la opinión. Le sobran fuerza, pujanza, dinamismo, para alcanzar el triunfo, como florón de la poesía y breviario de la patria; esta obra es como puñados de oro lanzados al azar por la mano de un príncipe derrochador y después recogidos para acuñar artísticos trofeos que se agregarán al soberbio y glorioso joyel de las letras castellanas".

     Su vida y su obra, impregnadas de sencillez y de amor ejemplares, son como jalones imperecederas que dejaron huella profunda en el ánimo de quienes siguieron los pasos de su actuación en la vida pública y literaria.

     Al rememorar su nombre y su excelsa figura, así como al desplegar la exuberancia de sus inmortales versos que le conquistaron un puesto de relieve en la alta cima de la inspiración, el cariño y el entusiasmo nos arrastra hacia la glosa y la veneración.

EL HOMBRE

     Don Venancio Serrano Clavero nació en Requena el año 1870, y murió en Valencia el año 1926, precisamente en la Casa de la Salud del Camino del Grao víctima de mortal dolencia que sufrió con ejemplaridad manifiesta.

     Desde muy joven Se aficionó a la poesía siguiendo la corriente vertiginosa de los últimos románticos, e igualmente se dejó llevar por el complejo mundo de la política en una época no precisamente de las más constructivas, cuándo el ser español no era recibir el espaldarazo de la fama, sino que el espíritu del desastre colonial del 98 era como un reflejo negativo aun en aquellos hombres ilustres que pudieron y supieron alcanzar la inmortalidad.

     Cuando ya el nombre de Serrano Clavero estaba consagrado en el campo nacional de las letras y tenía conquistado un puesto en la palestra política, que le habría llevado a ciertas satisfacciones materiales, posición e influencia, se sintió inmerso en la inquietud migratoria de la raza, y renunciando a un bienestar actual o próximo, quiso sentirse Español por los cuatro costados y para ello, pensó y efectuó su traslado a la joven América, dejando un casi cierto porvenir y la seguridad de un acta de diputado, por el dudoso éxito de una empresa futurista, decisión ésta que vituperó el sanchopancismo de muchos y únicamente comprendida por los escasos quijotes que en aquellos tiempos habían.

     Residió muchos años en Argentina, llegando a redactor jefe del "Diario Español" de Buenos Aires, en el que luchó con su peculiar temperamento durante seis largos años, hasta que nuevamente, con decisión repentina, quiso volar, y voló en busca de nuevos horizontes dentro de aquel mundo americano, hasta que regresó a su periódico donde consumió gran parte de su vida.

     Sintiéndose enfermo y añorando la vieja inolvidable Patria, abandonó su ya brillante posición en Buenos Aires, triste y preocupado por sus dolencias, y regresó a su hogar requenense y a su segundo hogar valenciano, donde a la aún temprana edad de 56 años dejó de existir.

     Andariego e infatigable, con reminiscencias teresianas en su médula, castellano neto sin doblez, templado como el más puro acero toledano, jamás quiso doblegarse ante nada ni ante nadie, por principios de ética e hidalguía, y por temor a herir su conciencia de acrisolada honradez. Toda su prestancia y señorío afloraba al rostro con claridad meridiana, y hasta tal punto, que, el verso y la sonrisa, la mirada y la rima, concertaban acordes impacientes por reverberar en aureolas de incontenible vitalidad.

     Y cuando ya la fama le abrió las puertas de la antología, Serrano Clavero se sintió más requenense que nunca; y sus más delicados y armoniosos cantos fueron para su cuna y sus primigenios lares: lauros y rosas en troqueles de cierzos y solanas.

EL POETA

     La obra poética y literaria de Serrano Clavero es reseñada por don Rafael Bernabeu en su Historia de Requena; y así nos habla de "Requena por dentro o el sueño de un desdichado" (1894), "Docena de fraile" (1897), "Todo quedó en casa" (1896), "Sangre y oro" (1914), "Rosal de España" (1925)'" "Flor de olvido" (1926), la zarzuela "La hija de España" (1909), "La estudiantina" (1914), "El príncipe Cañamón" (192.6), etc.

     Aparte del valor literario de toda su obra, de los matices humorísticos y costumbristas de algunas de sus producciones, lo que dio nombradía y excelsa representatividad a Serrano Clavero fue el fragante y abundoso ramillete de escogidos poemas, plétora rebosante de savia y de luz, maravilloso florilegio de aromas exquisitos. Su recia inspiración trasciende honradez y rezuma ternuras; no en la modernista mitología del olímpico y trasplantado rococó rubeniano, sino en la sencilla concreción del hombre y el ambiente; pero cuando quiso elevarse hacia límites altísimos en defensa de la Patria y de sus asombrosas gestas, fue como el pionero de la Hispanidad, el puente versificador de ultramarinas emociones, el engarce fraterno del conquistador y el gaucho, algo así como el nudo marinero apretando quereres en tiempos procelosos.

     Dice López de Gómara: "Serrano Clavero es el tipo más representativo del enamorado, pasional hasta el misticismo, que en la ausencia siente doblemente exaltado su sentimiento hasta el éxtasis. El primer mandamiento de su devoción patriótica es, lejos de España, amar a España sobre todas las cosas. Y al servicio de ese culto lo ha puesto todo: acción, pensamiento y palabra ¡la vida entera! Desde que pisó tierras de América, su vida ha constituido una gloriosa cruzada para el enaltecimiento de la vieja madre, para la que ha conquistado, en brillantes torneos, el alma, el aplauso y el respeto de todos los públicos, que ven en este paladín de la raza, la personificación caballeresca y culta de la España generosa, brava y sentimental".

     Sus versos destilan auras sanas que extasían y fortalecen al mismo tiempo; huye de lo endeble y caprichoso, de lo! fútil y banal, para abundar en robustez y brío: él mismo lo dice:

 

"Mi musa no es Safo

delicada y tierna:

es mujer de pechos robustos, pletóricos

de savia de vida para razas nuevas".

     Todos sus poemas recogidos en el libro "Rosal de España" tienen fibra y hondura, sonoridad castiza en viejos y gloriosos moldes, fluidez de expresión y conceptos, paloma torcaz de altos vuelos en ocasiones, y en otras, tímida tórtola de imantadas atracciones madrigalescas y líricas.

     Fue discípulo predilecto de Teodoro Llorente, y ambos se enorgullecían de su parentesco espiritual. Cuando Valencia tributó justo homenaje al gran patricio levantino, Serrano también le rindió su público tributo de admiración desgranando un raudal de líricos versos:

 

 

Yo también a esta mesa de florista

traigo, maestro, mis humildes rosas.

Harto sé -y el saberlo me contrista-

que mis flores no son las más hermosas.

Las cogí en los picachos de la sierra,

y al percibir su natural aroma,

no te asombre en sus hojas hallar tierra

o el perdido plumón de una paloma.

La musa que modela mis canciones

no es musa cortesana;

huye el lujo de espléndidos salones

y con hojas de hiedra se engalana.

Ella aprendió sus cantos en la augusta

soledad de los valles, en la choza

donde esconden su faz triste y adusta

los viejos padres y la casta moza,

al recuerdo del ser idolatrado

que en extraña región murió olvidado.

La imponente quietud de esos hogares,

de los sufridos parias los pesares,

la esteva en el barbecho abandonada,

a mi musa indignada

arrancaron enérgicos cantares.

Sus estrofas mejores

son para los oscuros luchadores

que en el surco, la mina o en el tajo,

celebran, sofocando sus dolores,

el sacrificio augusto del Trabajo.

     Solamente la síntesis lírica de sus afanes y trabajos pone una nota total de sinceridad doliente:

 

"Mi vida ha sido siempre vida sin calma:

días de sufrimiento y horas felices...

y he sacado, de todo, cansina el alma

y el corazón cubierto de cicatrices."

     Cuando habla de España, la grandiosidad de sus ilusiones y entrañables afectos se desborda a raudales: Sus poemas "La raza", "Mi novia", "Madre e hija", "Pan y toros", "Alma andaluza", "La Argentina", y otros muchos, son como antorchas de fe hispánica alumbrando torsos desnudos por rutas imperiales. Y en la emoción del regreso a la Patria, cuando sus ojos enfilan la costa del perfil ibérico tras dieciséis años de ausencia, Serrano llora y escribe:

 

"Ya, tras la mancha azul del oleaje,

que finge inmensa y movediza alfombra,

como una eucaristía de esperanza,

surge del mar la suspirada costa.

¡España! ¡Allí está España! Por los ojos

parece que el espíritu se asoma,

y el corazón hacia ella se levanta,

y las rodillas, con unción, se doblan.

Allí está España, la bendita tierra

donde el nacer es honra,

porque el don de la vida se recibe

con regios privilegios de la Historia.

               ....................

Por eso, cuando el buque enfila el puerto

como atraído por la tierra próxima,

mis labios balbucean: ¡Madre mía!

mientras el llanto de mis ojos brota.

y me arrodillo, místico, ante España,

y me parece su extendida costa

unos brazos abiertos que me esperan

y una madre feliz que me perdona."

     Hay veces que en sus versos refleja la vehemencia de su corazón y sus sentimientos ante situaciones injustas, y entonces su pluma es dardo que remueve conciencias acomodaticias. Así en el caso de su composición "El león muerto" en homenaje a la memoria de Joaquín Costa:

 

"Mi musa tiembla cobarde

ante el cadáver de Costa,

esperando que el difunto

se alce en su caja mortuoria

y nos pague el homenaje

con estas voces de cólera:

-¡Más libros y menos loros!

¡Más pan y menos estrofas!"

     O cuando habla de la noble profesión del periodismo:
 

"Periodista: no profanes

tu elevado ministerio

con venenoso criterio

ni groseros ademanes.

Que causa impresión contraria

cuando la letra de imprenta

se mancilla con la afrenta

de la frase tabernaria.

En la polémica, arguye;

la pluma es un arma leve

y según el que la mueve

se ennoblece o prostituye."

     Su religiosidad, aun tocándole vivir en épocas de marcado tinte racionalista, es innegable. Lo demuestra en múltiples composiciones de gran belleza. Una muestra palpable, en "La plegaria del pájaro", canto a la aviación y a su patrona:

 

"-¡Cántanos poeta! Canta la hermosura,

canta el dulce encanto de una Virgen pura

que, envuelta en la gloria del celeste tul,

protege en los aires al pájaro humano

y alumbra su mente y guía su mano

en las soledades del espacio azul.

¡Virgen de Loreto! Virgencita buena!

Libra de peligros la región serena

donde canta el hada de la tentación.

La hélice es de plata y la estrofa es de oro.

¡Piensa que las aspas y el verso sonoro

vibran en la altura como una oración!

     Sus inspirados poemas de temática generalmente popular, y especial el que titula "Venganza", adquieren visos de inmortalidad, sin ser inferiores a los más hermosos de Campoamor. Cuando su numen aborda la tragedia, el dolor, la injusticia o el fatalismo de los desheredados, sin incurrir en la demagogia, traspasa el corazón más duro y quebranta la dureza de la indiferencia. "Los conquistadores de América", "La grande", "Cosecha perdida", "Otoño de almas", etc. vibra con vigorosas y encendidas estrofas, aires y empeños rotundos, clamores de celosa y restellante fogosidad.

     Pero, sobre todo, Serrano Clavero es un poeta regional. Como Vicente Medina en Murcia, como Gabriel y Galán en Extremadura, como Curros Enríquez en Galicia, y como muchos otros que hicieron profesión de fe y velaron sus armas en la región donde nacieron y se enamoraron.

     Aparte de su valencianía indudable, como lo demuestran sus poemas "Valencia mía", "La muerte de la huertana", "Himno de amor", y algunos otros, Serrano Clavero es requenense de pura cepa, de la cabeza a los pies, aunque en su anchuroso y enamorado corazón cupiesen todos los cariños del mundo.

     Y hemos querido dejar para el final este aspecto esencial y primordial para nosotros, los requenenses, por considerarlo el más digno colofón a este pobre bosquejo de una vida y una obra gloriosas.

     "El poema de la vid", donde Serrano hace la apología de la adusta y retorcida cepa hasta llegar al sacrificio entre los morrillos del hogar, tras haber agotado sus venas con fecundos partos de racimos rebosantes, es como un romance de amor y de muerte cantado por la abuela en una noche de viento y de nieve.

       "La fuentecilla", delicada composición de profunda filosofía, abre nostalgias en el alma campesina y rememora paseos tranquilizantes por los paisajes requenenses:

 

"Junto a una senda casi ignorada

que un hondo abismo bordear se ve,

corre escondida, pobre y callada,

la fuentecilla de San José

     ...............................

A nadie llamo y a nadie pido;

a todos brindo dulce merced;

me enorgullezco cuando encendido

me busca el labio seco de sed.

Tal en la vida de los mortales

mi vida humilde se ha de copiar:

que el amor temple con sus raudales

de los sedientos el malestar.

Que todo pecho mitigue penas

con amoroso raudal de fe...

-Así cantaba, corriendo apenas,

la fuentecilla de San José".

     Pero donde más vibra la requenuda tesitura de Serrano Clavero es en su "Ofrenda a Requena"; el canto del pájaro viajero en el retorno a su nido; la apertura ante la madre idolatrada del corazón más fogoso y vehemente en horas de cansancio y casi postración; el inclinarse ante la visión del más puro ideal hecho realidad tangible; la explosión del amor enardecido por sentimientos clamorosos que pugnan por romper su arboladura en aras de lo más hermoso y total; el éxtasis y el mudo sollozo de recia virilidad; el coloquio en sublime confesión de relativas culpabilidades incruentas; la genuflexión y la ofrenda final. Algo maravilloso, que, venga de donde venga, siempre es sublime, pero expresado por Serrano Clavero, alcanza lindas de excelsitud incomparable. Es el mejor himno a Requena entonado por el más ilustre y el más enamorado de sus poetas. He aquí alguna de sus estrofas:

 

"Al pisar otra vez tu nuevo suelo

tras largos años de sentida ausencia,

siento en mi corazón como un consuelo

y nueva luz inunda mi existencia.

Hijo inquieto, andariego y quimerista,

dejé un día el calor de tu regazo,

y de un noble ideal tras la conquista

vibró mi ser y se agitó mi brazo.

Luché con heroísmo y esperanza

y fue el amor mi apasionado mote,

sin importarme ver que Sancho Panza

se enriquecía más que Don Quijote.

América me oyó como una novia

escucha la amorosa serenata,

y hoy siento que el laurel mi sien agobia

en los triunfos ganados junto al Plata.

Vuelvo a ti vencedor, Requena mía;

pero al volver a tu adorado seno,

envuelta en los fulgores de este día

te he querido mirar con tu hijo bueno.

De la mano de un rey una bandera

para ti he recibido en la jornada.

Recíbela como expresión sincera

de mi hondo amor y de mi fe jurada.

Pon en ella tus besos y tu llanto;

y su grandeza al contemplar, te pido

qua pienses que en la ausencia y el quebranto

tu poeta jamás te dio al olvido.

     Esto escribió nuestro poeta en enero de 1924. Tan sólo dos años de vida mortal le quedaban a su zarandeado cuerpo. Dos años de sufrimiento y de dolor aun viéndose estrechado en el regazo de su madre patria y de su patria chica. Pero cuando entre sus penosos últimos días alcanzaba a vislumbrar el más pequeño rayo de esperanza, hablaba de Requena con ilusión y entusiasmo, con arrobamiento rayano en lo místico, con la muda o la sonora contemplación de su pensamiento y de sus mejores versos.

    Serrano Clavero merece nuestro homenaje más ferviente. El próximo año 1970, cuando sus parientes argentinos trasladen a Requena el artístico busto esculpido por manos fraternas regadas con la sangre de la pampa, y el pueblo de Requena lo contemple en su roqueño pedestal, que hasta el aire que se mece por los treinta y dos puntos de la rosa de los vientos lleve las vibraciones de un clamor unánime: Requena por su poeta. Madre e hijo en inconfundible abrazo ligado por el verso y la tierra; el espíritu hecho materia para recuerdo imperecedero de todas las generaciones. ¡Y la figura dormida de Serrano Clavero, basada por las auras requenenses en idilio de paz, siendo espejo y modelo de honradez y de trabajo!.

YEVES

(Publicado en El Trullo de Julio de 1969)