ITINERARIO

HISTORICO - SENTIMENTAL

 

la villa

y la

luna

Por José María Sánchez Roda

 

"LA VILLA. Recórrela, viajero amigo, pasito a paso, con la mirada limpia y, si te es posible, en una noche de estío bañada de plenilunio.

VICENTE BERZAL

     Hace veinte años que el soñador y gran requenense Vicente Berzal, lanzó esta a modo de consigna que, no ya el viajero amigo, sino el requenense sensible, debe seguir con rigor al pie de la letra.

     ¡La Villa y en plenilunio estival!

     La luna y la Villa celebran bodas en el alma de los poetas. Porque ese sedimento de apretada historia que habla en el lenguaje de la piedra noble, tiene un sabor de romance dormido bajo la verde luz de la luna que alumbró sus noches distantes.

     Me imagino -de la mano de José María Viana- aquella Villa "llena de sí misma, de espuelas y chilabas, de plumeros y turbantes, de dagas y alabardas, de hidalgos que "fablaban" el idioma el idioma del Cid..."

     Noto que me ha nacido un nuevo y viejo amor y propicio, afanoso, mi reencuentro con La Villa. Y a ella, y con luna, subo por la más insigne de sus insignes cuestas, la de las Carnicerías.

     En su hoy pulcro pavimento escalonado hay como un santo reproche por el desaparecido empedrado de crestas gastadas por los años, de ingenuos geometrismos, que tantas veces hollé con mis pasos de colegial hacia la escuela donde el olvidado maestro Real, aquel viejo soldado de la campaña de Cuba, gruñón y bondadoso, impartía sus heterodoxas enseñanzas.

     El santo terror del conde de Castrogeriz, en su terco asedio a Requena, dejó como testigo de su inútil gesta la siembra de un edén de fe en el mínimo santuario a San Julián -defensor celestial de Requena, según la piadosa tradición-, que da el alerta a las almas herméticas para que se abran de par en par antes de pisar el bendito recinto de La Villa.

     Temo no añadir nada nuevo a lo mucho que se ha escrito sobre la vetusta Villa, pero un imperativo categórico me arrastra a esta gozosa peregrinación sentimental.

     Talonando la elegante mole de la arciprestal de San Salvador me recibe la calle prócer de Santa Maria en un hervir de blasones que guardan el latido de un pasado impar. Su placeta central, que arropa el tesoro de la portada gótica del templo consagrado a la Asunción de Nuestra Señora -a despecho de interiores y exteriores embestidas del tiempo y de los hombres- me ofrece el placer incomparable de su contemplación. Cinco siglos no han bastado para ensombrecer la belleza única de esta joya del gótico florido, de la que Requena puede legítimamente envanecerse.

     Avanzando hacia las venerables piedras labradas, nos sale al paso la "casa de Santa Teresa", que entre la bruma de los hechos relatados, nos llega -dignidad de rejas y blasones- como la morada en que la monja carmelita de Avila sentó su lugar de trabajo y oración mientras llevaba a cabo la reforma de la Regla.

     Callejas de traza moruna me llevan a la plaza y templo de San Nicolás, donde el coloso, de nueva faz neoclásica, recibe el contraluz de la luna, acaso para disimular el medallón de dudoso gusto que preside el frontispicio.

     Quiero ver dónde sienta los pies su pesada fábrica y accedo hasta lo que un día fuera recinto aspillado por la undeza ojival del Callejón de Paniagua. ¡Vale la pena, Dios! No es tan importante lo que dice como lo que calla... Pero quien no haya visto el Callejón de Paniagua con luna, que vaya y lo vea.

     Calle somera adelante, la sobrecogedora presencia del Palacio del Cid.

     Historia y leyenda hacen su juego. Pero una u otra cosa, parecen deslizarse las sombras sigilosas de los "fementidos, crueles y alevosos" Infantes de Carrión por las enlunadas callejas.

     La románica puerta dovelada, con su imponente blasón, sus ajimeces y sus graciosas almugabas, hacen casi tangible la estampa de doña Elvira y doña Sol saliendo, entre velos nupciales, camino de la afrenta.

     Detrás, ocluido por un aditamiento parásito de torpe albañilería, el airoso medio punto y los sillares de una puerta con sabor de época. Una puerta trasera del palacio por la que tal vez maniobrase la arteria para hacer posible el histórico agravio.

     Siguiendo siempre los pasos dados por reyes y magnates, atravieso el evocador Rincón del Ovejero, que tanto pudo ser adarve como arco mudéjar. Implacable el tiempo, va rayendo estos testigos de un esplendor fuertemente inserto en la Historia.

     Plaza de la Jorra, calle del Santo Cristo, flanqueada por callejas que "no permiten un desperezo", pero que guardan, con asombrosa integridad, unos valiosísimos azulejos que gritan desde siglos sus nombres con ingenua y singular caligrafía.

     La Plaza de la Villa... Centro de vieja urbe medieval. Acrópolis, administración, cadalso y coso taurino. Todo y nada... ¡La Plaza de la Villa! La que en un tiempo fue ágora y ciudadela, duerme sentada sobre unos versos que gimen su condición de plaza mansa y marginal, acunando un dédalo de bodegas patriarcales en cripta.

     La luna nos regala el espectáculo de la portada gótica de El Salvador. Y el ánimo vacila entre la maravilla del poema pétreo, donde las frondas cantan su himno de siglos, y el inigualable recreo visual del Callejón de Segura con un trasfondo de luna llena.

     La Plaza del Castillo tiene aires burguesones del ochocientos. El encanto de su fuente central con escolta de acacias -algún día hablaremos de las requenenses placitas con fuente-, es una recreación.

     La dejamos flanqueada y nos adentramos por la placita y calle de la Fortaleza, que tienen un fuerte impacto medieval y castrense, para deslizarnos por los pies de la imponente masa del Castillo donde se escribió tanta Historia y donde se moría para vivir o se vivía para morir.

     Se presenta a nuestros ojos Cuesta del Castillo abajo, la Requena moderna, señora y obrera, intelectual y artesana, con sus nuevas avenidas y sus luces de neón, dejando a nuestras espaldas "el ciclópeo puño en que se asienta el pétreo milagro de Requena".

     Un salto sobre el vacío de los siglos y la Historia, pero que hay que saberlo ver, bajo la luna cantada por Vicente Berzal y José María Viana y mirar con los ojos del alma, esos ojos que "no se ha comer la tierra".

 

(Publicado en El Trullo de Julio de 1969)