Ha llovido mucho desde que nuestra Comarca fue segregada de la tierra de Cuenca a la que estuvo adscrita más de 700 años, e incorporada a la de Valencia. No es admisible que una mera división acomodada a la realidad de los tiempos, anulara nuestra secular castellanía para convertirnos en valencianos de la noche a la mañana. Por encima de dichos cambios existe una inmutable realidad histórico-geográfica que nos ha venido clasificando como castellanos de Valencia, sin duda para diferenciarnos de los valencianos históricos de habla castellana que rodean la comarca requenense.

    Siglos antes de que brotaran los nombres de Castilla y Valencia, cuando ocupaban el ámbito peninsular inmensos bosques y manchones esteparios, la penetración humana en nuestra Caprasia vino de las tierras levantinas (edetanos, romanos, árabes...). Pero llegó la reconquista de nuestras tierras y, tras no pocos forcejeos, quedaron adscritas a Castilla. Y si cierto fue que las querellas entre castellanos y aragoneses dejaron tristes recuerdos en los pueblos fronterizos como el nuestro, no es menos cierto que, como rezaba un dicho antiguo "lejos está Cuenca para dir por los olios". Y en los tiempos de paz se arreglaba el "carril" de Valencia y se intensificaba ya la relación comercial. De la lejana Cuenca venían los pesquisidores, "recabadadores" y clérigos. Tengamos presente que nos separaban de la austera Cuenca 28 leguas y de la luminosa Valencia 14. La elección no era dudosa.

    Cuando la frontera castellano-aragonesa perdió su razón de ser, al conjuro del progreso comarcano, se intensificaron nuestras relaciones comerciales con Valencia (la industria de la seda, el abastecimiento de cereales, centros culturales, el puerto, etcétera). Y hubo de inaugurarse un servicio de diligencias; y nuestros arrieros y carreteros se sabían al dedillo los "golpeaderos" de las Cabrillas; y nuestras gentes acomodadas se surtían en Valencia, de donde llegaba casi todo lo que nuestro pueblo necesitaba para subsistir.

     Y al fin, llegó lo que debió haber llegado varios siglos antes, pues, de hecho, éramos valencianos.

     Dejando a un lado, por lo que tiene de mal gusto, aquello de que éramos "los amos" y en el este "la última sardina de la banasta", es lo cierto que la nueva carretera de las Cabrillas avivó la aspiración general.

     Ya en 1841, el Ayuntamiento expuso ante la Secretaría de Estado y el Despacho de Gobernación su deseo de que activasen la incorporación de Requena a la provincia de Valencia. Al año siguiente se remitió otra exposición a las Cortes Generales en igual sentido, siendo dignos de recordar por su interés en favor de esta gestión, don José Javier de la Cárcel, don Ruperto Navarro Zamorano y don Luis de Moliní. Pero la resolución definitiva debióse a don Marcelino María Herrero y Velasco que, recogiendo la aspiración de casi todos los pueblos del distrito para que el Cabriel marcase la divisoria entre Cuenca y Valencia, elevó un escrito a las Cortes, y el 26 de junio de 1851, aparecía la ansiada Real Orden que nos incorporaba a la provincia de Valencia.

    Requena, sin dejar de ser castellana por su posición mesetaria y por sus seculares tradiciones, ya era valenciana mucho antes de dicha fecha.

    Sólo faltábale la "dolça parla", pero este tesoro de la lengua también les falta desde la Reconquista a extensas zonas del "Regne" que hablan castellano, y que por eso, no dejan de ser valencianos.

    De aquí, que consideremos un tanto impertinente y extremado aquello de que el

            "Vent de ponent marxis la cullita,
            vent de ponent lo cor debilita..."

     Ayer, castellanos; hoy, valencianos. Siempre españoles.

R.B.L.

(Publicado en el Trullo de Junio de 1970)