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Para quienes recordamos los tiempos en que " aún circulaban dobletas de oro, realejillos de plata y centimines de cobre, la feria reverdece lejanas ilusiones. Aquellas ferias de nuestra niñez, con su adobo de festejos y atracciones, constituíanun esperado acontecimiento. Hoy, por el contrario los insospechados rumbos de la vida, unidos a las ganas que tiene la gente de irse bien bailá al otro mundo, hacen que todo el año huela a feria. No es extraño, pues, que aquellas jornadas tradicionales languidezcan de manera alarmante; y hasta atrevemos a señalar que no está lejano el día en que los turroneros brillen por su ausencia. Desde tiempo inmemorial, Requena celebraba a principios de septiembre una feria de nueve días en honor de Nuestra Señora de la Soterraña, venerada en el monasterio del Carmen; recogiéndose con tal motivo crecidas limosnas. Pero su celebración se interrumpió a principios del siglo XVIII. En 1757, rehecha la economía local por obra y gracia de la industria de la seda, se obtuvo de Fernando VII la confirmación de aquella facultad. Y durante muchos años, la feria vino celebrándose del 1 al 9 de septiembre. |
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Rafael Bernabeu López Cronista de la ciudad |
Pero tras la exclaustración de los carmelitas, se apagaron los brillantes cultos en obsequio de Nuestra Señora de la Soterraña, sufriendo las fechas feriales diversos cambios. Durante muchos años se celebró en la última decena de septiembre y, desde hace poco, entre los últimos días de agosto y los primeros de septiembre. |
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El clásico ferial se extendía desde la plaza de la Villa al monasterio del Carmen. A uno y otro lado del trayecto alzábanse innumerables tenderetes entre los que se estacionaban pedigüeños de. toda gracia y desgracia; mientras que los buhoneros y vendedores de golosinas vociferaban por las calles haciendo su agosto en septiembre. |
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Los festejos que ilustraban aquellos días felices iban precedidos de las Vísperas, con enramadas de bujes, músicas y volteos de campanas, quedando para días sucesivos las encamisás (especie de desfile carnavalero), las luminarias, carreras de joyas, comedias, cucañas, toros embolados, cohetes rapapiés y voladores, etc., además de las solemnidades religiosas en las que nunca faltaban cantores catedralicios y predicadores incansables. Por cierto que en la casa donde estuvo la Argolla (en la entrada de la calle del Carmen, a la izquierda), el Concejo de la villa tenía derecho a usar de un balcón para presenciar los espectáculos que se daban en la plaza del Arrabal. Con el tiempo, surgieron diversas innovaciones, tales como las de levantar arcos (todavía recordarán los ancianos el de Argüello), lidiar toros en la plaza del Arrabal, contratar grupos de saltimbanquis o alguna banda de música, etc. Señalaremos que el recinto ferial se instaló en la nueva Glorieta y Casa Consistorial en 1851; celebrándose las fiestas de toros en la plaza de Armas de la Fortaleza, recién inaugurada. |
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En nuestra juventud recordamos los festivales ciclistas organizados en la plaza de toros por Julio Albir, en los que se disputaban las cintas que para dicho torneo ofrecían distinguidas señoritas. También recordamos el cinematógrafo público en la plaza de la Villa, donde sobre una sábana se proyectaban unas imágenes verdosas que se movían a gusto del operador Benito Pérez. Y en la misma plaza, el tío Potoco disparaba sus pirotecnias, cuyo número de fuerza lo constituían aquellas ruedecillas que, al girar, ponían a los postes en trance de venirse abajo. |
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En la explanada de San Francisco tenía lugar la feria de ganados, en donde la gitanería hacía maravillas con el ladino arte del trato, no tardando en aticalarse de alboroques (tragos a cuenta de tratos). Por las tardes, partidos de pelota en el trinquete y baile alrededor de la Tómbola; por la noche, zarzuela a todo pasto, con un elenco de coristas del reemplazo de la tía Colleja. Pero el acto más característico de la feria requenense era la procesión cívica recordando la victoria del 13 de septiembre de 1836. La manifestación, con el Pendón de la ciudad por delante, llegaba a la plaza de la Villa, depositándose una corona de laurel en la lápida dedicada al coronel don José Ruiz de Albornoz. Seguidamente, un orador glosaba aquella gesta liberal. Y los manifestantes, satisfechos porque honraban la memoria de sus heroicos abuelos, regresaban a los acordes de una marcha titulada La Guerrilla, que se remontaba a los tiempos de Espartero. |
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Un aspecto pintoresco de la feria, especialmente en los días de toros, que siempre fueron los más bulliciosos, dábanlo los aldeanos, que irrumpían por todos los caminos hablando para sordos y empuñando recios garrotes; no tardando en condecorarse con baratijas y colorines, mientras las mozas se encandilaban en las vitrinas de los plateros o ante el pajarito que ofrecía con su pico el billete de la fortuna... y la chiquillería se pasaba las horas chupando pirulís o soplando trompetillas. Luego vinieron las cabalgatas, los certámenes musicales, los juegos florales, las exposiciones, etc., como postreros latidos de un romanticismo cabal y generoso.
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1970) |
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