Del magnifico publicista D. José Soler Carnicer, especializado en temas turísticos y excursionistas, traemos a nuestras páginas algunas de sus mejores RUTAS VALENCIANAS, que cruzan y explican magistralmente, tierras requenenses.

 

 

 

 

I

VENTA MINA

     Arranca el presente itinerario en Buñol, a donde llegamos en la Ruta l. La sierra de Chiva es el límite occidental de la gran llanura valenciana y primer escalón a salvar para entrar en la Meseta. Efectivamente, apenas hemos salido de Buñol, comenzamos a ganar altura por las suaves ondulaciones del Portillo, pequeño puerto -hoy no merece tal consideración; el nombre le viene del duro trazado de la antigua carretera- que nos introducirá primero en las quebradas de los montes de Malacara y luego en la altiplanicie de Requena.

     Subiendo el Portillo, veremos a la izquierda el angosto barranco del río de Buñol, profunda quebrada por la que serpea el ferrocarril de Valencia a Madrid, por Cuenca. El viaje, turísticamente, resulta mucho más interesante por la vía férrea, pues el tren sigue de cerca el trazado del barranco. Es también una buena excursión descender este reseco cauce hasta Buñol, partiendo de Venta Mina; puede hacerse muy bien en una sola jornada, y la  recomendamos vivamente a los aficionados a andar.

     Esto de andar por los barrancos también tiene su encanto, aunque desde ellos siempre se mire con nostalgia hacia arriba, a las cumbres que se nos ofrecen en amplio panorama. La marcha por el valle nunca podrá compararse a la enervante cita de las cumbres. Aquello tiene algo más efectivo, produce una emoción más íntima en el espíritu. Ser peregrino de las cimas es llevar ansias de grandeza en el alma, de horizontes dilatados y de miras inmensas. No se puede reparar entonces en el pequeño detalle que se esconde tras un arbusto o en el recodo del camino; sólo fijamos la vista en la meta inmarcesible de la gigantesca cumbre. Sin embargo, el caminante de los valles siente calar en su corazón una unción casi mística. Arriba todo es majestuoso, salvaje, incitante a la lucha: de los elementos y del hombre por domeñar las bravas breñas. Abajo todo fluye, discurre serenamente. Caminamos suavemente por los valles con la sorpresa prendida en los ojos; y ésta surge por doquier; en el árbol exótico, en la roca de forma fantástica, en la flor bella y hermosa, en la fuente rumorosa que brota en el ignoto rincón, en el animalillo que se nos cruza en la trocha, en el caserío rústico, en la majada de los pastores, y en todos y cada uno de los mil detalles que, insignificantes, se pierden desde las alturas. El cazador de cumbres lo ve todo pequeño, e inmenso a la vez; el andarín de las cañadas y valles, cuanto observa lo encuentra grande, pero minúsculo.

     Así, antes de llegar a Venta Mina, el excursionista que vaya remontando el río de Buñol pasará al pie de la "Silla", fenómeno erosivo en el que se produce un curioso cruce toponímico. Esta antigua "renclusa" natural se halla enclavada en una partida que recibe el nombre de Roma (incluso hay un pequeño caserío que lleva este nombre), hecho por el que muchos califican a la tal Silla como la "del Papa", puesto que se encuentra en Roma. Este paredón unió en otro tiempo los dos cerros que se elevan a ambos lados del barranco que los ha ido separando, formando entonces un dique natural, que la acción de las aguas ha abierto con profunda huella. En estas paredes se eleva la grácil y esbelta silueta de la aguja de Venta Mina, afilado monolito que se yergue raudo hacia el cielo. Sus paredes, de supina verticalidad, están finamente pulidas por la acción de los elementos naturales. Por ello asombra más el saber que su cumbre ha sido ya hollada por el hombre, pues para el profano siempre serán motivo misterioso las artes de que se valen los escaladores para ascender por estas paredes alisadas por la erosión.

     Poco después el río, en este tramo suele llevar agua durante todo el año, atraviesa un angosto paso, pomposamente denominado como Desfiladero de la Salud, y que es el límite a donde suelen llegar los numerosos excursionistas veraniegos que deambulan allí en plena canícula.

     Venta Mina, en realidad, no existe como núcleo urbano. Posee estación de ferrocarril y una colonia de chalets esparcidos distraídamente por los alrededores y más concentrados en las proximidades de la fuente de la Peraleja.

     Los montes de la Estrella y Malacara -nombres extraños y poéticos, ¿ verdad?- forman el conjunto de cerros y colinas que accidentan aquellos pinares. Mucho más arriba se encuentra la fuente de Enmedio, la cual suele agotarse en verano. Y todavía más arriba aún hallamos la Hoya de los Bueyerizos, gran extensión de terreno resguardada por las cumbres circundantes. Es un remanso de paz a ochocientos metros de altura, donde ha subido el hombre a cultivar unos campos en torno a un casi siempre deshabitado caserío. Hemos llegado allí buscando la cumbre de la sierra, el pico Nevera (1.130 metros), cima señera de los montes de Malacara.

     Nos encontramos en la cumbre. Catemos el paisaje. La atalaya es nueva y las perspectivas inmensas. ¿Hacia dónde mirar? Conocer una orografía ignorada es un deleite inconmensurable; ver un horizonte distinto, pisar sendas desconocidas, gustar de diferentes paisajes, son sensaciones extraordinarias para el enamorado de las cumbres.

     Primero, desde el Nevera, contemplaremos Siete Aguas, que dormita frente a nosotros, a la otra parte del ferrocarril, en medio de un paisaje desolado. A nuestros pies, el collado de Maricardete y la carretera forestal de las Casas de Mijares. El Cárcama -prodigios de la toponimia- es la última avanzadilla de la sierra del Tejo penetrando en la altiplanicie de Requena; luego se alza el Tejo y, en su prolongación, el Ropé y el Cerro de los Cinco Pinos, tras los que se esconde el pantano de Buseo, que luego visitaremos. A la derecha de Siete Aguas tenemos la sierra de Chiva, con sus picos de Ajos y Santa María, y el rincón de los Oratillos, un lugar donde la erosión ha jugado con la roca, modelando pequeños monolitos. Y a nuestras espaldas quedará sierra Martés, con la profunda depresión del Magro, y en su prolongación el pico del Ave en la sierra de Dos Aguas; más cerca, la Hoya de Buñol. Tan amplia panorámica es el sencillo premio que reciben aquellos que gustan de ascender a la cumbre de las montañas.

     Mas, volvamos de nuevo a Venta Mina y reemprendamos la marcha por la carretera. A nuestra derecha quedará el camino de Siete Aguas, donde no entraremos por esta vez. Una cosa llamará por allí la atención del viajero: las solitarias torres levantadas en los puntos visuales más estratégicos. No son ninguna histórica construcción; se trata simplemente de los distintos jalones del telégrafo óptico que antaño unía Valencia con Madrid. Ponga el lector un poco de imaginación y verá las señales luminosas que se iban haciendo de torre en torre, y comprenderá la sencilla mecánica de este lentísimo sistema comunicativo.

     La estridencia montañosa va cediendo paso a la llanura, y de pronto nos hallamos inmersos en la amplia planicie de Requena, donde las vides nos reciben, verdeantes de pámpanos. Las cepas cubren la tierra hasta el horizonte; verdaderamente estamos en tierra de vinos. Ahora pasamos bajo el Cárcama, cuyos verticales y ondulados estratos parecen diluirse al sol. Y en el horizonte comienza a adivinarse la silueta de Requena.

     Estamos a unos 65 kilómetros de Valencia.

    

II

LA ALTIPLANICIE DE REQUENA

     La ciudad de Requena se encuentra situada en la comarca natural denominada "Altiplanicie de Requena y Utiel", distando setenta kilómetros de la capital de la provincia y hallándose a 691 metros sobre el nivel del mar.

     El día 25 de junio de 1851, el Distrito de Requena, por propia y soberana voluntad, pasó a formar parte de la provincia de Valencia, segregándose de la de Cuenca.

     Terminaba entonces la provincia de Valencia en la sierra de las Cabrillas, aproximadamente en el término de la aldea del Rebollar. Al formarse este nuevo partido judicial, se incorporó a la región valenciana una extensa comarca que, popularmente, es denominada por muchos como la "Castilla valenciana".

     Forma esta comarca una unidad geográfica encerrada entre la sierra del Negrete y el río Cabriel, la sierra de Mira y los montes de Martés y Malacara. El río Magro corre por la parte central en su cuenca más elevada, bañando las ciudades de Utiel y Requena.

     Requena, situada a 691 metros sobre el nivel del mar, rodeada de una dilatada y exuberante campíña, con numerosas fuentes y viejos monumentos, es centro de indudable interés turístico. La ciudad posee aspectos de recio contraste, tales como la vieja fortaleza, la bellísima portada gótica de la iglesia arciprestal del Divino Salvador, y su gemela de Santa María, así como numerosas casonas que ostentan nobles escudos, aureoladas las intrincadas callejas de la vieja villa con los recuerdos históricos del paso del Cid, de don Jaime el Conquistador y Alfonso X el Sabio. Unido a ello el moderno ensanche, de amplios paseos y luminosas plazas, haciendo todo que la detención allí sea siempre obligada y agradable.

     Ofrece, además, Requena el incomparable esplendor de sus famosas fiestas de la Vendimia, que anualmente celebre en el mes de septiembre, alcanzando con ella una proyección nacional.

     Desde la ciudad se pueden efectuar numerosas excursiones en variados itinerarios radiales. Citaremos los más sobresalientes. Las ruinas del Castillejo: distan siete kilómetros de Requena; itinerario: Requena, puente de Jalance, casa de Trillero y el Castillejo; son ruinas de recias edificaciones a la sombra de un imponente espolón; el río Magro discurre al fondo, entre cintos de impresionante belleza; en las inmediaciones se encuentra una supuesta alineación de dólmenes. La Peladilla: dista nueve kilómetros; itinerario: Requena, el Pontón, Derramador, y la Peladilla; es una importante estación prehistórica con abundantes restos de cerámica neolítica. Los Morenos: dista diez kilómetros; itinerario: Requena, el Pontón, Campo Arcís y fuente de los Morenos; en las proximidades se encuentra la rambla de los Santos.

     Mención especial merece Fuente Podrida. Dista 32 kilómetros. El itinerario es el siguiente: se abandona Requena, pasando por el Pontón, siguiendo la carretera Nacional 322, que es la de Albacete por Casas Ibáñez. Al principio se viaja entre extensos viñedos: las cepas cubren enteramente la llanura, llegando a coronar los suaves cerros que en algunos lugares la ondulan. Luego el paisaje se aridece un poco y en la lejanía comienzan a dibujarse los montes de la Derrubiada, cubiertos de poblados pinares. La carretera va ganando altura y, a ambos lados, quedan los caseríos de Casas de Eufemia y los Duques. Al penetrar en el bosque, el camino parece animarse con el verdor de los pinos. Se cruza por Los Isidros y, ganado el cerro de Cabeza de Fraile (685 metros), clarea el pinar e iniciamos un largo descenso hacia las riberas del río Cabriel. La mancha verde de las orillas de la gran vía fluvial se aproxima rápidamente, encontrándonos de pronto ante la caudalosa corriente que separa las provincias de Albacete y Valencia. Un moderno puente salva el Cabriel. Muy cerca del puente está el famoso balneario de la Fuente Podrida, cuyas aguas medicinales son muy apreciadas, atrayendo una selecta concurrencia, pues el lugar ha sido acondicionado también como centro veraniego.

     Recomendamos penetrar unos kilómetros en la provincia de Albacete y, pasando por Villatoya, ganar una pequeña cuesta hasta encontrar la fuente de la Toya, situada en medio de un feraz pinar, y desde la que se obtiene una excelente panorámica de la extensa altiplanicie de Requena y Utiel.

     Regresaremos de nuevo hasta Los Isidros, y de allí partiremos hacia Casas de Pradas y Venta de Moro, buscando la carretera Nacional III, bien pasando por Jaraguas o directamente por el caserío de Enguídanos.

     Ya en la general, recorreremos la fértil y hermosa llanura donde se halla Caudete de las Fuentes, amena población de simpática visita. Destaca sobremanera la airosa torre-campanario rematada por una magnifica estatua de cuatro metros de altura, que representa al Sagrado Corazón de Jesús en actitud de bendecir. Como su nombre indica, Caudete es rica en agua, contando entre otras con la caudalosa Fuente Grande, de veinte caños, y la Fuente Chica, situada junto a la misma carretera. No lejos de la población se localiza el poblado ibérico de los Villares, que ha revelado interesantísimos hallazgos y que ha sido objeto de varias excavaciones por parte del S. l. P. de la Diputación Provincial.

     Otros lugares más inmediatos a Requena son: Fuencaliente, Rozaleme, San Blas, Reina, Pinos de Flor, etc.

III

EL PANTANO DE BUSEO

     De los modernos pantanos con quecuenta nuestro sistema regulador hidrográfico provincial, quizá el pantano de Buseo sea el más antiguo. No deseamos trazar ahora una amplia biografía de este embalse, y creeremos cumplida nuestra misión suficientemente si informamos al curioso lector sobre algunos de los principales pormenores de la obra a manera de prólogo.

     La construcción de este pantano entró en el plan de obras hidráulicas de 1900, siendo el proyecto original de don Fernando de Juan y Buniel. La presa del embalse tiene cuarenta metros de altura, reteniendo ocho millones de metros cúbicos de agua. A título de curiosidad, digamos que la obra costó, entonces, millón y medio de pesetas. Fue puesto en servicio en 1915.

     Se llama de Buseo, porque ése es el nombre del pequeño valle en que está situado: las aguas de su cuenca van a parar a la rambla de Sot o río Reatillo, afluente por la margen derecha del Turia, en el que desemboca entre Chulilla y Gestalgar, tras un recorrido muy tortuoso de cuarenta y nueve kilómetros, a contar desde su nacimiento en Villar de Tejas. El pantano está situado en término municipal de Chera, levantándose la presa en el desfiladero del Tormagal. Desde la presa al Turia hay dieciséis kilómetros de recorrido. En el lugar donde confluyen sus aguas con el río existe una pequeña central eléctrica que abastece a Villar del Arzobispo. Este tramo de Sot se conoce con el romántico nombre de Valle de las Adelfas.

     Para visitar el pantano trazaremos un itinerario partiendo de Requena, por la carretera de Villar del Arzobispo. Apenas salidos de la ciudad de los vinos, dejaremos a la izquierda el camino de Villar de Olmos; mientras, en el horizonte comenzarán a aparecer montañas cubiertas de pinares. Poco a poco iremos acercándonos a ellas, hasta penetrar en un abrupto terreno cortado por numerosas cañadas y torrenteras, que obligan a un continuo serpear. Aisladamente se ven caseríos dispersos por la montaña, pero hasta llegar a Chera no hallaremos -en veinte kilómetros de andadura- pueblo alguno. Por nuestra derecha veremos elevarse la sierra del Tejo, a 1.250 metros de altura.

     Chera es una población rica en aguas, pero, desafortunadamente, todas sus fuentes han ido decreciendo notablemente su caudal en estos últimos tiempos, y manantiales que antes servían incluso para el riego, ven hoy en día tan mermado su caudal, que se está produciendo un auténtico abandono de las tierras.

     Desde Chera al pantano hay cosa de cuatro kilómetros. El camino no tiene pérdida. Siguiendo por la misma carretera hay que desviarse a la derecha y coger un caminejo que lleva directamente hasta la casa de la Confederación Hidrográfica del Júcar, entidad propietaria de la obra. Una acogedora arboleda nos recibe gratamente, siendo regalados con las frescas aguas de una copiosa fuente, que compensa de las fatigas que siempre produce la carretera.    

     Al visitante, el pantano se le aparece más como lago de montaña que como embalse artificial, obra del hombre. Rodeado de altas montañas, refleja en su tersa superficie las elevadas cumbres, mostrando una inédita estampa dedicada muy especialmente a aquéllos que tan sólo asocian el nombre de Valencia a huertas y naranjales.

     Tratar de describir el encanto de este lago artificial es tarea muy difícil. El impacto que causa en el espíritu del viajero la visión de los pinos bajando a mojar sus raíces en las aguas y los senderos que recorren las riberas a la sombra de gratos pinares, es verdaderamente fascinante y maravilloso.

     Nosotros creemos sinceramente -y así lo hemos pregonado siempre- que este lugar, por su amable sosiego, es uno de los más encantadores y atrayentes de toda nuestra geografía regnícola.

     La finalidad de la obra, estimamos oportuno decirlo, fue auxiliar los regadíos del Turia durante los grandes estiajes habituales que la huerta de Valencia sufría, y que le ocasionaban duros perjuicios. Cuando se abrían las compuertas, y suponiendo que el pantano estuviese lleno, los ocho millones metros cúbicos significaban para la huerta dos riegos que salvaban el período difícil.

     Tributario del río Reatillo -y por consiguiente del pantano- es el abrupto barranco de Hoz, impresionante hendidura abierta entre elevados picachos de inaccesibles farallones. En su cruce manan varias fuentes, y las aguas corren presurosamente hacia el lago, saltando bravíamente por rocas y peñascales que salpican el cauce de la barrancada.    

     Aguas arriba, a poco más de media hora del pantano, se alza, impresionante en medio del barranco, el sorprendente Risco del Fraile, de aérea silueta y estilizada estampa. Es un monolito inescalable, que tan sólo se ha rendido a los montañeros dominadores de modernas técnicas de trepar. En el Risco del Fraile fue donde demostraron por vez primera sus aptitudes los escaladores valencianos, hace ya quince años. Con un material de escalada pesadísimo -ahora se contemplan los utensilios aquellos casi como piezas prehistóricas-, numerosas cordadas del Centro Excursionista de Valencia pisaron una y otra vez su cumbre, escribiendo la verdadera historia montañera de nuestra provincia.

     Visitado el pantano -nosotros, más que una visita recomendamos la estancia, y a ser posible en plan de camping, a fin de compenetrarse mejor con aquel paisaje que reúne dos alicientes muy apreciados por todo acampador: agua y pinos- continuaremos viaje hacia Sot de Chera, recorriendo un terreno montaraz y agreste, por el que desciende, vertiginosa, la carretera, en busca de las plácidas riberas del Turia.

IV

LA BARONIA DE CHULlLLA

     En el año 1274, el rey Conquistador creaba la Baronía de Chulilla, donándola al Obispado de Valencia. El territorio era ya cristiano desde 1236.

     Vamos a entrar en la Baronía atravesando el río Turia por un puente nuevo, que sustituye al arrastrado por la aguas en la avenida de 1957. Pero antes de cruzar el río, veremos a nuestra derecha un camino que corre paralelo a la corriente fluvial. Es la carretera del famoso Balneario de Fuencaliente o Baños de Chulilla. El lugar se ve muy concurrido en el verano, habiéndose levantado allí una modesta industria hostelera. Las aguas del manantial son sulfurosas, y se recomiendan para los males herpéticos.

     Chulilla produce siempre una grata sensación en el visitante, pues en verdad que hay pocas poblaciones tan tremendamente pintorescas. Vista a distancia, presenta un aspecto encantador comparable tan sólo al que ofrecería su propia maqueta. El caserío se asienta al pie de la Peña del Castillo, enorme muela defendida por una todavía bien compuesta muralla; el lado opuesto es un profundo precipicio, por cuyo abismo corre, espumoso, el Turia.

     Todos los alrededores de Chulilla son atractivos, pero sobre todos ellos destaca el extraordinario cañón del Salto. Es un profundo tajo que separa las montañas de la Pedriza y la Carrasquilla, rodeando al primero de tal forma que lo ha convertido en una especie de península a la que todos llaman la Punta. Las paredes de aquella angosta garganta se alzan verticalmente lisas, de manera que más parece producido el cañón por una separación de ambas márgenes que por la erosión continua del fragoroso río. El punto más impresionante es el impropiamente llamado Salto, donde el cañón llega a limites tales de estrechez que, cuando se bajaba por el río la madera procedente del Rincón de Ademuz, muchas veces los troncos se atrancaban de través entre pared y pared, formando barreras que debían ser eliminadas por los madereros, a costa de grave riesgo de sus vidas. Hemos dicho que se le denomina poco acertadamente como "el Salto", porque allí no se forma ninguna cascada o salto de agua; es tan sólo, como queda dicho, un reducido paso. A la salida del cañón se encuentra la toma de agua del canal de la central eléctrica de "La Valenciana", que habremos visto entre los Baños y Chulilla.

     Prosiguiendo nuestra ruta, saldremos ahora a la carretera C-234 (ya conocida en la ruta VII del primer tomo de esta obra), en Losa del Obispo. Por la apuntada circunstancia hemos creído oportuno hablar al viajero del río Turia, tramo de su curso comprendido entre Domeño y Chulilla.

     Dejando atrás el cañón del Salto, llegaremos al nuevo pantano de Loriguilla, actualmente en avanzado estado de construcción. Este embalse contribuirá en gran manera a desterrar de Valencia el peligro de inundaciones, regulando las aguas del Turia, pues el río Tuéjar, que recoge las vertientes de las sierras de Chelva, afluye a aquél, aguas abajo del pantano del Generalísimo.

     La presa del pantano de Loriguilla se levanta casi en la misma entrada del cañón de Chulilla. Cuando quede definitivamente cerrado el curso del río se formará un gran lago artificial, visible todo él con un solo golpe de vista. Por su proximidad a la capital es fácil augurarle infinitas perspectivas turísticas.

     Posiblemente llegue a constituir la solución que precisaba Valencia para la práctica de algunos deportes que requieren aguas de superficie tranquila (esquí acuático), así como para las regatas de toda índole, pesca, etc. Al pantano se puede llegar por una carretera que nace a la izquierda de la C-234, entre Losa del Obispo y el ramal de Loriguilla.

     Este pueblo, parte del cual desaparecerá cuando entre en servicio el pantano, está un poco alejado del dique. Entre ambos, el río atraviesa una estrecha y corta garganta, a cuya entrada hay un típico puente colgante de rústica factura.

     Desde Loriguilla regresaremos a la .carretera citada, puesto que el río no ofrece particular interés, camino de Domeño. Y conocido ya el recorrido hasta Tuéjar, haremos gracia de él al lector, y nos situaremos en aquella pequeña población, dispuestos a trasladarnos al pantano de Benagéber.

V

EL PANTANO DEL GENERALlSIMO

     La carretra de Tuéjar al pantano es de carácter particular y fue abierta para dar servicio a las obras de la gigantesca presa. Es un camino duro, accidentado, que atraviesa agrestes parajes poblados de pinos, alcanzando buena altura, para luego iniciar una larga bajada que termina en la coronación del dique.

     Este pantano es una colosal obra de ingeniería, superada tan sólo por el gigantesco embalse de Alarcón, en el Júcar. La presa está proyectada para embalsar 260 millones de metros cúbicos. Como dato curioso diremos que solamente en 1962 estuvo casi totalmente lleno. En el año 1957, fecha trágica de la gran inundación de Valencia, tan sólo embalsó 200 millones, sin que hasta entonces hubiesen llegado a entrar en funciones ninguno de sus tres aliviaderos. De éstos, llama poderosamente la atención el mayor, cuya boca se abre verticalmente, estando protegida por una especie de álabes contra el remolino que se forma al entrar en funciones este desagüe.

     Lo que desde la carretera era impresionante murallón, conteniendo un enorme lago artificial, de cerca avasalla con lo colosal de sus proporciones. Inmediatamente, el viajero se empina sobre las barandillas del coronamiento de la presa y mira hacia el profundo cauce del Turia, del que se alzan en vertical vuelo, los noventa metros de altura de este dique. En la base, su espesor es de ochenta y cuatro metros, por diez y medio en la coronación.

     Inmediatamente se escucha la frase tradicional: allí está Benagéber. Es algo que nunca falta; siempre hay alguien que indica el lugar donde reposa este sencillo pueblo montañés, hoy cubierto por las aguas del pantano. Unicamente, en períodos de grave estiaje, ha asomado de las aguas la torrecilla de la iglesia, y en ocasiones, a través de las transparentes aguas, se adivina la silueta del anegado caserío.

     Al pie de la presa se presenta el fascinante espectáculo de los poderosos chorradores que regulan el caudal del río. El agua sale pulverizada, formando dos blancas estelas que siempre son buen motivo para los fotógrafos. Resulta interesante saber que estas aguas recién salidas de la presa del pantano del Generalísimo, tardan más de veinticuatro horas en llegar a Valencia.

     Después de visitar la gran obra que el hombre ha levantado en aquel abrupto paraje, es indispensable bajar hasta el cauce del río, para visitar el estrecho desfiladero por el que se desliza. Este angosto cañón va estrechándose más y más, y para facilitar el paso se han levantado varios puentes y un túnel labrado en la roca. El Turia atraviesa bellísimos rincones, rodeados de elevados picachos tachonados de pinos. En los remansos, silenciosos, llenos de tranquilo sosiego, siempre se puede contemplar la silueta paciente del pescador, detalle muy elocuente para los aficionados a la caña.

     Estos lugares que el impulso poderoso del hombre ha ido abriendo al aprovechamiento de los recursos naturales, estuvieron en otro tiempo completamente aislados, hasta el punto que Cavanilles escribió del pueblo de Benagéber: "Es menester valor para vivir en aquel recinto (la hoya que hoy ocupa el pantano), y sólo pueden hacerlo sin displicencia los que nunca vieron países amenos y abundantes." Tal es de intrincado aquel terreno.

     Excursión bellísima, aunque dura, es seguir la corriente del río Turia hasta su confluencia con el Tuéjar, atravesando uno de los parajes más fascinantes de nuestra provincia. Más asequible es la excursión hasta el lugar denominado Las Cascadas.

     El viaje al pantano del Generalísimo puede efectuarse durante todo el año. El invierno es riguroso allí, lo mismo que el verano; tanto el frío como el calor resultan verdaderamente insoportables, por lo que bueno será recomendar la primavera como la época propicia para la visita.

     Y vamos a continuar viaje otra vez. Para salir de la hoya del pantano, la carretera se va levantando poco a poco a través de un extenso pinar hasta ganar la amplia llanura utielana. Allí la pinada se extiende en todo cuanto la vista alcanza, haciendo negrear cerros y barrancos. La misma carretera parece sumergida en la arboleda, y los vehículos marchan por ella como si se abriesen paso a codazos entre los pinos. En aquella solitaria selva hallan refugio toda clase de animales, y raro es el año en el que deja de organizarse alguna cacería de jabalíes.

     A veinte kilómetros del pantano, hallaremos un desvío a la izquierda. Es la carretera provincial de Villar de Tejas. Por ella vamos a penetrar cosa de tres kilómetros para visitar la ermita de Nuestra Señora del Remedio, patrona de la ciudad de Utiel.

      El santuario está situado en la sierra de Negrete, a unos mil metros de altura sobre el nivel del mar. El ermitorio no posee relevantes méritos arquitectónicos, pero su elevada situación es buen mirador hacia la altiplanicie de Requena y Utiel. La ermita data del siglo XVIII y ya entonces se edificó sobre las ruinas de una construcción anterior, que fue destruida por un incendio.

     La Virgen del Remedio goza de la devoción de toda la amplia comarca puesta bajo su excelso patronazgo. La imagen permanece en el ermitorio todo el año, siendo bajada a Utiel en ocasión de su festividad, el día 6 de septiembre de cada año, cuando el viñedo ya está maduro, a hombros de enfervorizadas gentes. Por ello, hasta su camarín, durante todo el año, acuden numerosos romeros y peregrinos a solicitar la protección de la Virgen "Pequeñeta", la "Serranilla", como ellos la llaman.

     Junto al templo mana una fuente de frías aguas, y unas rústicas arcadas proporcionan al viajero protección para su descanso.

     Volviendo de nuevo al cruce de carreteras, nos dirigiremos hacia Utiel, atravesando una amplia zona -siete kilómetros- cubierta de viñedos. Utiel es el centro de esa "Castilla valenciana" que antes mentábamos. La frase, con haber adquirido ya arraigas, no tiene aún muchos lustros, y es original del escritor utielano Ricardo de Val, que la utilizó como título de una obra suya, allá por el 1948. La Castilla valenciana está integrada por los pueblos de la margen derecha del Cabriel, que fueron segregados de Cuenca e incorporados al vivir administrativo de Valencia, Caudete, Requena y Utiel, entre otros.

     Y en Utiel vamos a detenernos brevemente, antes de iniciar el regreso hacia Valencia, dando por terminada esta Ruta. Allí el viajero hará bien en visitar la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico. Según Ricardo de Val, "el interior del templo es de un gótico que forma escuela en Levante y que se denomina "gótico de Utiel" en la Historia del Arte. Es de altísima nave central de amplia crucería, con columnas de fina nervadura, originales". El templo se halla en vías de restauración.

     Utiel dista 82 kilómetros de Valencia.

José Soler Carnicer

(Publicado en el TRULLO de Agosto de 1970)