Naturalmente el vino no tiene psicología. No tiene alma. Pero nos la da y nos la da graciosamente. Por eso el vino da también una forma nueva de sentir y de ver las cosas.

     Cuando Noé se encontró frente al mundo desamparado, porque el vino había realizado, sin saberlo, el milagro de trasladarlo, de ausentarlo de lo diario, de lo de cada día, se encontró también con la posibilidad de seguir burlando lo tosco, lo mal hecho, lo molesto de cuanto nos rodea.

     Y así nació esa forma de alegría que es medio-ausencia. Y así nació esa forma de fortaleza que proviene de quitar importancia a tantas cosas que no la tienen y que enredan nuestra atención.

     Desde entonces se puede hablar de la psicología del vino como se puede hablar de tantas cosas conocidas que forman parte del inventario de nuestra vida.

     Y surgió toda la industria del vino: la viña, la vendimia con su poesía y ese pequeño detalle de la rebusca, de los que no quieren que nada se pierda; el trullo, el lagar, el trasiego, el fermentar, el vender y el comprar.

     Fue así posible la industria de la ilusión, que de ilusión también se vive. Y fue posible el refrán que recoge el sentir de todos: «con pan y vino se hace el camino», Hacen mal los que abusan del vino, los que desvirtúan esa gracia interna y lo utilizan para alejarse de todo, para matar las penas, cuando Dios quiso que fuera una manera de ver con más humor el mundo, y con más alegría, sin dejar de verlo.   

     Así es el vino de bueno y de malo.

 
 

     A unos les va bien para el estómago, después de las comidas, a otros les gusta beberlo de pie en la barra, con ese sentido de provisionalidad de quien va deprisa.

     Por todo esto el vino tiene su psicología, su manera de crear una forma de sentir y de pensar. Es como un prejuicio que predispone a la alegría, a verlo todo nuevo, de una manera barata.

     Ha habido épocas en las que el vino ha quedado profanado, ligado a formas culturales, en las que la orgía, el desenfreno, la pérdida de lo mejor que tiene el hombre: la ternura y la ilusión, le incitaban a beber, a beber y más beber sin ese freno elemental y ponderado de quien tiene suficiente, de quien a tiempo dice «basta».

     Y momentos en los que como un hallazgo, que los siglos agradecen, el vino quedó incorporado a la mayor ilusión que se tiene, a la expresión y sentimiento de nuestra religiosidad.

     El Señor la noche de la cena, cogió vino y lo consagró para que el vino quedara para siempre tan amigo de nuestra intimidad y de nuestra santidad, como la bota que cuelga del hombro del labrador.

     Una vez más ha sido verdad el refrán con pan y vino se anda el camino.

     Y en las mesas, y sobremesas, se ven vasos llenos de vino, con vino hasta la mitad, o con el discretito dedo de vino.

     Y todos tenemos esa pretensión inocente de probar el vino: "écheme un dedito", decimos.

     Pero la postura sublime la da el catador, el que con unas gotas de vino en la boca, se queda, algo alelado, algo alerta, algo introspectivo, como quien medita, piensa, se ausenta, para tal vez no decir nada sino limitarse a menear la cabeza, diciendo que si. Y la sonrisa de agrado, lo denuncia como algo tan impresionante, tan sencillo, tan cotidiano..

     El vino tiene una pequeña historia. Tiene unas etapas de crecimiento: es paisaje, cuando los campos están cubiertos de cepas verdes. Es adolescencia cuando las uvas son ni negras, ni verdes, sino que tienen ese color de río revuelto. Es química y física en el momento de la elaboración. Es folklore cuando por los caminos van los carros cargados con un hombre entre duermevela. El chirriar de los ejes adquiere el sentido de una saeta aguda, camino de las bodegas limpias.

     Y es rito, cuando los hombres se congregan en derredor de una mesa para echar la partida de cada día, con el vino de cada día al lado; y más cuando el vino no conserva más que una apariencia, cuando el vino se hace Dios, aunque un Dios muy discreto que no ha querido ni quitarnos el mérito de nuestra fe, ni la sencilla impresión del color y del sabor de nuestro vino.

     La impresión del alma, de la intimidad, de la psicología ha quedado enredada en la pintura. En el siglo quince tenemos el cuadro «del hombre del vaso de vino», y el cuadro de L. A. Lhermitte, «El vino», con toda la gracia, la picardía y el bello desorden de una cepa verde y salvaje. Hasta llegar a nuestro cuadro de «los Borrachos» en el que el vino como si se hubiera subido a la cabeza ha dado forma a los rostros ni del todo alma, ni del todo cuerpo. Para siempre se ha quedado en el lienzo el alma de los borrachos, hombres que aspiran a ser héroes por obra y gracia del vino. Que el vino es un revelador que al subir a la cara nos descubre la intimidad.

     No sé por qué, cuando pienso en el vino, pienso en el vino tinto. Y con haber tantos es el que primero imagino, el que viene más puntual.

     Tal vez porque era el que compraba de niño, tal vez porque se hizo algo cómplice mío cuando antes de entregar la botella recién comprada, echaba un traguito tras la puerta. Por tantas cosas tal vez...

     Y por eso cuando alguna vez he visto en un dintel: «Se vende vino», he pensado en el tinto, y he pensado también que aquella bodega, cantina, bar... era un bazar y un merendero amigo, donde se vendía muy barata una pequeña ilusión, donde se hacía posible el humor ante la vida, donde se cogía fuerza para seguir viviendo lo cotidiano. Con pan y con vino se anda el camino, dice el refrán. Y la Biblia dando un sentido más interior al refrán dice que «el vino alegra el corazón», que es como decir: «vaya con Dios» ya que en definitiva, cuando el vino nos muestra su aspecto más serio es cuando parece vino, pero es Dios. Por eso en cristiano pensando en el vino se puede decir: vaya con Dios.

     Esta es la psicología del vino, que aunque no tiene alma, la da.

 

Nicolás María Caballero

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1971)