|
|
||
|
Pese a las terroríficas resonancias que a través de la historia ha tenido y tiene la palabra "matanza", para nosotros, la matanza es fiesta entrañable y sabrosa; regocijo familiar que asegura la despensa de cara a los rigores invernales.No debe extrañarnos, pues, que las matanzas (de cerdos o "chinos", se entiende) constituyan algo así como un rito ancestral en el que ofrendamos a nuestros propios lares una víctima tan inocente como vilipendiada que, pese al bien que nos hace con su sacrificio, la engañamos hipócritamente y la insultamos con nombres tan poco gentiles como los de cerdo, guarro y gorrino; puerco, marrano y cochino. Pero las matanzas domésticas, tan generalizadas antaño, parece que hogaño van de capa caída; debido entre otras cosas, al mejor nivel de vida que nos ha hecho más exigentes y sibaritas; menos adictos al tocino y a las bajocas "colorás". Quienes recordamos aquel soleado rincón de las monjas, donde se compraba un gorrinillo recién cumplido por cuatro o cinco duros, no podemos silenciar la suerte perra de estos animales que cuidamos y halagamos como algo de la familia.En su cachera, pocilga o gorrinera, contigua a nuestras habitaciones, el cerdo es tratado con mimo y esperanza. Toda la familia está pendiente de sus gruñidos, regalándole la panza con gamellones colmados de "hechura"; protegiéndole de cierzos y matacabras; librándoles de sarpullidos y diarreas con untos y "berbajillos" que colman no pocas inquietudes familiares. Ya lo decía el tío "Tortilla": "Si se nos muere el "chino", luto p'al entestino". ¡Con qué ilusión se le abre la puerta de la pocilga para que retoce a sus anchas por la corraliza, "haciendo más males que un gorrino suelto"! Y ¿qué no diremos de esos pérfidos halagos cuando le rascamos tozuelo y loncha con la engañosa musiquilla de " ¡chinico, chinico!"... Engañosas e insinceras caricias, pues nuestro pensamiento está en las arrobas, en el magro de los perniles, en las orzas de la "fritá", en las guirnaldas de embutidos y en todas las cosas que el pobrecico nos brinda desde la jeta hasta el rabo. |
||
|
Engordar para morir. Buen título para un drama. Ese es el destino del cerdo. Engordar hasta que no pueda revolverse en la gorrinera y, tras su afrentosa ejecución, colmar las orzas con sus suculentos despojos. Y llegan los primeros fríos. El tribunal familiar, ahíto de rancios sabores, abre juicio sumarísimo, dicta sentencia y señala la fecha del suplicio. i Algo horrible! Todo está dispuesto: Cebollas, tripas y especias... Y una mañana brumosa, entre desgarradores alaridos, la desdichada víctima es arrastrada al patíbulo. |
|
|
Con cruel refinamiento, el verdugo hunde su certera cuchilla en el cuello del infeliz, cuya vida se escapa a borbotones, mientras su sangre generosa es removida por la mondonguera. Y a compás de los postreros resuellos del pobre "chino", unos perros madrugadores lamen como gloriosa las rojas salpicaduras. Pero no paran aquí las cosas. Ahora, el difunto es sometido al suplicio del fuego y del agua hirviente, entre zarandeos y rascazones que lo dejan sin piel. Y por si esto fuera poco, su cuerpo aún caliente y de rodillas es decapitado y troceado como el más feroz de los monstruos. En última instancia, los restos del "chino", se cuelgan y trituran, se adoban y embuten, se cuecen y fríen, se salan y... se devoran; precisamente por quienes le colmaron de mimos. He aquí, señores, el triste destino de ese tesoro grasiento que llamamos cerdo, guarro y gorrino; puerco, marrano y cochino. De esa oronda materia prima del jamón y de otros tasajos con los que se elaboran cosas tan exquisitas como nuestras morcillas y longanizas: "la mano de un santo" para sanos y enfermos, para desganados y muertos de hambre.
Rafael Bernabeu (Publicado en El Trullo de Agosto de 1971) |