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Ya sabemos que los más importantes sucesos del pasado quedan recogidos por la Historia; otros se van trasmitiendo de generación en generación con indudables deformaciones legendarias, y los más se diluyen en el olvido. A este respecto, recuerdo una anécdota de la primera revuelta carlista que llegó hasta mí de la manera más sencilla, y que se fue trasmitiendo de padres a hijos. El suceso en cuestión me lo narraba mi abuela hace cosa de veinticinco años, diciendo que se lo había oído referir a sus padres. Recuerdo que me gustaba que lo contase una y otra vez; y ella me complacía con el cariño y paciencia de los abuelos. Corría el año 1835 y por casi toda España ardía una devastadora guerra civil. Los carlistas de la parte del Maestrazgo invadieron la comarca e intentaron apoderarse de Requena. Pero la población estaba amurallada y sus accesos, cerrados por la noche, eran defendidos por una fuerte guardia. La gente salía al campo a trabajar, pero cuando oían las campanas del Salvador lanzadas a rebato, volvían presurosas para refugiarse dentro de los muros de la población. Por aquellos inquietos tiempos, se hallaban trabajando cerca de San BIas en una tarde otoñal dos mozos, uno de los cuales era conocido de mis tatarabuelos; y apurando como estaban sus faenas en lo que daba de sí la tarde, oyeron con sobresalto el volteo de las campanas del Salvador. Abandonándolo todo, emprendieron vertiginosa carrera hacía el pueblo, llegando cuando ya era de noche y las puertas de acceso estaban cerradas. Y aunque llamaron en la puerta de Alcalá y dieron el santo y seña convenido, los de dentro no se expusieron a ninguna sorpresa. Los pobres mozos quedaron desolados ante la perspectiva de una noche llena de peligros, y con el consabido temor se refugiaron en el puente de Jalance, evitando así ser sorprendidos por alguna partida carlista. Y tras una noche inolvidable de inquietudes, cuando amaneció se refugiaron nuevamente en Requena.El mozo en cuestión al que mi abuela se refería, pagó muy caros los sufrimientos de aquella terrible noche, pues enfermó y murió pronto. Su enterramiento, debido a las circunstancias, se llevó a cabo en el templo de Santa María y no en el cementerio, como venía haciéndose desde hacía varías años. Pero no acabaron aquí las cosas. La madre del desgraciado mozo diole por cavilar y cavilar hasta que perdió la razón. Y es fama de que, impulsada por su amor maternal, muchas noches dirigía sus pasos hacia el referido templo, golpeando sus puertas con furia y llamando a su hijo con acentos desgarradores. Y como me lo contaron, lo cuento.
CESAR JORDÁ (Publicado en El Trullo de Agosto de 1971) |
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