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Era preciso. El maquinismo vino a redimir a la Agricultura de esa sobrecarga de rusticidad que le relegaba a su triste estado de maldición bíblica. El "ganarás el pan con el sudor de tu frente" se hacía implacable y patético en los medios rurales, un tanto impermeables a la modernización.Una relevante personalidad en las ciencias del campo, requenense él, dijo un día: "Habrá Agricultura cuando desaparezca el último burro y la última horma." En rigor no era esto posible por exigencias del suelo. La máquina podría convertir en besana larga lo que siempre habían sido predios mínimos, atomizados; pero sólo en cierto grado. Quinchas y chirrichales creaban una situación conflictiva por razones de nivel. |
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Pero la Agricultura se moría de impotencia y había que rescatarla del caos. Nuestro país, "resignadamente" agrícola -¡cuidado con lo de "eminentemente"!-, pedía un puesto a la mesa de los hartos. Y se lanzó a la modernización de sus medios de cultivo, no mejores por más tradicionales. Cierto que la poesía perdía terreno para cederlo a lo positivo. La automación borraba de las estampas del campo, clásicas y dolientes, cuanto se las había atribuido de égloga, pero creaba un nuevo concepto, quizá externo, de la belleza que encierra una alegre reducción de la fatiga y la fuerza bruta. Y vino, de hecho, el maquinismo, que a veces se nos muestra irreverente o sacrílego. Los campos, horros ya del tardo y total impulso de la bestia, se entregaron a la máquina, transformando el concepto incluso de sus propios valores poéticos. El aceite, el óleo, por cuya unción se llega a la redención extrema, apenas sabe ya de su historia de singladuras por los Textos Sagrados. Se ha rendido, dócil, a la máquina neumática que se lo traga del árbol y lo lleva al moderno laboratorio mecánico, convirtiéndolo en prosaico producto de consumo, sin apenas ver la luz ni rozar el aire. El bíblico trigo, que ha de convertirse en pan de Eucaristía, va desconociendo su genealogía de parvas y tresnales y llega a nuestras manos ignorante de sí mismo, dejando atrás un sueño imposible de gavillas y molinos de viento. La máquina ha reducido a prosa y cifras todo el proceso agrícola, pero aún se muestra impotente ante una parcela que resiste heroicamente la mecanización: La Vendimia. La Vendimia -así, con mayúscula- se niega tenazmente a su revisión y obliga a conservar su tradicional modo de rito. Las uvas han de ser cortadas a mano, con ese movimiento de amor, ensenadas en su regazo vegetal, que -solamente se entregan a costa de unas formas ortales de verdadero alumbramiento:
Tal vez un día el hombre encuentre el medio de violar mecánicamente el seno de la vid, donde se gesta el portento de Canaan y Bethania, pero, hasta tanto, la Vendimia es el reducto donde se refugia la poesía frente a la invasión de la máquina. No presupone esto una idea de atraso, sino la exaltación de un principio cuya inmutabilidad se muestra, hasta el momento y a pesar de todo, indudablemente victoriosa. JOSÉ Mª SÁNCHEZ RODA.
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(Publicado en El Trullo de Noviembre de 1971) |
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