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Los más remotos habitantes de la comarca fueron pastores, pues ya los beribracos de la Edad del Bronce vagaban con sus rebaños de cabras entre los palúdicos aguachares del Oleana o Magro. Pero fueron los árabes quienes impulsaron la cría de ganado lanar y vacuno en las praderías de la Vega. También se dedicaron a la crianza de caballos; ponderando las crónicas tanto a "los gallardos jinetes de Rekina" como a las muletadas de Hortunas, Hortolilla y Fuencaballar.Tras la Reconquista, puede afirmarse que no quedó vallejo ni cañada útil sin adehesar, multiplicándose los rebaños propios y trashumantes. Por un áureo privilegio de Alfonso el Sabio concedido en 1268 a la naciente villa de Requena, sabemos que todo ganado ajeno que utilizase nuestros pastos, "que lo quinte el concejo o que lo eche de todo el termino sin calupnia ninguna". Y otro privilegio real concedido a los Caballeros de la Nómina del Rey -singular impuesto sobre pastos-, era el de la "borra y asadura", por el que percibían un "borro" o borrego por cada rebaño trashumante de hasta 1.400 cabezas; y si pasaba de dicho número, dos "borros" y, por la "asadura", un carnero. Además, el llamado Rey Pajazo, adalid de los "fijosdalgos" requenenses, en vísperas de Navidad, recorría el término al frente de pomposo cortejo, cobrando "una res de cada un ganado tanto herbajante como trashumante". |
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En el Fuero de Requena hay diversas prevenciones sobre dehesas, rebaños y pastores. En las primitivas ordenanzas municipales se habla de la guarda de la Vega y dehesa de Torrubia, del pasto de los cerdos en los carrascales, de los ganados trashumantes o que se asientan periódicamente en el término, de las muletadas de invierno, etc.; y en posteriores ordenanzas se recomienda que no pisen los ganados durante el verano los barbechos, ni entren en la Vega ni en los "panes" (trigales), ni en las viñas ni en las huertas. Eran frecuentes los pleitos y concordias sobre pastos con los términos limítrofes. El acuerdo más antiguo que conocemos se hizo con Chelva en 1305; cuando ya se habla de las dehesas de Cañalejas, Herrera, Albosa, Realame y Pajazo, entre otras. Y surge con toda su autoridad el Honrado Concejo de la Mesta. Cada bienio venían por aquí los llamados "alcaides entregadores de la Mesta" para resolver agravios sobre pastos y dehesas, abrevaderos y majadas; constando que en repetidas ocasiones pretendieron "secuestrar" el derecho de "borra y asadura", También sabemos que la Mesta impuso fuertes sanciones, como la de treinta carneros a Gil de Iranzo y diez a Isabel García "por salir sus ganados de tierra enferma y entrar en tierra sana". Asimismo, recordaremos que el "alcalde entregador" Alonso Gómez deslindó nuestras dehesas y veredas, y que Alonso Castro hizo lo mismo con los boajales de Hortunas, Carrascal, San Antonio y Ardal del Campo. Ni que decir tiene que los pleitos entre Utiel y Requena sobre pastos y aprovechamientos fueron continuos. El robo o "requisa" de ganados era frecuente, no siendo siempre ladrones "de oficio" quienes actuaban. En 1425, unos guardas de nuestra villa penetraron en la "Foya" de Buñol y tomaron sesenta bestias de la cabaña de Juan de Vilar, resistiéndose a devolverlas si no se les entregaban doce florines de oro. Pero el despojo más sonado lo llevó a cabo en 1449 don Baltasar Ladrón, hijo del vizconde de Chelva que, aprovechando la confusión que imperaba en Castilla, recorrió las tierras de Iniesta y Jorquera con poderosa hueste, robando más de doce mil carneros y doscientas vacas y yeguas. Otros enemigos del ganado eran los lobos, muy abundantes en aquellos tiempos, pues desde Fuente Oriente hasta el Cabriel, pasando por la Serratilla y la Derrubiada, todo era un inmenso bosque que albergaba toda clase de alimañas; concertándose los cabañeros con loberos y algún que otro albéitar para que las exterminasen. Pero la confianza de los rabadanes estaba puesta en las carlancas de los mastines y en el bendito San Antón, a quien ofrendaban oraciones y dádivas para que sus rebaños "no cogieran una mala vuelta"; no faltando la estampa del Santo en majadas, establos y pocilgas. El arriendo de las dehesas tenía lugar el día de Todos los Santos, proporcionando al concejo saneados ingresos. Así: la de Hortunas, 300 reales; Cañada Tolluda, 300; Campo Arcís, 2.000; Ardal del Campo, 680; Sevilluela, 660; Cañada de Caudete, 616; Rubiadilla del Pajazo, 300; Saladar, 400; Quinchón, 200; Albosa, 1.000 (asignada al monasterio del Carmen); Hoya de la Carrasca, 1.000; además de lo que producían las de San Antonio, Almadeque, Realame (asignada al convento de San Francisco), Toconar, Pajazo (asignada al convento de Agustinas), Ardal del Campo, etc. La dehesa de las Cañadas se hizo "carnicera", reservándose los pastos para los abastecedores de las Carnicerías (instalada en lo alto de la cuesta de San Julián), cuyos cortadores, en evitación de fraudes, eran designados por el Concejo. A principios del siglo XVII, la agricultura y la industria textil van adquiriendo fuerte impulso, mientras que la ganadería acusa franca decadencia. Esto se atribuyó a los "arrompimientos de tierras" que fueron dehesas y al precio alto de la sal, "que es la salsa conque el ganado come la yerba"; y si no la hay, "se hace a toda broza y monte". Pero las razones eran mucho más poderosas: la expulsión de los moriscos, que dejaron muchas tierras y rebaños sin labriegos ni pastores. No obstante, el regidor Martín Ruiz del Colmenar hizo poco después el señalamiento y amojonamiento de las sesenta y nueve majadas y cinco abrevaderos del término.Un siglo después, tras empeñados litigios, se restituían a los Caballeros de la Nómina, descendientes de los primeros pobladores cristianos, sus seculares derechos de la "borra"; ahora sin la "asadura", pues percibían cuatro reales por cada cien ovejas que atravesaban el término por las veredas reales "de hoja y aire" (la de la fuente de la Oliva y la de la Cabezuela), así como por sus cordeles. Estos tenían 90 varas de anchura; las veredas, el doble. A partir de esta época, Requena dejó de ser ganadera para hacerse tejedora. Cien años después, tras continuos desastres, abandonó los telares para consagrarse a la viticultura. Todavía a mediados del pasado siglo, cuando los rebaños trashumantes de la Alcarria y de la Serranía regresaban a sus lares por la vereda del Puente del Catalán, eran obligadas allí unas horas de descanso. Y, tras las plegarias a San Miguel, venía el carnero asado y el consiguiente jolgorio de danzas serranas y músicas de caramillos y panderos, cuyos ecos llegaban hasta las Peñas; haciendo exclamar a algún que otro "estuto" trasnochador: "-Reunión de pastores... ¡oveja muerta!". Y siempre la acertaban.
(Publicado en El Trullo de Noviembre de 1971) |
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