Hace tiempo que no escribo sobre la poesía o las virtudes humanas del poeta requenense, y entiendo que su figura literaria ofrece un nivel estimabilísimo en la poesía de la primera y segunda décadas del siglo, razón suficiente para mantener viva su reminiscencia en Requena, donde aún se escucha el eco de su centenario.

     Ante todo, es un poeta romántico, de cierto énfasis retórico, un estilo que alentaba en muchos poetas ya débilmente antes de morir, en el último tercio del siglo XIX; pero lo innegable es que en ese estilo de nuestro poeta hay una vena, una nota regional, lírica, muy rica, del manantial que daría buenos poetas en España, y que habría de influir en la misma formación del 98 literario.

     Yo me siento unido a la memoria del insigne requenense, en un paisanaje comarcal -por mi cuna utielana- acrecido en el recuerdo de mi madre. Mi madre vivió años en Requena, donde se casaría en la Parroquia del Salvador. Tengo muy presente la fama del poeta en la Valencia de mi adolescencia, fama que cobraba un regusto especial en los labios de mi madre.

     Voy a rememorar al poeta con una poesía suya del año 1895, escrita en Requena, y que forma parte de una antología titulada "Album de poesías de escritores valencianos", obra notable publicada en Valencia en dicho año, imprenta de Vives Mora, y que lleva prólogo de Teodoro Llorente, árbol y patriarca de las letras valencianas en esta época, época que podríamos pintar de áurea personalidad.

     El poema y mi madre, los dos recuerdos en uno. Mi madre, a lo largo de su vida, me hablaba tantas veces de Requena; creo que se llevó a la tumba una manera de ver la Villa, suya, cuyo verso nunca escrito quedó en misterio, dentro de mí, por florecer. Recordábame las puestas de sol por la parte de Mira, su cuna; los crepúsculos. Crepúsculos en Requena. Luego, andando los años, había yo de encontrar una incierta o sugerida afinidad de aquellos crepúsculos soñados con un poema del poeta que lleva por título "Crepúsculo", y que forma parte de un libro antológico que alcanzó- renombre en Valencia, llamado como dije antes. Sólo en dicho libro he visto figurar el poema, sencillo, cabalmente romántico, muy siglo XIX.

 
   

 

CREPÚSCULO

     Se hundía el sol tras las cumbres

de aquel picacho distante,

tiñendo de ópalo y grana

los caprichosos celajes.

     Al abandonado nido

raudas tornaban las aves

y los hijos del trabajo

a sus tranquilos hogares,

con canciones en los labios

y alegría en los semblantes.

     Junto a la vieja ventana

guarnecida de follajes,

enlazadas nuestras manos

y unidos nuestros pesares,

contemplando silenciosos

aquel sol agonizante,

estábamos ella y yo,

tristes los dos, los dos graves.

     En el nido del tejado

dos golondrinas amantes

asomaban sus cabezas...

¡tal vez aprendiendo a amarse!

y nosotros, subyugados

por éxtasis inefable,

sentíamos nuestras almas

y otros mundos elevarse.

 

     Cual rey que en hermosa fuga

sus ricas galas esparce,

al fin el astro ocultóse

tras el picacho salvaje,

dejando en pos franjas de oro

y nacarados celajes.

     En el turbio azul del cielo,

como perla sin engarce,

brilló con luz temblorosa

el lucero de la tarde.

     En la alta torre del templo,

con ecos irregulares,

sonó el Angelus solemne,

como nunca triste y grave.

     Exhaló entonces mi amada

un suspiro vacilante,

y doblando la rodilla

y a hacer lo propio obligándome,

murmuró con dulce acento:

-Reza conmigo un instante...

¡Siquiera un Avemaría

por el alma de mi madre!

 

V. Serrano Clavero

Requena, 1895.

 
 

     La idea de la publicación de "Álbum de Poesías" data del mismo año de 1895. Concebida por un joven tipógrafo valenciano, Andrés Guillar, enamorado de una valencianía de leyenda, aquella que nos habla de una tierra afortunada, de artistas y poetas. Su ambición la daría a conocer al ilustre historiador y poeta don Teodoro Llorente, quien habiendo ya influido, con Querol y Blasco Ibáñez, en las fuentes de una cultura mediterránea muy próxima, era hombre muy noblemente ambicioso, y no se entusiasmó mucho con la aventura que ofrecía el joven Guillar. Esto ocurría en octubre de 1895. No obstante, Llorente -quizá un poco triste-, entregó al tipógrafo pocos días después el prólogo y el poema que le solicitaba.

     El libro, en cuidada edición y rico papel, es muy interesante, por ser exponente lírico de una época, de una Valencia literaria muy fin de siglo, y es nostalgia de un paisaje de la Renaixença, con esa niebla que nos dieron unos sueños de muchachas, balcones, arboledas y lejanías; sueños de un tiempo bien definido con nombres como Teodoro Llorente, W. Querol, Constantino Lombart, Vicente Boix, Luis de Val, Serrano Clavero, Badenes Dalmau, Jacinto Labaila, Pérez Escrich, Pizcueta, Pascual y Genís... y muchos más. Sesenta y tantos poetas figuran en el álbum. El contenido define una época. Hay versos buenos y menos buenos. Para mí, destacan Llorente, Badenes Dalmau, Querol, Leopoldo Trénor y Palavicino y Venancio Serrano Clavero.

 
   

 

 
 

(Publicado en El Trullo de Noviembre de 1971)