Voy dando plácidamente

por mi terruño un paseo,

mientras sacio mi deseo

de aspirar el puro ambiente

que es salud y que es recreo.

 

     Subo la carreterilla

que evoca lejana infancia

y de la tierra sencilla,

que es amorosa semilla,

yo percibo la fragancia.

 

     Aunque mi edad yo vislumbre,

cuando llego jadeante,

casi me noto pujante

al admirar en la cumbre

el agro centelleante.

 

     La multicolor campiña

me brinda sus esplendores,

que son mis viejos amores,

y resplandece la viña

con sus frutos y verdores.

 

     Nuevas dulzuras alcanza

mi felicidad creciente

cuando miro en lontananza

la torre como una lanza

y su Jesús bendiciente.

 

     El otorga bendición

al suelo que yo contemplo

y yo, en mi recreación,

reparto mi devoción

entre la tierra y el templo.

 

     Parece como si huyeran

de mí todas las tristezas

y que inefables bellezas

en mi alma se fundieran

con recobradas ternezas.

 

     Estoy aislado, bendito,

de suprema gracia lleno,

en un placer infinito,

y absorto en el campo ameno...

vuelvo a ser un niño bueno.

 
   

(Publicado en El Trullo de Diciembre de 1971)