Pese al tiempo, la imagen está aún muy viva; porque corresponde al mejor momento de la infancia.

     Se hallaba junto a la casa de mis padres. La fachada era blanca de cal. A una parte de la entrada había una reja de rombos; a la otra, una gran ventana, con puerta de dos hojas, pintada de azul, desteñido por los años. Como alfeizar, el marco inferior, redondeado por el uso y el roce de las raberas de los carros.

     Su función específica la ejercía sólo una corta temporada al año, de últimos de septiembre a mediados de octubre. Entonces se abrían las dos hojas, como un mágico descorrer de cortinas, y mostraban a mis ojos una pieza rectangular, más bien cuadrada, de techo de bovedillas, que tenía un suelo de movedizas tablas, y bajo él, un gran hoyo, cuyo fondo, desde afuera, no hubiera nunca alcanzado a ver: era el trullo.

     El resto del tiempo, acabada la vendimia, el trullo se convertía en una habitación, a modo de lo que hoy se dice salita de estar.

     En la época propicia, como daba a la calle, permitía las ventajas del mirador. Me parece recordar que incluso se le adaptaba una cristalera cuando era necesario. Otras veces, cerrado totalmente, como tenía entrada por el portal, salvando un breve escalón, admitía el cobijo y el calor de una mesa camilla, que no adivino cómo se evitaba su baile y el de las sillas sobre las tablas.

     Han pasado muchos años. La casa está todavía en pie y el trullo forma parte de ella. Con gozo íntimo he penetrado en la estancia. Aún su misma traza regular, sus paredes blancas, sus puertas. Sólo falta el escalón de entrada y... el foso. Se cegó y se convirtió en un cuarto para guardar aperos de labranza y para conservar semillas.

     Todavía huele un poco a mosto, aroma ahora mezclado con el que emana una talega de harina y un montón de panojas.

     Pero su puerta ha dejado de ser franqueable. Ya no es improvisado balcón de aquellas lindas muchachas que habitaban la casa.

     Tampoco entrarán nunca más en ella las inquietas avispas a libar el azúcar de los gruesos granos de bobal y de las crujideras que partía, rasgando su pulpa, sin compasión, el esparto de las alborgas de los pisadores. El cántico de éstos, monocorde, cuyo ritmo llevaban sus pies, se perdió para siempre en el éter.

     Pero me cabe la suerte de ver el trullo aún ahí, como un hito glorioso e histórico del más feliz laboreo de las gentes de mi tierra. Y el soñar al pasar junto a él, los bellos caminos de la niñez, sin convencionalismos ni trabas, ingenuamente.

* * *

     Cuando haya que realizar -y hay que hacerlo en serio- el estudio de la evolución urbanística de la comarca, habrá que concederle a la vivienda del labrador -el del carro y la mula- la atención que merece. Y entonces será el momento de considerar adecuadamente, al margen de toda personal evocación, al trullo, cuya presencia actualiza periódicamente la Comisión de la Fiesta de la Vendimia requenense, al titular, con su eufónico nombre, los sucesivos números de su prestigiosa revista.

José Martínez Ortiz

 

(Publicado en El Trullo de Febrero de 1972)