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Tras la batalla de Almansa, al ser alejadas definitivamente de la comarca las tropas del archiduque Carlos, sus moradores consagráronse a reparar los tremendos estragos que causó la guerra.Angel tutelar de los requenenses en tan angustiosos tiempos fue el párroco de San Nicolás don Pedro Domínguez de la Coba. Como era hombre de extraordinaria actividad, cuando fue nombrado arcipreste, se apresuró a comunicar al prelado conquense, don Miguel del Olmo, que el templo del Salvador "mas parecia mezquita que yglesia catholica, pues las capillas estan con tanta yndecencia que no se podia celebrar en ellas el sancto sacrificio de la Missa". Y, previas las oportunas licencias, movilizó a los beneficiarios de los diezmos y a sus feligreses, entre los que destacó por su generosidad don José de Montenegro, iniciándose las obras el 25 de noviembre de 1710. |
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A lo largo de un par de años se adecentaron todas las capillas, hiciéronse nuevos Sagrario y Trasagrario, presbiterio y púlpito; se amplió la sacristía y se construyó el pasadizo de la torre, así como otras dependencias; invirtiéndose 38.000 reales de vellón. Artífice de esta importante renovación fue Juan Pérez Castiel, maestro mayor de Valencia y su reino.Para celebrar tan fausto acontecimiento proyectáronse diversos festejos que un suceso imprevisto obligó a aplazar. ---ooo---
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La noticia conmovió a todo el campo borbónico. Uno de los más ilustres generales de la causa de Felipe V, su alteza real Luis José de Barbón, duque de Vendóme, fallecía en Vinaroz, según se dijo, por ingerir langostinos con exceso.Puestos en movimiento los mensajeros reales, prepararon la conducción del finado al panteón de infantes de El Escorial; y al atardecer de aquel primero de agosto de 1712, el grave cortejo llegó a Requena, siendo acogido por el incesante lamento de las campanas y la curiosidad de los moradores. La galera y su brillante escolta enfilaron la cuesta del Castillo como alma que lleva el diablo, deteniéndose ante la puerta de la Comunión del Salvador, donde el Cabildo Eclesiástico y los frailes del Carmen y de San Francisco entonaron el "Subvenite Sancti Dei". Y, entre clamores de letanías, penetraron todos en el templo, incluso la galera fúnebre tirada por seis caballos, lo que produjo la consiguiente confusión, pues entre ruedas, cascos y golpes de alabarda, el flamante pavimento, que acababa de renovarse, quedó hecho una lástima. La recepción concluyó con un responso a cargo del arcipreste, actuando como maestro de ceremonias un abate italiano, "más listo que el hambre", apellidado Alberoni, secretario "del Serenísimo señor Duque", que portaba una corona de plata cubierta por un negro crespón. |
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Todo el vecindario desfiló en silencio ante los restos mortales de tan alto personaje, velado por una guardia de coraceros franceses. Al día siguiente celebróse un solemne funeral presidido por el corregidor don Antonio de Valdecebro, con el concejo de la villa y los ayudantes de su alteza. Simultáneamente, en la capilla de la Santísima Trinidad, Alberoni oficiaba una misa. Por cierto que al terminar los últimos responsos, "quisieron los criados de Su Magestad pagar la limosna que correspondía a estos sufragios, pero no lo permitieron las tres comunidades", gesto que agradeció el abate con elocuentes palabras. Al tercer día, de buena mañana, entre el lúgubre sonar de todas las campanas de la villa, los caballos fueron uncidos de nuevo a la carroza fúnebre que, tras demoledora maniobra, fue sacada del templo, tomando todos el camino de Castilla. Al rendir viaje la flamante escolta, emprendió el regreso a sus cuarteles; pero el astuto Alberoni, a quien la fortuna reservábale grandes sorpresas, se quedó en la Villa y Corte. ---ooo---
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Bueno será que digamos algo de aquel Julio Alberoni, hijo de hortelanos, que supo ganarse con su simpatía y talento la confianza de Vendóme. Al morir éste, el duque de Parma le nombró su representante en Madrid, iniciando una sorprendente escalada política tras conseguir que Isabel de Farnesio, hija del de Parma, contrajera matrimonio con Felípe V, quien no tardó en confiarle los negocios de Estado. Durante varios años, Alberoni desarrolló una portentosa actividad, siendo colmado de honores. Clemente XI, a instancias de la reina, le nombró cardenal. Acompañando a los reyes y al príncipe don Luis, el cardenal Alberoni pernoctó en Requena el 3 de mayo de 1718. Algunos meses después, los continuos reveses frente a la Cuádruple Alianza precipitaron su caída del poder. No sabemos si Domínguez de la Coba utilizó a tan encumbrado personaje en beneficio de Requena, como venía haciendo desde que la reconquistaron los vencedores de Almansa. Lo que sí sabemos es que a sus expensas se restauró el pavimento del Salvador. Por fin, del 27 al 30 de septiembre se celebraron los festejos para solemnizar la renovación del templo, no faltando representaciones de comedias a cargo de la farsa de Valencia, aquí desterrada, y a la que se gratificó con cuatro doblas de oro. Y aún sobraron unos puñados de monedas que el benemérito arcipreste repartió entre los pobres vergonzantes que, al olorcillo de los "reales de a ocho", acudieron como moscas. |
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| El Cronista de la Ciudad
(Publicado en El Trullo de Febrero de 1972) |
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