![]() |
El carro desaparece. Lenta, pero inexorablemente. Sobre sus finas ruedas discurrieron durante milenios el trabajo, las romerías.. el amor, la vida... Pero el tractor potente y el rápido camión lo han condenado a desaparecer. Por eso quisiera evocarte yo, desde estas páginas nuestras de EL TRULLO, ahora que para siempre te vas, entrañable carro, con la pobre fragancia de mis recuerdos. Y pienso en los carros de los peregrinos que hacia Santiago iban, allá por el medievo, tercos, lentos, obsesivos, por los caminos del románico que trazara aquel ingeniero celeste que se llamó Domingo de la Calzada. Bajo las lonas de aquellos carros se celebraron las primeras sesiones de la ONU por caballeros sin tacha: gentes que venían de la suave y brumosa Inglaterra, de la Alemania de las grandiosas catedrales, de la opípara Flandes, de la dulce Francia. Bajo tus lonas, carros peregrinos, Europa comenzó a existir bajo los dulces sones de los trovadores provenzales. |
||
|
Y a la mente me viene, con recios estruendos, la imagen de los carros militares con el águila imperial de las Españas en su costado, y que transportaban, además de vituallas y mantenimientos, la gloria de la raza por Nápoles, por Amberes, por Milán, por Baviera y por Flandes, por el Artois, por las dulces campiñas del Franco Condado, por la Isla de Francia... Carros de la América española que hicisteis posible, abriendo las selvas, el milagro barroco de sus iglesias, audiencias y palacios virreinales de Lima, de Méjico, de Quito, de La Habana... Y entre carros y carreteros se forjó una bella historia de amor y la unidad de España. La dulce princesa Isabel, de verdiazules ojos, va a saber fundir la razón política con la llamada de su corazón. Pero para eso tiene que apartar de su mente, en sus noches de niña, allá en Arévalo, la imagen de D. Carlos de Navarra, Príncipe de Viana, heredero de Aragón, de Cataluña y de Navarra... Tampoco seduce a la niña-princesa aquel galán de mares y de arquitecturas -Alfonso V de Portugal- señor de Lisboa, allí donde el río Tajo da un beso de enamorado al entonces Mar Tenebroso... Nada dice a nuestra princesa el conde de Gloucester, hermano y heredero del Rey de la brumosa Inglaterra. Y mirando volar a las cigüeñas desdeña también al Duque de Guyena, heredero de la corona de Francia, impresionante bajo su capa de armiño, de flores de lis constelada... |
|||
|
Por quien suspira Isabel, dieciséis años en flor, es por el recio, moreno y valeroso Fernando de Aragón. Y desde su madriguera -de madre- de Madrigal de las Altas Torres manda a buscar al príncipe deseado. Y en octubre de 1469, disfrazado de mozo de mulas, y en un carro de unos mercaderes, llega a Valladolid Fernando. Y allí, en aquella ciudad llena de flechas y de yugos, y como repetían los trovadores de la época, "las flores de Aragón dentro Castilla son". Pero yo evoco también a aquellos recios carros de mi juventud que traían lavadas arenas del entonces transparente Magro, y que eran conducidos, Cantarranas arriba, por Julián Patilla o Pepe Cárcel, el que vivía en la calle de Juan Penén. Carros poderosos con más de dos mil kilos de carga, tirados por una reata de tres mulas y conducidos por la ternura de un borriquillo de algodón, resplandeciente su cabezal de cascabeles y espejuelos... ¡Carros de la paja, rematados por la hinchazón de la red, y que dejaban, mariposas de un vuelo, una senda de oro por donde pasaban! |
![]() |
||
|
Pero mi recuerdo más grato va asociado a las vendimias de hace veinte años, y en donde Requena se transfiguraba en gozos de abundancia y de suavidades. Era una delicia ver el trajín de los carros, de las mulas, de los vendimiadores... En las primeras horas de la mañana subía de Requena al cielo la blanda tibieza de establos removidos. Y asnos y mulas iban a las pilas de la fuente del Matadero, y al beber, estirando el cuello, el agua tenía como rumores de pozo profundo. Y a la tarde las piedras, las calles, los caminos, quedaban penetrados de olores de mosto virgen... ¡Carros de los vendimiadores, fugaz nido de las uvas, en el amor de tus lonas, camino de las cooperativas! ¡Cómo el campo requenense quedaba lleno de la gloria de sus cepas vendimiadas! ¡Y cómo todo quedaba traspasado por la pureza del mágico otoño requenense y por el milagro diario del inflamado ocaso...! Por eso carro campesino, por eso hermana mula, ahora que, como los viejos actores, hacéis mutis por el foro para nunca más volver, yo quiero anotar en las páginas del periódico de nuestro pueblo el leve temblor de mi despedida. Andrés López
(Publicado en El Trullo de Febrero de 1972) |
|||