REQUENA Sutilezas Ochocentista

     Al día siguiente acudimos puntuales a la cita con nuestro incomparable guía. La reunión fue junto al río. El prodigioso duende, pulcramente ataviado con traje de nuestro tiempo, llegó primero, y antes de que nos acercáramos empezó diciendo: "EI venir a este punto es para que mis explicaciones sean más provechosas. Desde aquí podré hacer una descripción de la vieja Requena, evocando una semblanza de tarjeta postal antigua, ahora que todo está tan cambiado. En otra época la población se encontraba a un cuarto de legua distanciada de esta parte del río que es el Oleana; el caserío empezó a edificarse sobre un peñasco, de cuatro varas de altura, rozando la carretera que de siempre llamaron de Las Cabrillas, por cruzar la temible sierra. Este primitivo núcleo habitado es el que los requenenses denominan el barrio de la Villa, su posesión por sí sola lo hacia casi inexpugnable. Los muros y torreones que se levantaron y un castillo que cerraba la población, por la parte norte, completaron una línea de fortificación capaz de resistir todos los medios de ataque conocidos en la antigüedad; en el día nada de esto ha quedado, a excepto de una parte del castillo para memoria y honra de Requena.

     Aumentado el vecindario, muchos salieron del primer recinto y edificaron habitaciones en otra colina, distante como trescientas varas al norte de la primitiva población, o sea la Villa, vino a llamarse este segundo núcleo el barrio de las Peñas. Más adelante se fue poblando el espacio que mediaba entre los dos barrios y así se formó el tercer núcleo, conocido por el barrio del Arrabal, de modo que la pomposa Requena actual debe su magnificencia a la unión de los tres citados barrios, independientes en otros tiempos. Entonces -prosiguió el duende, a quien escuchamos embelesados-, el perímetro de Requena era muy irregular, no tenía más de un cuarto de legua de norte a sur, con una extensión de ochocientas varas de este a oeste; por todas partes circundaba a la ciudad una feracísima huerta.

     Requena, ya en 1840, era población abierta, a pesar de los muros y barerías que se construyeron para su defensa. La diferencia que tanto de calles como de casas se nota en esta ciudad, es debida a las distintas épocas en que se han ido aumentando. Las calles del barrio de la Villa, como de población más antigua son estrechas e irregulares y sus casas de tres a cuatro pisos, aunque en general son cómodos ofrecen un aspecto pobre y dan mala idea de su buen interior (el guía habló así pensando en su tiempo). El barrio de las Peñas tiene sus calles anchas y de piso desigual y la figura de sus edificios, que se componen de dos altos, dan a este barrio un aspecto puramente agrícola; el suelo del barrio del Arrabal es llano, sus calles si bien no están tiradas a cordel, reúnen por lo menos más regularidad y anchura que las de la Villa, y sus habitaciones, además de ser las más bellas, son las más grandes y mejor distribuidas de la población".

     Nuestro excepcional amigo continuó informándonos: "Las plazas más notables eran las de la Constitución en los barrios del Arrabal y de la Villa, había otras muchas plazuelas que han ido desapareciendo. Las aguas de que se surtía el vecindario eran abundantes y procedían de la preciosa huerta, donde nacían. Las fuentes más renombradas y apetecidas por los requenenses, para su servicio y consumo más cercanas a sus domicilios por aquellos años eran: Reinas, situada a quinientas varas al norte del barrio de las Peñas, más las del Peral, de los Caños, de los Frailes y del Pino que formaban una línea de manantiales tirada de norte a sur, a poco más de ochenta varas al oeste del barrio de la Villa. Dentro del barrio del Arrabal gozaron de mucha fama las fuentes de los Frailes y la de los Desamparados, a quienes daban muchos la preferencia sobre las demás aguas".

     El largo paseo nos había abierto el apetito, entramos alegres en el Mesón del Vino y mientras comíamos, animados por el reconfortante caldo que tan bien saben hacerlo los requenenses, en el interior del trullo, el duende siguió con sus atinadas explicaciones: "La ciudad de Requena se preocupó en todos los tiempos de la instrucción de sus hijos; corregidores y alcaldes cuidaron de que no faltaran centros de enseñanza. Para ilustración de la juventud se pagaba de los fondos propios un maestro de primeras letras, con 3.500 reales, más un ayudante por 1.500 reales; habían otras dos escuelas sin más dotación que la retribución que daban los padres de los discípulos. Dedicadas a la enseñanza de las niñas había cuatro maestras, también pagadas por los padres o tutores. La población escolar de entonces era de doscientos setenta y tres niños y ciento sesenta de niñas; existía una clase especial de Gramática Latina que contaba con treinta alumnos, que se pagaban ellos mismos la lección que aprendían".

     El guía se despidió de nosotros, prometiéndonos que otro día continuaría contándonos cosas de la ciudad prodigiosa. Desapareció de nuestra vista penetrando en un pétreo portalón, blasonando su nobleza; ni siquiera nos dimos cuenta cómo abrió la puerta.

RAFAEL ROCA MIQUEL

 

(Publicado en El Trullo de Febrero de 1972)