En esas estruendosas exaltaciones de belleza, de alegría y de exuberancia que son las fallas de Valencia, Requena estuvo dignamente representada por la Fiesta de la Vendimia en la cabalgata del Reino últimamente celebrada.

     La carroza representativa de nuestra vitícola ciudad iba pilotada por las encantadoras reina mayor e infantil, así como por las de las tres barriadas requenenses; con la escolta de nutridos grupos de jóvenes típicamente ataviados que distribuían folletos de propaganda vinícola y vino de nuestra tierra; gesto simpático que fue unánimemente celebrado, mereciendo las calurosas felicitaciones del señor Alcalde de la capital y de la Junta Central Fallera a nuestro animoso presidente Martínez Bermell: un valenciano de Requena; tan valenciano y tan requenense como otro que conoce quien esto escribe.

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     No es la primera vez que la Fiesta de la Vendimia se suma a las solemnidades falleras con ilusión y entusiasmo, como se sumó mucho antes a todas las cabalgatas conmemorativas de proyección regional. También recordaremos que varias falleras mayores honraron nuestras populares fiestas vendimiales.

     Y, si volvemos la vista atrás, a la vez que evocamos el pasado de la Castilla valenciana, reafirmamos que su presente y su futuro están vinculados a Valencia con lazos tan entrañables como los de esas extensas comarcas históricamente valencianas que no hablan "Ia dolça parla". Porque bueno será decir que por uno de esos azares de los tiempos, Requena quedó en la línea fronteriza que convinieron Fernando el Santo y Jaime el Conquistador; y pese a la adscripción de Requena a la tierra de Cuenca durante cerca de seis siglos y medio, nuestras actividades e inquietudes, tanto comerciales como culturales y sociales estuvieron inclinadas a la ciudad del Turia. La razón fundamental fue siempre la distancia doce leguas a Valencia, veintidós a Cuenca. Esta cotidiana relación de intereses con Valencia nos hizo asimilar hasta sus esplendores populares, con toda la pujanza colorista de su genio creador. Y una prueba elocuente la tenemos en los certámenes artísticos, en las cabalgatas y en esos monumentos alegóricos a la Vendimia que, puntualmente, arden aquí a la usanza fallera.

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     La incorporación de la Castilla valenciana a nuestra provincia era una antigua aspiración comarcana que ya nadie pudo detener tras la construcción de la nueva carretera de las Cabrillas.

     Este histórico acontecimiento tuvo lugar en 1851. Un siglo después, el arciprestazo fue incorporado a la archidiócesis valentina. Lo que no pudo segregarse, por pertenecer al pasado, fueron sus glorias y tradiciones junto a Cuenca; ni, tampoco, esa peculiar manera de ser que impone una economía montada a setecientos metros sobre el nivel del mar.

     En Valencia se forjaron nuestros hombres más representativos, tanto en las ciencias y en las artes como en el comercio. Y hoy que más que nunca vivimos de realidades, tenemos a este respecto destacados ejemplos que nos vinculan totalmente a la incomparable ciudad del Turia.

     Y en el orden espiritual, ahí quedan dos botones de muestra, uno antiguo y otro moderno: un requenense forjó el pórtico de la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados; y otro requenense cinceló "Lo Cant del Valençiá", esa joya musical que ameniza las grandes solemnidades valencianas.

 

Rafael Bernabeu López

(Publicado en El Trullo de Abril de 1972)