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ENCONTRAMOS a nuestro amigo el guía en el sitio convenido, sentado, y sobre la mesa, vasos y una botella de buen vino de Requena, naturalmente. Se alegró de vernos y llenó los recipientes del tentador caldo; al ofrecernos los repletos vasos, nos dijo: "Soy antiguo y de Requena; no acepto esas bebidas forasteras; proceden de países que no tienen viñedos, ni trullos; claro que algo tienen que beber; inventaron lo que pudieron, no digo que sean malas, ¡nada de eso!, pero donde haya vino lo demás no cuenta primero..." El duende continuó hablando de la gracia de Requena, descrita en una miscelánea desordenada: "En los buenos tiempos de mi mocedad, en la medianía del siglo pasado, esta gran ciudad, cuyo recuerdo os estoy evocando, ya estaba considerada como una rica población agrícola; esto era y sigue siendo verdad, pero tengan presente que Requena también era núcleo de importancia industrial, y a no dudarlo que irá en aumento. Respecto al campo, con tener mucha fama la cantidad y calidad del vino (156.000 arrobas), merece destacar las dieciséis mil arrobas de zanahorias; esta planta umbelífera se desarrolla muy bien en Requena y era buscada por los compradores mayoristas, por tratarse de un poderoso alimento para el ganado vacuno. No quiero fatigaras con cifras y referencias. Termino diciendo que valían considerablemente las dos mil fanegas de panizo y las ocho mil cabezas de ganadería entre ovejas, cabras y cerdos. Estos campesinos, eminentes labriegos y pastores, estaban a la altura de los habilidosos industriales de la seda, de los cuales hablan en Requena dieciséis fabricantes que sostenían 550 telares, que producían tafetanes, gros (tejido tosco), sargas y terciopelos. Habían treinta y seis máquinas de juacuar o mezclar; cuatro tintoreras y catorce tornos para torcer la seda. Como cada tinte daba ocupación a cuatro personas, cada torno a cinco y dieciséis mujeres, más cada telar a cinco hombres y cuatro mujeres o niños, resulta que en este ramo industrial se empleaban 665 operarios y ochocientos quince auxiliares, entre mujeres Y niños; total, 1.178 personas. Otros requenenses se dedicaban a diferentes artes y oficios, indispensables para el desarrollo de la ciudad: diez molinos harineros, uno de aceite, dos fábricas de aguardiente, una de jabón y una prensa de fideos y otras pastas alimenticias. Para el abastecimiento de la población habían veintinueve tiendas de abacería y seis de ropas hechas, con otros comercios de cintas y randas, muletones, lienzos y paños. Otras para la venta de comestibles, aparte las indispensables carnicerías y hornos de pan. Los jornales eran de cinco a seis reales para las faenas del campo, y de siete a ocho reales de vellón para trabajadores industriales y menestrales." Quedamos satisfechos del interesante relato. Requena, al transcurrir el tiempo, en nada ha desmerecido; la agricultura sigue siendo un factor determinante en la economía de los requenenses; el vino ha escalado un merecido puesto en el mercado. La seda quedó en desuso, pero la iniciativa de los requenenses abrió nuevos postigos al trabajo; otros ingenios han sustituido los viejos telares. La pujanza de Requena conserva las características de todos los tiempos. El hidalgo, al despedirse, prometió seguir contándonos como era Requena cuando la velocidad la proporcionaban los remos de los caballos, y la energía esencial dependía de los brazos. El progreso palpita en todo momento, el paso del tiempo lo elimina, vale el momento; el vapor tuvo su esplendor; la electricidad lo mandó a reliquia de museo. El fluido mágico que tanto resuelve, también pasará al recuerdo. Requena está situándose a tono fabril, empujada por mandato de circunstancias convencionales. RAFAEL ROCA MIQUEL (Publicado en El Trullo de Abril de 1972) |
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