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| En la Naturaleza ha estallado la vida con la rotundidad fecunda de cada Primavera. Hay un brillo de anunciación en el aire y la altura de los pájaros puntea el azul del cielo con hitos vitales. La gala vegetal de la brotación pone un manto de vida nueva sobre todo lo creado. Musgos y flores cubren las desnudeces invernizas y la nueva savia viene a dar fe de que Dios está presente. Toda la orquestación de la Naturaleza afina sus tonos y una ambiciosa plenitud invade los campos con un lírico mensaje de resurrección. El morse de los grillos llena de estribillos la noche tibia, y el reloj parado por el letargo invernal se pone en marcha para dar fe de la muerte falsa del tiempo. Tiembla en el aire un hossanna de júbilo y la vida se diversifica en una eclosión de matices porque la Primavera, como todas las cosas, ha de asirse a una evidencia para dar testimonio de sí misma. En la ingente trama de las viñas ya alborean octubres de plenitud, llorando con lágrimas de savia nueva el gozo emocionado de saberse sangre de Eucaristía. La vida trae un canto nuevo de gloria para honrar al Creador. Las vírgenes doncellas ríen por reír, lloran por llorar, porque todo ello forma parte del poema único e inmenso de la Creación en marcha. Esos campos de Dios -¡de Dios!- relumbran con regatos juquetones de linfas vivificadoras. La vida canta su razón de ser en los primeros brotes de la vid, que han de ser la culminación del más augusto cometido fiado a la mano del hombre, porque un día...
Y ya fue, desde entonces y para siempre, el "mandato original" que señaló a Requena con el dedo de la predestinación. La cosa venía desde lejos: desde la Primavera de la Historia. Lo había dicho así la Poesía que es, dicen, el lenguaje de los ángeles:
La Creación acaba de abrir un nuevo ciclo vital. La sangre arrastra al hombre a su universal e indesviable servicio. Es el mandato... ¡Ha estallado la Primavera!...
(Publicado en El Trullo de Abril de 1972) |