A mí que tanta literatura vínica he leído, me congratula las eruditas citas con las que ,los escritores documentan sus artículos sobre el origen de la vid y la aparición del vino.

     Persia, China, India, Egipto, Grecia y un sinfín de sugestivos países se evocan como cuna del vino.

     Noé, Plinio, Hipócrates, Marañón, Rabelais, Valle Inclán, Avicena, Apuleyo, Cervantes, Pasteur, Marquina, Decref, Per Abbat, Ortega y Gasset, Glük, Dumas, Velaine, Balzac, Rossini, Víctor Hugo, Brahms, Sócrates, Brillat-Savarin, Platón, Alonso Herrera, Juan XXIII, San Isidoro de Sevilla, el Arcipreste de Hita, etc., poetas, científicos, hombres de letras, pensadores, guerreros, estadistas, religiosos, artistas, personalidades sin parangón han pregonado las excelencias del vino.

     La historia del vino es tan vieja como la humanidad misma, y cuantos sobre él escriben en ella se apoyan para ensalzarle, lógica tendencia, ya que con la cultura de los pueblos va implícito el cultivo de la vid y los hombres cultos de toda época del vino se ocuparon.

     Datos, hechos, descripciones y detalles vitivinícolas se aportan como ropaje de artículos que narran las excelencias del vino, sin duda la más literaria de las bebidas.

     Recojo algunas consideraciones que sobre el vino se han expuesto, pues vid y vino necesitan también de la colaboración de quienes conociendo sus cualidades pueden difundirlas. Es decir, junto al insecticida, máquina o envase, el artículo, poema o gacetilla. Si con los primeros se consigue adecuada cosecha, con los segundos se revaloriza. Al lado de la estrujadora el papel escrito, tanto monta monta tanto, tractor como escritor.

     Beber vino en compañía es de las pocas cosas gratas que quedan en este ajetreado mundo, colaborador silencioso que sostiene la institución española del copeo, el vino por sus virtudes extraordinarias anima a los amustiados, templa y suaviza las discusiones, vuelve amena la charla, alumbra, estimula; sus indefinidas esencias propician a la bondad, haciendo afluir la espontánea compostura. Desprendido, fortalecedor, generoso, digno, su sola presencia es ya garantía de amable predisposición. La nobleza del vino es su verdad, detector de mentiras los falsos son sus enemigos.

     Beber vino es vivir más. Abre el espíritu aprestándole a dar y recibir confidencias, creando conciencias de extraña lucidez, que justifican y comprenden las debilidades y errores humanos. Germina sonrisas, predispone a la amistad, descarga tensiones emocionales, remedia la alienación, elimina el aislamiento social; fisiológica e higiénicamente es un elemento vital. Como soplos de brisa en suave escala de ensueños, imparte beneficiosos efectos.

     Beso de doncella, suspiro de enamorada, lágrima de querube, canta el apasionado poeta a la copa de vino que como cirineo de la tristeza acompaña su soledad. Sus matices inimitables, sus sabores, aromas y colores, han sido descritos de mil formas, con acertados y líricos símiles, con descriptivas palabras, con adjetivos pintorescos. Por simple curiosidad, del vino se ha dicho con respecto a su:

     COLOR: refulgente, oro líquido, dorada mies, sombríos reflejos del rubí o vivos de la llama, episcopal, intenso, veteado, grana, ambarino, encendido, caoba, centelleante, celúreo, amarillo-verdoso, azulado, equilibrado, luminoso, empañado, transparente, moro, topacio, opaco, destelleante, verdoso, rubio, sanguinolento, limpio, suntuoso, oro obscuro, cereza, franco, purpúreo, dorado, ciruela, morado, translúcido, pajizo, brillante, rojo vivo, amarillo pálido, concreto, apagado, serio, áureo, claro.

     OLOR: delicado, fortalecedor, personal, pujante, dominador, danzarín, fuerte, frutoso, suave, violeta, manzana, plátano, sándalo, almendra, perfumado, sutil, incisivo, fresco, acariciante, intenso, expansivo, recio, fragante, floral, jacinto, frambuesa, venado, vainilla, tabaco, tomillo, azahar, peculiar, peonía, ligero, penetrante, sugeridor, liviano, tilo, jazmín, trufa, faisán, resina, café...

     SABOR: denso, picante, ácido, dulce, pastoso, suave, grávido, verde, maduro, delicado, muelle, extravagante, recio, aromático, entonado, racial, avellanado, viejo, serio, afrutado, robusto, saltarín, ingrávido, acariciante, áspero, goloso, sugeridor, untuoso, amanzanado, penetrante, templado, agudo, sedoso, arisco, varonil, amoroso, simpático, tónico, merendolín, matizado, bronco, poderoso, firme, aristocrático, civilizado, redondo, nervioso, salino, aterciopelado, sutil, filosófico, gustoso, juguetón, agroso, alcohólico, enjundioso, ágil, fluido, equilibrado, caliente, clásico, personalísimo, incitante, espeso, amistoso, bravo, fresco, flojo, aceitunado, amargoso, tierno, mantecoso, licoroso, azucarado, chico, basto, almendrado, carnoso, duro, mimoso, delgado, punzante, amplio, vinoso, firme, acerbo, mordiente, vivo, picante, melindroso, agresivo, lleno, crudo, anguloso, vacío, gordo, cocido, blando, acidillo, apagado.

      SUS VIRTUDES MEDICINALES: estimulante, vitamínico, tónico, higiénico, bactericida, calorígeno, digestivo, antiséptico, astringente, vasodilatador, dinamogénico, alimenticio, antináusico, radiactivo, energético, profiláctico, diurético, nutritivo, psíquico, reconstituyente, antitóxico, reforzante, antiescorbútico, placentero, coadyuvante.

     Lluvia de piropos -algunos repetidos con distintos vocablos-, cascada de lisonjas vínicas, expuestas desordenadamente para dar idea de la inspiración que despierta el duende del vino. Hasta cuando organolépticamente no es grato se le define con mimo.    

     Me gusta el vino, lo bebo porque su color, olor y sabor forman un conjunto de sensaciones incitante, excitante, reparador, por el que vista, olfato y gusto compiten para lograr mayor botín en su beneficiosa aportación al organismo. Reconforta y alimenta, satisface y alegra.

     Un vaso de vino ofrece tanta cultura, poesía e intuición como gota contiene; su alentadora actividad, su actitud magistral, su genialidad, enciende en refulgentes chispas el cristal que lo encierra alejando gazmoñerías y bajezas, su nobleza reparte chorros de gozo. No pueden beber vino los suspicaces, resentidos o maliciosos. No es evasión el vino, es encontrarse a uno mismo. Contemplar un vaso de vino es una promesa de sugeridoras y plácidas sensaciones. Saber beber no resulta fácil, es una de las más elocuentes manifestaciones de la educación, su presencia en la mesa da señorío y es anuncio de placer inmediato.

     Ligado a la vida del hombre, siempre acorde con los alimentos, es indispensable en toda comida. Se puede comer sin vino, pero no lo aconsejo, pues una comida sin vino es tan aburrida como un ascensor sin espejo.

     En la mesa familiar, en el banquete fastuoso, en la parrilla de moda, en el campo, en la playa, en cualquier lugar y momento la imagen del vino recuerda la zona fresca y silenciosa de la bodega que lo acunó. Sólo nocivo cuando se toma desconsideradamente, no le va el uso exagerado, requiere mentes claras, equilibradas que lo valoren; al vino, como a las mujeres, hay que tratarlo con tiento; cuando así se hace, como ellas es agradecido. Abochorna el desconocedor del vino, como indigna el chulo.

     Así como eI glotón es la antítesis del gourmet, el borracho lo es del buen bebedor de vino; a la airada referencia del Baco embrutecido, el contrapunto de los altares; por algo es, con el trigo, el producto agrícola de mayor categoría social.

     No me hable de los borrachos, apenan. Borrachos son los que no saben beberlo.

     Considerar que beber vino es de borrachos resulta tan tonto como no lavarse por miedo al reuma y, sin embargo -recordando los 70 litros más o menos de consumo-, las gentes se alejan del vino por nacidas en tierra rica en él, por su precio en hostelería, por equivocado modernismo o por desconocimiento de sus cualidades. ¡Promocionemos al vino!

 

(Publicado en El Trullo de Abril de 1972)