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El mundo de las aldeas -de Requena o de la comarca-, un mundo lejano por su apartada vida y su soledad; por su agridulce vivir y su tristeza, replegada a sí misma. Son tristes las aldeas, desde luego, pero según el punto de mira, el tiempo, esto es, el presente. Aunque esto no quita para que las aldeas sean entrañables; hondos sus valores, humanísimos; interesantes sus problemas para el estudioso. Pasa con las aldeas lo que con la Historia, en la que períodos de decadencia económica, demográfica o política, tienen un enorme interés en arte, literatura, religión, espiritualidad. Estos últimos valores los hemos visto un tanto dejados en la sombra, incluso por grandes historiadores de nuestros días. Un historiador importante, Francisco de Cossío, decía en su biografía de Carlos V que la Historia registra los hechos como puede, "pero escamotea a los hombres". Y no vamos a converger perspectivas fuera de lo necesario, sobre la aldea, pero sí podríamos dar relieve "al hombre de una aldea", el cual nos daría una visión muy centrada y rica en lo humano, superior a un nivel medio. Durante el verano pasado visité aldeas de Requena y de Venta del Moro, y como era un viaje que me traía el recuerdo de otros viajes por la ancha meseta, además de mi vivencia aldeana de niño, pude así acabar de conocer la inmensidad del viñedo -lugarejos, caseríos, pinadas, casas de labor, quintas señoriales, entre él-, como paisaje de una gran belleza recia, austera, de singular poesía. Conozco, virtualmente, nuestras dos hermosas ciudades, y Villagordo y Caudete. Ya, todo el terruño vinícola. Desde cualquier punto del inmenso pámpano requenense, uno queda maravillado del paisaje. Porque, si falta el paisaje, falla nuestra comprensión de la vida humana, en su orden artístico y social. El retablo socio-económico que pude observar en mi correría del verano pasado, nuevo "ruedo ibérico" o "pequeña historia", si imagino reminiscencias de Valle Inclán y de Azorín, es fuertemente emotivo, de un sensitivo acento. En Campo Arcís, en su ancha plaza, todo apacible vivir y monotonía, haría una visita a la iglesuela parroquial, me metería en dos bares, y hablaría así con gente mayor y gente joven. Había baile, al son de un conjunto comarcal. Encantaba la belleza tranquila de las impresiones; hacíame un bien. Sugería la iniciación a una obra de arte, con muchos factores, alegres, tristes, también de humildad y pobreza. Hermoso sería escribir una novela sobre cuantas sugestiones recibía. Lo social era lo que más me incitaba. Era éste un mundo que estaba por descubrir. Con Juan Mollá, el ilustre escritor y abogado, oriundo de Las Casas de Utiel; residente en Madrid, hablaba mucho de estas cosas aldeanas. Entre las estampas rurales, la vivida en Venta del Moro me conmovía por su intenso hálito social. Interesantes las vivencias y experimentos, con su juventud, que desarrollaba una "cátedra ambulante" -a cargo de un grupo de muchachas universitarias de Valencia-, la cual viajaba en coche propio o furgoneta-hogar elegante. Quehacer en el pueblo y por las aldeas, a base de una pedagogía práctica y sencilla, por fiesta el arte, teatro sobre todo, y poesía. Mi hija Elena participaba en la labor rectora, con todo entusiasmo e ingenuidad. En lo pedagógico, alentaba cierto humanismo juvenil, y aun ensueño. Mucho trabajo, sacrificios, bajo el sol de julio, en esta, en aquella aldea. Bastantes problemas me fueron conocidos a fondo: la emigración irremediable, tristeza ante promesas políticas de mejoras incumplidas; desorientación, el vacío en las almas por falta de trabajo e iniciativas. La "Escuela Cirilo Cánovas" -no todo eran penas-, de Requena, era un bellísimo logro. Y el trabajo conseguido en las industrias nacientes de la ciudad, pude comprobar qué alegría era para muchos chicos y chicas... Menos mal que el ambiente festivo no falta en el pueblo, en el teleclub, en el baile, en los ensayos de alguna obra teatral. Mirando callejuelas -todas salientes al campo- en las aldeas, cooperativas, la almazar, la iglesuela; mozos y mozas, preciosas, encantadoras ellas, pensaba yo que la vida debía sonreir con la vendimia, con el santo trabajo. Pero también surgían imágenes dramáticas del joven campesino que está sin porvenir. Y el tedio y la monotonía y los estragos en las almas jóvenes. Las fiestas eran el sueño mejor para los muchachos con quienes hablé. Requena, Utiel, la misma aldea. En Casas de Eufemia, Los Duques, Los Ruices, Las Monjas, casas de Moya, pensaba yo con todas estas cosas, amargas unas, dulces otras. Pero, ¿y esas aldeas que quedaron despobladas un día? Aquí, la desolación te inunda; y los pensamientos más negros; y nos perdemos, desaparecido el "fin consecuente", aparecida "la nada", Consuelo en el trabajo, el arte; la literatura; sin saber por qué, pensamos en los grandes pintores de la comarca, en sus colinas lívidas y majuelos inacabables; en mi amigo, el gran novelista oriundo de Casas de Utiel, porque en su obra trasciende la vida. La aldea que más me hizo sufrir y soñar fue Casas de Moya, por su inefable belleza. La aldea más bonita que conozco. Allí se dramatizaron mis inquietudes. Era domingo, atardecido. La gente mayor, sentada donde podía; chicos y chicas paseando melancólicamente. Pero es que no existía un solo bar, un solo cafetín; y no había baile... Tengo que hablar de otra aldea, otro día.
(Publicado en El Trullo de Abril de 1972) |