En España, como creo debe ocurrir en la mayor parte del Mundo mientras no se demuestre lo contrario, ocurren cosas cada día, unas veces buenas y otras malas, diga lo que quiera Televisión Española. Lo que pasa es que prensa, radio y televisión se desgañitan colocándonos todo lo malo que producen los demás habitantes del globo y entonces España aparece como una especie de balsa de aceite o isla de Jauja donde, según cuentan, los perros salían a la calle atados con longanizas.

     Si observan con atención una programación completa de T. V. E. ustedes mismos podrán comprobar que aquí nunca pasa nada, exceptuando, claro está, las inauguraciones de pantanos, algún que otro complejo de promoción turística, los viajes de López Bravo, las cenas políticas y la concesión de medallas al mérito civil.

     Puestas así las cosas no cabe duda que España es una bendición de Dios. Los españoles, que ya estamos tocando muy de cerca el tercer Plan de Desarrollo, solo tenemos que ocuparnos de conseguir a plazos el último frigorífico, el flamante lavaplatos, el mejor televisor y sobre todo el coche, pesadilla del peatón y alegría de Hacienda, medio seguro de romperse la crisma en las carreteras los fines de semana.

     Pero en España ocurren cosas como en todas partes, queramos o no queramos. Ahora, una desgracia más se nos suma a los celtíberos, dejando aparte las huelgas de estudiantes, el cierre de Universidades, carestía de vida, la cesta de la compra, las zancadillas que nos pone el Mercado Común y las Historias de Plinio.

     El 26 de Abril, en una agitada asamblea del Grupo Taurino del Sindicato Nacional del Espectáculo, los toreros españoles tomaron muy en serio la decisión de declararse en huelga a partir del día 30, por no estar de acuerdo con la Administración Pública en orden al sistema fiscal. Es decir, que vistas así las cosas que pasan en el terreno de los cornúpetas, se saca la conclusión, al parecer, de que la profesión de torero no es rentable según declaraciones de los émulos de Cúchares. ¡Lo que nos faltaba!

     Horrenda desolación para los aficionados y regocijo interno para las vacas que, según frase ajena, ya no enviudarán a las cinco.

     Pero las desgracias casi nunca vienen solas. Nosotros nos estamos oliendo algo peor. Más vale que nos equivoquemos, pero nos da en la nariz que si por una de esas cosas que a veces pasan, si cunde el ejemplo y los futbolistas por solidaridad o por simpatía con sus hermanos los toreros se les ocurre declarar una huelga de piernas caídas, ¿qué va a pasar ahora con esos hermosos atardeceres del domingo español? ¿Cómo y de qué manera los periódicos y las revistas nacionales van a llenar ese tremendo hueco que dejarán las interminables páginas que hasta ahora se venían dedicando al deporte? ¿Qué va a hacer Televisión Española la tarde de los domingos y hasta de los lunes cuando se vea imposibilitada de pasar las ochenta y siete veces consecutivas los goles fabricados en la Península, sin contar con los de Filomatic? ¿A dónde irán a parar los millones de las quinielas?

     Pero pensemos con calma y no nos vayamos por los cerros de Ubeda. En primer lugar, recemos por que todo esto no ocurra. Que las aguas vuelvan a su cauce, que se arregle lo de los toreros, que el fútbol continúe para bien de la cultura del macho ibérico y hasta si es posible en un alarde de expansión olímpica, que nos amplíen en "LA GRAN OCASION" un nuevo ¿Es este tu deporte? escenificando en hermoso ballet una partida de "Truque".

EL DUENDE

 

 
   
   

(Publicado en El Trullo de Abril de 1972)