|
|
||
|
Nuestras vacaciones en Requena habían terminado, era la última tarde que pasábamos en la acogedora ciudad. La compenetración con el pasado y los agasajos del presente nos habían encadenado para siempre con la noble población. Nos entristecía el pensar en la partida; el sapientísimo guía, adivinando nuestro estado de ánimo, nos alentó con su jovial temperamento: "Alegraos, Requena ahora está muy cerca de Valencia, los buenos trenes y la estupenda carretera han suprimido las molestias del viaje, podéis venir algún que otro fin de semana, existen magníficos estable cimientos hoteleros, dotados de confort y cocina excelente para satisfacer todos los gustos. Vamos a dar un paseo por el campo, circundando a Requena que no se hace vieja porque la vitalidad de mis paisanos la acicalan con ensanches y reformas...Aquí donde estamos lo llamamos El Gollizno; como veréis, el nombre está bien puesto por la configuración del río. Se trata de un gollizo o estrecho que en los parajes montañosos designan gola o garganta. Tanto que parece que haya hablado de mi pueblo, pues no he pasado del postigo que franquea la entrada a su larga historia, hechos y semblanzas. Hasta la puesta de sol y como despedida de mis charlas, mientras andamos por esta alegre campiña os contaré cosas de mi tiempo; ya que caminamos, comentaré los antiguos caminos. El principal era la pimpante carretera de las Cabrillas, viniendo de Castilla entraba en el partido de Requena por Minglanilla, cruzaba el Cabriel por el puente que llamamos del Valle y continuaba a Villagordo y Caudete, cruzaba el Oleana y entraba en la villa de Utiel, continuando a la aldea de San Antón, atravesaba Requena por la calle Nueva y salía del partido por la aldea del Rebollar y sitio llamado El Ventorrillo. También existía el camino de herradura de Madrid a Valencia, pasaba por dentro de Requena; había otro camino que era para carruajes, entraba por La Pesquera, atravesaba el Cabriel por el puente Pajazo, pasando por la Venta de la Cruz, entre Villagordo y Caudete, prosiguiendo a Utiel, Venta de Vaquero y Requena. Había caminos para todos los lugares. Las posadas y mesones por efectos de la guerra carlista se hallaban medio arruinados; con la paz y la reanudación de las actividades agrícolas e industriales de Requena empezaron a recuperarse. Las más notables eran la Venta de la Cruz y un vasto y hermoso parador recientemente construido (1840), en la aldea de San Antonio, y el que edificaron en el interior de Requena, en la calle Nueva, que disfrutaba de todas las comodidades apetecibles. Requena en 1843 había normalizado labranza y comercio; la ciudad era un hervidero de operaciones. Labradores, ganaderos y tejedores no daban abasto a la demanda de productos y manipulados. Las posadas estaban repletas de marchantes. Con tanto dinero circulando, la codicia tentaba a los maleantes; corchetes y alguaciles se movían atareados." El guía continuó narrando las sutilezas: "Recuerdo la estadística criminal de aquel año. Los acusados fueron 37, de los que resultaron absueltos de la instancia, 6; libremente, 2; penados presentes, 28; contumaces, 1. De los procesados, cuatro contaban de diez a veinte años, veintiuno de veinte a cuarenta años y doce de cuarenta en adelante. Treinta y tres eran hombres y cuatro mujeres. Diecinueve solteros y dieciocho casados. Sabían sólo leer siete; leer y escribir, nueve, carecían de instrucción, 21. Se cometieron ocho delitos de homicidio; el resto de percances fue debido a heridos con armas de fuego y cortantes, más robos y timos. Entonces el término de Requena lo medían por leguas y habían veintitrés y media. Para los requenenses eran 326.627 y medio almudes de marco real. No quiero terminar sin contaros la importancia que tuvo en mi tiempo la sal que se producía en Requena. Esto os sorprenderá, pues pensáis que mi pueblo sólo era renombrado por el vino y la seda, pues también lo fue por las salinas, que proporcionaban una calidad muy selecta. Estaban a tres leguas de Requena y se extraía de dos pozos. El agua la sacaban por medio de una máquina y depositada en 49 balsas, evaporizándose a los pocos días, produciendo al año 5.288 arrobas. Tocando a las balsas estaba el salero, que admitía toda la sal que se obtenía. En el edificio contiguo vivían el guardián y el encargado de dirigir las operaciones de laboreo. La conducción de cada arroba de sal, desde la mina a Requena, costaba dieciséis maravedíes, una libra de sal no llegaba al cuarto de real..." El guía, como hidalgo que era, nos obsequió con una suculenta cena de despedida. El buen vino de Requena alegró la tertulia hasta la hora de maitines. Al sonar el primer repique en San Nicolás se fue por una ventana abierta, saltando tejados lo perdimos de vista; los duendes pueden irse por donde quieran.
RAFAEL ROCA MIQUEL de la Asociación Española de Escritores de Turismo
Este articulo, así como los precedentes, ha sido escrito "ad hoc" para la revista EL TRULLO en su edición extraordinaria, dedicada a conmemorar el magno acontecimiento de celebrar las Bodas de Plata la Fiesta de la Vendimia de Requena. Con estas colaboraciones, en serie, el autor se asocia y rinde homenaje a la Comisión Central, Comisiones de Barrio y Delegaciones, presentes y pasadas, que han hecho posible llegar a un cuarto de siglo de celebraciones, aumentando el prestigio de Requena. R. R. M.
(Publicado en El Trullo de Agosto de 1972) |