El brillante recital poético que, bajo los auspicios de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia acaba de ofrecernos , Emilia López Toledo, nos evoca el recuerdo de otras poetisas requenenses que pasaron al olvido, como Francisca Moral, Luisa Cervera, Paz de la Cuesta...

     Hace algunos años dimos a conocer, tras una estampita de nuestra excelsa Patrona, la siguiente poesía:

Arrodillada a tus pies,

lleno el corazón de anhelo,

te pido, Virgen piadosa,

para las madres, consuelo.

Llenas de fe y esperanza,

siempre en ti los ojos fijos,

todas las madres te piden

la redención de sus hijos.

Que cuando el rey se los quita

de sus maternales brazos,

se les rompe de dolor

el alma en mil pedazos.

Haz con tu gracia infinita,

que tanta virtud encierra,

que brille el iris de paz

y se termine la guerra.

Atiéndelas, madre mía,

sé una vez más santa y buena,

abogando por los hijos

de tu querida Requena.

Las madres entristecidas

te ofrecen su triste llanto,

con el agradecimiento

de ésta que te quiere tanto.

 

P. de la C.

 
 

     Doña Paz de la Cuesta Mateo (P. de la C.) era una señora cuyas ejemplares virtudes y habilidades alcanzamos a conocer.

     Falleció en Requena, su pueblo natal, en 1931, a los 76 años de edad. Recientemente revisamos buena parte de su obra poética -versos íntimos, espontáneos, hogareños-, que, gracias a la gentileza de su poseedor, damos a conocer, aunque sólo sea parcialmente. De todas formas, han tenido que transcurrir muchos años para poder exhumar la personalidad literaria de esta requenense bondadosa y cabal que supo percibir los aleteos del espíritu con certero juicio y fervorosa emoción. No en vano vino al mundo en una tierra en la que florecieron poetas de alcurnia como Herrero y Sánchez, Serrano Clavero, García Lledó, Tormo Ballester, Fagoaga Gil, Ferrer Montés, Agut y Sastre, entre otros, que pasaron a mejor vida.

     En plena adolescencia, Paz de la Cuesta comenzó a escribir versos amables y henchidos de ternura, en los que se acusa la influencia de los poetas románticos que, sin duda, constituyeron sus lecturas predilectas. Pero como sus poesías, aparte de no inspirarlas pretensiones literarias, no salieron de la intimidad, puede afirmarse que nacieron condenadas a permanecer inéditas, lo que avala la generosidad y modestia de la autora.

     En 1874, conturbado su espíritu por la muerte de un niño al que idolatraba, escribió estos versos:

...¿Dónde está tu boca hermosa?

¿dónde está tu dulce beso?

¿dónde tus labios de rosa?

Di: ¿dónde está el embeleso

de tu risa encantadora?...

     En una composición titulada El toque de Gloria, reitera sus profundas convicciones:

Ya tocan a gloria, ya resucitó;

ya el Rey de los reyes al cielo subió.

Dejando una estela de paz y concordia,

marcando el camino que sube a la gloria.

Por los pecadores fue muy generoso,

que ofrendó su vida, su paz y reposo.

Quiso redimirlos y los redimió;

pudo castigarlos y los perdonó.

Predicó doctrinas de conceptos sanos,

diciendo a los hombres que fueran hermanos.

Sin tenerse envidia, celos ni rencor;

enlazados siempre por lazos de amor.

A cambio de tantas hermosas doctrinas,

su frente coronan agudas espinas.

Y los regicidas clavan inhumanos

en el vil madero sus pies y sus manos.

Mas no cavilaron que al morir Jesús

quedó su doctrina grabada en la cruz.

La preciosa sangre del Dios de la vida

allí en el Calvario se quedó esculpida.

Al pie del madero brotó el manantial

que la fe cristiana convirtió en raudal.

     Pero, a nuestro juicio, fueron los temas ligeramente irónicos los preferidos por nuestra poetisa. En este estilo, su composición más representativa titúlase Dios y la mujer, que comienza así:

Estaba el Señor un día

en su oficina o taller

cavilando cómo haría

la pasta de la mujer.

Y, por fin, se decidió

a trabajar con afán

con un hueso que tomó

de las costillas de Adán.

Para dar forma adecuada

a aquel pequeño fragmento

puso una pasta mezclada

de cariño y sentimiento.

Con verdadero primor

modeló su hermoso talle

con el aire seductor

de la palmera del valle...

     También repunteó Paz de la Cuesta en su poético telar deliciosos e ingenuos primores, como el canto Al huevo frito:

No hay gusto más exquisito

que el que deja un huevo frito;

si está frito en la grasilla

donde se frió una magrilla.

Bueno está de cualquier modo;

pero frito, sobre todo.

A otro manjar no me avengo

si huevo frito no tengo.

De apreciarlo estoy seguro;

cada bocado... vale un duro.

Si es que lo queréis probar,

venid conmigo a almorzar...

Ya me lo dijo mi abuela

que un huevo frito es canela.

Yo digo como mi abuelo:

un huevo frito... y al cielo.

(Y en el cielo un fogoncillo

para freírme un huevecillo.)

Por la transcripción,

R. B. L.

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1972)