Entre las ajustadas raciones que se dan a los astronautas y la comida que cualquier grupo de españoles o franceses comen en un restaurant de varios tenedores, hay un abismo.

     Hace falta comer para vivir y para trabajar. Ahora bien, el hombre, aún hoy día, come no solamente para vivir, sino para trabajar físicamente, como cuando tenía que correr kilómetros a pie tras la caza, y pasarse horas con una azada en la mano, moviendo la tierra.

     Pero hoy no vivimos como antes. Nuestra civilización ha pasado a ser de tipo urbano y esto implica que los hombres llevan una vida de poco movimiento físico, ya que para eso están los automóviles y los ascensores, y de poco trabajo manual, porque para eso están las carretillas, los elevadores, los transportadores, las palas excavadoras, las abrezanjas y tantos otros nuevos útiles de trabajo del día. Asimismo implica que hay cansancio intelectual, falta de horas de sueño, stress o nerviosismo.

     Y, claro es, las necesidades de las personas han cambiado totalmente. Se necesitan muchísimas menos calorías totales, y mucho más nitrógeno.

     No son modas, ni campañas publicitarias las que llevan en todos los países, en cuanto se levanta el nivel de vida, a comer menos pan y menos legumbre, y a comer más carne. Es que se toman menos calorías totales y más comida nitrogenada, respondiendo al nuevo modo de vivir.

     Ahora bien, el mayor uso de carne lleva consigo riesgos: mayor aporte de grasas al organismo, por ejemplo; dificultad de medir si hay un exceso de nitrógeno, lo que se nota enseguida por la aparición de algunas enfermedades, etcétera.

     En suma, hay hoy un desequilibrio entre las nuevas necesidades de los cuerpos y la forma de satisfacerlas, que se traduce en la aparición de numerosas enfermedades que, en conjunto, llaman "de civilización".

     Obesidad, diabetes y algunas otras se deben a exceso de comida.

     Infartos y arteriosclerosis se deben a la forma de vivir en ciudad.

     Las enfermedades nerviosas y depresiones se deben a los inconvenientes de la ciudad: habitaciones pequeñas, apreturas, ruidos, ansiedad general.

     Hoy se vive en una época de tanteo, buscando alimentos que se acomoden a las nuevas necesidades del hombre. Y suele irse en dos direcciones:

     Buscar animales jóvenes, lo más homogéneos posible, de rápido engorde. En suma, transformadores naturales de las hierbas y pastos en alimento humano.

     Buscar alimentos vegetales -prescindiendo del transformador y de las pérdidas que supone- y buscar vegetales de un poder alimenticio determinado, como la soja, o extraer proteínas y otros componentes directamente de los vegetales, fabricando "carnes" artificiales.

     Esperemos que en un futuro se llegue a un nuevo modo de fabricar alimentos y a un nuevo modo de comer.

     Pero en éste no creemos que falte el vino. Porque hasta hoy el vino se ha utilizado como una bebida cualquiera y ha llegado a ser odioso por los abusos. Pero es cierto el slogan "sol embotellado", y tenemos que recordar que un chiquito tiene unas 30-40 calorías, según cantidad, o sea, un huevo crudo, o medio huevo frito, medio plátano, media ración de verdura guisada.

     Por eso es posible que el vino sea más que el compañero de la mesa, uno de los componentes de una comida equilibrada, y de los más digestivos y aprovechados por cierto.

     Y entre tanto llegan esos días, sigamos pensando que el buen vino alegra el corazón del hombre.

 

ANTONIO LARREA REDONDO

Doctor Ingeniero Agrónomo

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1972)