Por aquel camino se va hasta mi viña,

Ya pronto, muy pronto, diré que...

"se iba".

 

Una carretera,

una de esas pistas

anchas, y tan largas

que nunca terminan,

su pesado manto de alquitrán y grava

extenderá por encima,

enterrando afanes, enterrando amores,

rezos, tristeza, alegrías...

Volverá la primavera, pero

mis cepas queridas

ya nunca florecerán;

sus pámpanos no irán arriba... ¡arriba!,

como implorando del cielo

esos racimos que, un día,

pudiéranse convertir

en Sangre de Cristo viva.

Ya no serán manantial de caminantes

ni placer de quien las mira,

ni entregarán, noblemente, su fruto

cuando llegue la vendimia.

 

Cosas del progreso, que nada perdona,

que todo lo pisa.

 

Por donde yo anduve, con tanto cariño,

dejando sudor y fatigas,

andarán ahora, sin cuidado alguno,

locos de la prisa,

coches y camiones

-¡chatarra maldita!-,

dejando a su paso escapes de gas

y sudando gasolina.

Donde cantaban los pájaros,

donde cantaba la brisa,

entonarán su canción, bronca y estridente,

los motores y bocinas.

Por donde corrió la sangre

-de raza blanca o morisca-,

con que las uvas regaban

la tierra que les dio vida,

correrá la sangre humana, roja siempre,

muchos días,

y se regará el asfalto, lecho estéril,

porque su alma es tumba fría.

 

Pero a nadie asusta, nada se piensa,

sólo se estima

llegar pronto a todas partes,

correr..., correr sin trabas y sin medida,

aunque se avasallen tierras,

aunque se hundan ilusiones, ¡querencias benditas!,

aunque no canten los pájaros...,

aunque esté la muerte en cualquier orilla.

 

Cosas del progreso, que nada perdona,

que todo lo pisa.

 

Por aquel camino... se va hasta mi viña.

Ya pronto, muy pronto, diré que...

"se iba".

 

 

Emilia López Toledo

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1972)