Así como en Valencia y por los años veinte existieron personajes populares, tales como don Pepito Villalonga, "Gayarre" y su inseparable "Maganyosa", "UII de Bou", "El Pardalero", Mariano el de las "chuletonas de huerta", con su hijo y su trompeta; Pepito "el de los cajones", la familia "Mahoma" (magnifico exponente de la raza calé), "El Petrollero", etc.; posteriormente Nicolás "El Poeta" y "Yanki-pay", y en la actualidad "Brillantina" y Paquito "El aviador", en la Requena de aquella época igualmente tuvimos algunos, que yo recuerde: "Matamoros", el "Tío Cañamón", Venturita "el de los gatos", "El Baldao", el "Tío Vallanca", la "Tía Rollera" y Manuel "El Tonto". .

     Esto dejando aparte a las famosas vendedoras del "Portal" y sus constantes visitas al "Callejón Perul", para satisfacer sus necesidades fisiológicas menores con algún que otro sonoro acompañamiento. Aún las veo, puestas en pie y con los brazos en jarras, chismorreando a grito pelado y manteniendo sus teorías con incontables y rotundos tacos.

     De estos populares personajes voy a intentar describir algunas de sus peculiaridades, a través de mis infantiles recuerdos.

     "Matamoros" era un simpático viejecillo, muy vivaz y de mirada inteligente, que moraba en las cuevas de San Nicolás y se sustentaba de la caridad. Iba siempre tocado con una mugrienta gorra a cuadros blancos y negros, cubrecabezas que, ignoro la causa, tenía en gran estima y no toleraba que nadie le tocase y menos aún se lo quitase. Nosotros, los chavalines de entonces y algún que otro zangamindón, para hacerle rabiar, fe decíamos: "Matamorillos", quítate la gorra. Y éste, indefectiblemente, contestaba: ¡Vete a hacer p... einetas!

     El "Tío Cañamón", pacífico mendicante, muy desaseado y falto de higiene, hasta el extremo de sufrir una constante picazón. Cuando alguien familiarmente le decía: "Tío Cañamón", estése quieto, con toda seriedad respondía: ¡Qué se estén ellos!

     "Venturita" era un tipo alto, flaco, desgarbado y con unos andares muy característicos; vestía blusa de dril muy corta, y pantalones incoloros, debido a que la enorme cantidad de parches a ellos aplicados hacía ignorar su primitivo tejido. Se dedicaba a la captura y venta de pajarillos, pero su especialidad era el tráfico gatuno. En el saco que constantemente pendía de su hombro siempre portaba algún más o menos simpático felino que, por unas "perrillas", vendía a cualquier confiada ama de casa. Mas tenía una táctica especial (a base de cordilla o trozos de sardina), y a las pocas horas de efectuada la transacción conseguía recuperar al micifuz, que inmediatamente vendía en otro barrio opuesto. Todos conocían estas pilladitas, pero se lo toleraban como modesta contribución al ingenio (?) del pobre diablo.

     "El Baldao" era un tullido (de ahí su apodo) tan buena y humilde persona como asimismo seguidor fiel de Baco. ¡Ay del ay!, si hablasen las varias tabernas entonces ubicadas por los callejones y en especial la de la "Tía Alberta", de quien algún vate humorista dijo:

Dejando la puerta abierta

caza mosquitos la Alberta.

     El "Tío Vallanca", guarda encargado de la vigilancia de la entonces bonita y recoleta G10rieta. Era un voceras, pero una buena alma. Se sulfuraba cuando nos metíamos con él y sobre todo con los jardines; entonces nos perseguía enristrando su famosa vara, sin jamás utilizarla (quizá porque corríamos más que él).

     La "Tía Rollera", muy simpática y aseada viejecita. Su persona, su siempre albo y almidonado delantal, y sobre todo su siempre deseada cajita de golosinas, eran el hito entre la C. Olivas y la del Peso (en la esquina llamada de la "Bolosa"). Recuerdo con nostalgia y también con gula sus famosos canastillos de caramelo adornados con anises, sus corrucos y, en especial, sus sabrosos matones (ignoro el porqué del nombre dado a tan rica golosina).

     Y por último, Manuel "El Tonto", Era un pobre retrasado mental, fuertote, con voz de trueno. Pantalón de pana, blusa negra corta, su gorra y sobre todo su inseparable garrote. Sus manías consistían en marchar delante de las bandas de música cuando éstas hacían el pasacalle nocturno, anuncio o preámbulo de funciones teatrales, o el vespertino en fechas taurinas (¡qué recuerdos de los Gallito de Zafra, Rodalito, R. Olmos, Zurito, Paco Chaves, Manuel "El Litri"; más tarde R, Tato, R. Lacruz, L. Latorre, etc.!).

     Suplico disculpas por esta digresión de tipo taurino, pero me ha podido la afición, Continuemos con Manuel "El Tonto".

     Este paisano, brutote pero bonachón, con su casi ininteligible lengua, facilitaba la hora a cualquiera que se lo preguntase, y para ello antes sacaba y miraba cuidadosamente la punta de su cinturón, como si se tratase del más exacto cronómetro suizo.

     Si algo habla que le sacase de quicio era que le dijesen o dijéramos ¡Zuro, Terri, Coco de la Habana! Entonces era terrible: empuñaba su garrote, cargaba de pedruscos (entonces peñazos) y nos perseguía por todo el pueblo, con grave riesgo para nuestra integridad física si alguna vez nos pillaba, que, afortunadamente, fueron contadas.

     Estos son mis recuerdos en cuanto a tipos populares en las fechas al principio señaladas.

     Igualmente tengo mis recuerdos anecdóticos de aquellos tiempos, pero de personalidades célebres, tales como mis profesores, doña Emilia Fandos, don Vicente Alonso y don Vicente Iborra; los directores de Banda Maestros Cervera y Sánchez; doctores Federico Vives, Paco Salvá, Canuto Sánchez, Felipe Guijarro, Basilio Cañas (me ayudó a venir a este pícaro mundo), Antonio García Romero; de don Fernando Morencos y don Valentín García Tena; del "fantástico" don Juan Atienza (para muchos don Juan "Atiza"), etc.

     ¿Y qué decir de nuestro querido don Mateo el cura? ¿Con sus plateadas tenacillas para sujetar los cigarrillos, que, de otro modo, hubiesen maculado sus dedos?

     Dejo para final las tertulias literario-musicales que se celebraban en la casa donde nací, presididas por mi abuela Rogelia y sus hermanos Francisco y Casimiro. A muchas de ellas tuve la intensa dicha de asistir, siempre cariñosamente respaldado por el ocurrente don Pedro Masiá, que me cedía el rincón izquierdo de la chimenea diciéndome: Tú.. aquí, de morillo.

     Sería encantador -para mí- pergeñar algunos párrafos sobre estos distinguidos paisanos, pero es harina de otro costal y no llega a tanto mi atrevimiento.

JOSE MARI-PINO PEREZ

 

 

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1972)