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Estamos, contra lo que pudiera creerse, en la época del año en que la viña -pese a su desolado panorama externo- está más implicada en nuestras vidas. Cuando la madre vid está más presente en nuestro acontecimiento diario. Y, de un modo singular, en esta bendita área geográfica donde la viña, su sangre y su latido ofrecen el paisaje total al portento de la estación navideña.La viña, para damos la escenografía pascual, viene de la mano del poeta en aquellos versos que leímos de niños para rendir su póstumo servicio al ambiente familiar...
Hay un nuevo calor vital en el hogar que -una ofrenda más- nos aporta la vieja cepa, exangüe ya y sin vida, pero que aún ha merecido el tributo agradecido de un verso...
La mesa patriarcal de la Nochebuena ha abierto sus blancos linos para derramar sobre ellos sus mejores abundancias. Los turrones, que saben como' el fruto de los almendros que el abuelo plantó en lo..s claros de la vieja viña, sudan delicias junto al vino de la tierra -o de otros lugares, que todos son tierra de Dios- y cabrillea en el vidrio ansioso de engendrar santas alegrías. Ese vino nunca cantado en demasía...
El vino, que posee el arte de su transformación múltiple, toma mil y mil variantes para nuestro placer y canta en burbujas el más noble himno de fraternidad en los días colmados de ventura. |
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Y cuando el hogar decrece su calor al embate del tempero invernizo, hay un renuevo del ambiente con la llegada del generoso brazado de rebeldes sarmientos que la viña dejó en reserva. La vid ha sido protagonista de los mejores momentos de la Navidad en familia. Pero aún queda a su cargo el cierre del pascual acontecimiento en la Nochevieja cuando aparentemente agotados los recursos de la viña para el suceso venturoso, coincidente con las doce campanadas del adiós al año, aparecen los doce granos de las últimas uvas. Marchitos y todo. Pero allí está la vid rindiendo su último servicio...
José Mª Sánchez Roda (Publicado en El Trullo de Enero de 1973) |