La amplia plaza de la Villa -cerebro y entrañas del milenario baluarte requenense- ha quedado revalorizada mediante obras importantes en las que aletean ilusionados planes de cara a un futuro inmediato.

     Hasta mediados de la pasada centuria formaba una sola plaza con la del Salvador. Y fue entonces cuando, al instalarse el consistorio municipal en la "Sala" de novicios del suprimido convento del Carmen, echaron cuestas abajo los bullicios e inquietudes locales para sumirla en su silente postración.

     En esta plaza, durante la friolera de quinientos años, se celebró el mercado franco de alcabalas todos los jueves; dándose cita en ella compradores y vendedores, pícaros y pedigüeños de la Serranía, del Valle, del Río Blanco, de la Hoya, de la Manchuela... que se beneficiaban del pozo comunal de Fargalla o de la Purísima, en la vecindad de la muralla primitiva.

     En esta plaza, junto a la calle de la Cárcel, infundía respeto y temor el Pilón de la Vergüenza, donde eran vapuleadas las gentes de mal vivir y donde, en ocasiones, se montaba la "horca pública" para que el verdugo diera buena cuenta de algún facineroso.

     En esta plaza celebrábanse las bulliciosas "encamisás" o mascaradas a la usanza morisca, que recorrían las calles entre salvas de pólvora y combates simulados. También tenían lugar los alardes y las corridas de toros que organizaban los Caballeros de la Nómina del Rey, el día de su patrono el apóstol Santiago.

     En esta plaza, las compañías de farsas que pasaban al Reino, representaban gratuitamente en pleno día una comedia "de las mejores" a cambio de no pagar el impuesto aduanero de bagajes. Por cierto que al terminar la. representación, el concejo obsequiaba gentilmente a los cómicos con unos ducados y algunas libras de chocolate.

     En esta plaza tenía lugar de tarde en tarde un tremendo espectáculo nocturno. Entre fulgores de antorchas soltaban del callejón de los Toriles (en comunicación con la calle de Santa María) un toro en cuya testuz ardía lentamente una materia resinosa. Cuando al pobrecito animal "se le iban calentando los cascos", corría y saltaba alocado y ciego de furor, mientras que algunos mozos danzaban de un lado a otro haciéndose los valentones. Todo ello en medio de un griterío incesante. A Felipe III, que iba de bodas, le impresionó este cruel espectáculo.

     En esta plaza tenían lugar también las reales proclamaciones amenizadas por trompeteros y atabaleros. Sobre un tablado, el alférez o abanderado de la villa pronunciaba la fórmula: ritual ("Silenció, silencio, silencio... Oíd, oíd, oíd... Requena por Su Majestad el Rey... "), levantando el pendón real entre las aclamaciones del vecindario. La última proclamación á la antigua usanza fue la de la niña Isabel II. Al final de la ceremonia se echaron al pueblo tres arrobas de calderilla. No faltó la típica "encamisá", colocándose sobre el escudo pontificio que labró Illueca un retrato de la soberana. Durante la noche, se encendieron dos mil luminarias sobre lamparillas de barro.

     En esta plaza rendía su anual y solemne promesa la denominada procesión cívica que, con el pendón de la ciudad por delante, salía del Ayuntamiento y se detenía ante la lápida del laureado coronel don José Ruiz de Albornoz, defensor de Requena durante la primera guerra carlista. Tras la ofrenda de una corona de laurel, un orador evocaba la gesta gloriosa del 13 de septiembre de 1836.

     Y, entre otros recuerdos de nuestra infancia, evocaremos en la plaza de la Villa las pirotecnias de Andrés Pataca y el cinematógrafo público gobernado por Benito Pérez.

     Ultimamente, con motivo de las Bodas de Plata de nuestra Fiesta de la Vendimia, en esta plaza tuvo lugar la "Noche del Vino", en la que fueron proclamadas nuestras bellísimas bodegueras.

 

R. B. L.

(Publicado en El Trullo de Enero de 1973)