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| Desde que alguien tuvo la idea, hasta el momento de su inauguración, pasando por el dilatado período de su larga y laboriosa gestación, todos han tenido ocasión de expresar sus pensamientos sobre el Monumento Nacional a la Vendimia. Desde las barberías -que un "chusco" las llamó una vez "los lavaderos de los hombres..." por ser el lugar por excelencia donde el sexo fuerte ejercita su propia versión del chismorreo local- hasta la letra impresa, pasando también por las tertulias y comentarios de los cafés, tanto Fulanito como don Mengano han tenido ocasión, y la han aprovechado, para hacer pública su opinión acerca de todos y cada uno de los pormenores relativos al Monumento. Todo el mundo, en fin, ha dicho sus más y sus menos sobre él. Pero..., y digo yo, ¿alguien ha pensado en que el Monumento también tiene perfecto derecho a expresar sus opiniones?.. ¿Por qué pueden Pedro o Juan decir lo que les ha parecido el emplazamiento o su figura y, con toda justicia, no puede el Monumento decir nada al respecto? Con este pensamiento fijo en mi cabeza, y convencido de lo justo de mis pretensiones, hace unas noches fui al final de la Avenida del General Varela con el propósito de hacerle una entrevista para El TRULLO a nuestro Monumento Nacional a la Vendimia. Escogí, como es natural, las doce de la noche, única hora en que, como es sabido de todos, las calladas piedras suelen hablar. Y si alguien no lo cree, que lo pregunte a los poetas. La noche era algo fría y lluviosa y por esto encontré al Monumento un tanto triste y melancólico. Su espalda mojada no brillaba bajo la luz por la sencilla razón de que allí no hay luz alguna. -¡Hola, señor Monumento!... Buenas noches. Soy de la redacción de El TRULLO, el órgano de la Fiesta de la Vendimia, y quisiera alguna de sus impresiones para su publicación... -¡Ay, hijo! Pues podías haber escogido una noche mejor. Con esta llovizna y este airecillo frío que sopla comprenderás que no tengo el humor así muy alegre que digamos, pero, en fin, haré de tripas corazón y procuraré complacerte. Al fin y al cabo la Fiesta de la Vendimia es mi madre y tengo ciertos deberes para con ella, pero, caray, también me podría haber alumbrado en Andalucía, pongo por ejemplo, de clima más confortable. Por otra parte... ¡ya era hora de que alguien se acordara de mí! -No sea usted injusto, señor Monumento. Todos nos acordamos mucho de usted y para todos constituye usted un motivo de orgullo. ¡Ahí es nada!... ¡Ser el único Monumento Nacional a la Vendimia en el mundo! -¡Pues no se nota en nada, "macho"!... ¡Ay!, perdona que se me ha escapado el epíteto cuadrúpedo. ¡Claro! Tantos sobresalientes en lengua pasan por aquí "obsequiándose" con él. -¿Contento de su emplazamiento, señor Monumento? -¡Psché!... No está mal del todo. Tengo vecinos de categoría y me llevo muy bien con ellos. El señor Instituto, aunque pudiera creerse lo contrario, no es nada orguIlosote y me cae muy bien. ¡Lástima que el pobre se encuentre tan pachucho y flojo a pesar de su juventud! El día menos pensado me deja solo. Menos mal que doña Escuela de Aprendizaje es también muy buena vecina. Por las noches me presta algo de sus luces, y así no me encuentro tan desamparado. -¿Y qué me dice de su otra vecina, la Plaza de Toros? -Con esa ya no me llevo tan bien. Como es tan vieja la pobre, es bastante gruñona y todo lo ve mal y lo critica. Pero bueno, vamos al objeto de tu visita. ¿Qué quieres saber de mí? -Veamos. En primer lugar, ¿qué opina usted sobre el lugar en que le han colocado? -¡Hombre!... pues que me gusta. Sí señor, me gusta. Bastante más que el otro en que querían ponerme. Aquí, aunque está uno más a los aires que corren de todos lados, el panorama de que disfruto es más amplio, más distraído. -Hábleme, por favor, de sus impresiones vistas desde aquí. -Pues... ¿qué te voy a decir?.. Que me gusta ver por las mañanas a la multitud de jóvenes que van a mi vecino el Instituto, todos tan afanosos y diligentes. Algunos de ellos resultan un poco revoltosillos... algo "gamberros" como se dice ahora, y van haciendo el cafre de una manera impropia de la cultura que forzosamente se les ha de suponer; pero otros, los más, van muy serios y formales a enfrentarse cada día con sus asignaturas. Por cierto que hay algunos de ellos que han dado en subirse a mí cuando "pelan" la clase y se ponen a fumar un cigarrillo. En los días soleados también se ha dado el caso de que algún viejecillo se sienta alpinista y se sube por las escaleras, muy temerariamente, expuesto a caer y romperse el bautismo. Por las noches esto se pone muy animado con los autobuses y los alumnos de la Escuela. Por cierto que quiero que digas en El TRULLO que estoy muy indignado porque algunos me toman por un mingitorio y me aprovechan para hacer "pipi". ¡Cómo tengo tan poca luz alrededor!... y luego, además, cuando yo era sólo un proyecto... ¡cuántas cosas me prometieron unos y otros!... Ahora que estoy aquí de cuerpo entero... ¡si te he visto no me acuerdo! Cuanto que me han terminado lo justo, justo para mi inauguración aquella noche -que también estaba lloviendo- y de mis alrededores ya, nada. ¿No me iban a poner un bonito macizo de flores o césped en torno mío?.. Como verás, hasta ahora en derredor mío sólo se ven cascotes y piedras. -Todo se andará, señor Monumento, la suscripción popular en demanda de fondos para su mantenimiento sigue abierta y es de esperar que la gente no dejará de dar su óbolo para todo ello. -¡Pamplinas!... Si Dios no lo remedia, dentro de poco voy a estar más abandonado y solitario que la Glorieta. Aquí lo que hace falta es que todo el mundo se dé cuenta de una vez que soy ¡el Monumento Nacional a la Vendimia!... ¿Está claro?.. Esto obliga algo, ¡digo yo! -Bueno, señor Monumento. No se enfade. Todo se arreglará. ¿Quiere usted algo más para nuestros lectores? -Nada. Es decir, sí, ¡qué pasen felices Pascuas!
CICERÓN (Publicado en El Trullo de Enero de 1973) |
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