La fisonomía de los pueblos, como la de las personas, experimenta con el tiempo transformaciones esenciales. Pero así como en las personas son signos inexorables las canas y las arrugas, en los pueblos progresivos estos cambios siempre tendieron a remozarlos y embellecerlos.

     No nos sorprende, pues, que quienes abandonaron Requena en los tiempos del encajonado Portal y de la vallada Glorieta, se asombraran lustras después ante las altas edificaciones, amplias avenidas y espléndidas instalaciones de la moderna ciudad. Ya uno de ellos le oímos decir cuando, al fin, salió de su asombro: "¡Este no es mi Juan, que me lo han cambiáu!"

     Añoranzas, realidades... Ayer, mañana...

     De todas formas, la contemplación de viejas fotografías del casco urbano requenense suscita recuerdos entrañables que, queramos o no se empequeñecen ante la fecunda y prometedora realidad del momento.

     Lo mismo aconteció cuando muchos moradores de la Villa poblaron el Arrabal, cuando se franqueó el poderoso muro de las Higuerillas, cuando se alineó la nueva carretera de las Cabrillas, cuando se urbanizaron las eras y las alamedas de don Juan Penén, etc.

 

(Publicado en El Trullo de Enero de 1973)