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| He leído recientemente algo que tiene relación con las formas de organización social y política del hombre, y, como era de suponer, en el trabajo a que me refiero se citan las afirmaciones dogmáticas formuladas por numerosos filósofos que se ocuparon del tema en otras épocas y se abunda en el dogmatismo mediante las propias afirmaciones del autor. Y cuanta más documentación adquiere uno mayor es la incertidumbre que brota de posiciones antagónicas afirmadas categóricamente y mayor el escepticismo sobre las posibilidades de la convivencia pacífica de la humanidad. ¿Cómo es posible mantenerse en una línea de equilibrio entre gentes que empujan y obligan, llevados de su dogmatismo, hacia una tendencia y entre quienes hacen lo propio en sentido contrario? ¿Cómo adquirir la certeza, honrada, de tomar una posición correcta entre tanta afirmación excluyente? A solucionarlo vino el recuerdo de algún texto de nuestra mejor literatura castellana en el que abunda el ingenio cuanto brilla por su ausencia el énfasis con que filósofos y políticos abordan el problema. Se cuenta que un buen día un honrado labrador y su hijo de pocos años hubieron de dirigirse desde su pueblo a otro lugar, sin otro medio de locomoción que un asno del que disponían. Pensando que, al iniciarse el recorrido, padre, hijo y animal partían llenos de vigor, decidieron andar todos y utilizar los servicios del pollino sólo cuando apareciese el cansancio. Al cabo de un rato hubieron de pasar cerca de unas gentes que cultivaban sus tierras junto al camino, a quienes oyeron comentar en voz baja que sólo a un tonto se le ocurriría hacer el recorrido a pie, siendo así que padre e hijo llevaban consigo un asno. Movidos por esta reflexión decidieron que, efectivamente, lo propio era beneficiarse de los servicios del animal a cuyo efecto parecía procedente que, dosificando las fuerzas, cabalgase el hijo. No hubo transcurrido mucho tiempo antes ,de que nuestros viajeros diesen, de paso, con unos leñadores, a quienes oyeron murmurar que era un desvergonzado el hijo, lleno de juventud y de energías, permitiendo que su padre fuese a pie, siendo así que el transcurso de los años, los trabajos y penalidades habrían mermado considerablemente sus fuerzas. Y en su consecuencia, aceptando que era prudente el comentario, padre e hijo decidieron invertir la práctica de su andadura. Felices hubiesen sido ambos a no ser porque, en las inmediaciones de un poblado, una moza que vio a nuestros protagonistas de tal guisa, sin pelos en la lengua y harto afán de terciar en vida ajena, plantóse de horcajadas ante los viajeros e increpó al caballero llamándole rufián, desnaturalizado, mal padre y un sinnúmero de vocablos malsonantes por permitir que su hijo, joven adolescente, fuese a pie mientras él, hombre cuajado y fuerte, cabalgaba sobre el asno. Tratando de reconciliar cuantos pareceres habían escuchado, decidieron concluir el viaje cabalgando ambos, padre e hijo, sobre el pollino. Y cual no sería su sorpresa al poder escuchar, más adelante, las expresiones de indignación que provocaba entre las gentes la contemplación de un semejante abuso de los servicios del animal. ¿Moraleja? Salvando, en esencia, que cada uno de nuestros semejantes tiene unos derechos naturales idénticos a los nuestros y que su ejercicio simultáneo puede llegar a colisionar, lo que impone por convención universal civilizada una autolimitación de nuestra libertad, en lo demás el recto criterio de cada cual debe ser su norma, sin que deba importar, ni poco ni mucho, la tendencia de las gentes a la ingerencia en la vida ajena y, mucho menos, él dogmatismo con que suelen pronunciar en un intento de arrastrarnos hacia su punto de vista.
P. GIL-OROZCO (Publicado en El Trullo de Agosto de 1973) |
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