Desde la aparición del hombre tenemos testimonios de su actividad.

     A través de la investigación histórica conocemos su vida, sus costumbres, su organización social y sus problemas. Se puede observar en todo momento una verdadera constante histórica: El intento de mejorar los medios de expresión.

     Es probable que el primer medio de comunicación del hombre fuesen las señas. Es indiscutible que esta evolución irreversible en la que estamos inmersos y, a la vez, de la que somos agentes, nos lleva a grados insospechados de perfección en la comunicación. No obstante, cabe la posibilidad de que se deformen los mensajes.

     El acto más insignificante, así como el más sublime, necesita de los medios de comunicación.

     Es importante expresarse con precisión y con la mayor exactitud posible.

     El mensaje que quiere transmitirnos un artista con su obra no tiene porqué ser único, ellos mismos no admiten que una misma imagen o figura diga lo mismo a diferentes personas. Pero el lenguaje hay que utilizarlo correctamente. Hay que hablar con propiedad. Deben ser usadas las palabras con rigor. empleándolas y dándoles su significado concreto y matizando lo máximo posible.

     Los modos de comunicarse son muchos, podríamos decir que el reverso del lenguaje artístico, en el que se marca el acento en el subjetivismo, es el lenguaje temático. Las matemáticas emplean signos con un valor marcadamente objetivo, no cabe el equivoco.

     La proposición matemática tiene un valor universal. Sin embargo, son muchas y variadas las impresiones que se sacan, o dicen que se tienen, ante un cuadro.

     Somos testigos de las limitaciones de la semiología, que quiere estudiar el significado de las imágenes, debido a la subjetividad.

     Entre la subjetividad y la objetividad lucha el lenguaje por antonomasia: el idioma.

     Los idiomas, medio de comunicación de comunidades con personalidad definida, están vivos, constantemente se ven renovados. Les vienen términos extraños que los adaptan y olvidan, pero durante un tiempo forman parte de su léxico (aunque no sean admitidas por las Academias de la Lengua correspondientes).

     Las palabras tienen una vida: Nacen, se extienden y mueren. A veces quedan como aletargadas, cuando parecen que han muerto resurgen, como Ave Fénix, para enriquecer el idioma.

     Por pocas dotes de observación que se tengan, fácilmente se aprecia que según el ambiente se tiene un modo de hablar, incluso una terminología especial. Hay un lenguaje comercial, técnico, filosófico y político (tal vez el más equívoco, ya que son muchos los interesados en que la ambigüedad venza a la claridad, no en vano gran parte de los hombres públicos en vez de políticos son politicastros).

     En ocasiones nuestro sufrido idioma, hijo directo del latín, enriquecido por elementos de otras lenguas, le hacen engendrar palabras bastardas y aprovechando la fuerza de determinados medios de difusión y la inercia de las gentes, procuran imponernos o, por lo menos generalizarlos.

     Tengo (in mi mente un término, aparecido con roma intención -Levante- y otro que surgió de repente, con buena fe incluso, pero que, como sucedáneo inútil, conviene hacer que desaparezca -Castilla valenciana-.

     Levante, que quiere sustituir a, Valencia o Región Valenciana, es una palabra que no dice nada. Es lo contrario de Poniente. Un punto geográfico anónimo. Desde luego Valencia, la Región Valenciana, está en el Este de la Península, pero mucho más oriental están las Islas Baleares, y a nadie se le ocurre llamarlas levantinas.

     Las mentes que estén embotadas de centralismo les traerá sin cuidado, pero los que crean en la proyección en el mundo de los grupos humanos con marcada personalidad como pueblos, los que vean que no es la mismo unidad que uniformidad, los que sientan una España fundamentalmente variada, harán más hincapié en este matiz individualizador.

     Levante, que pretende ser Valencia y Murcia, no es nada. El País Valenciano es una entidad socio-histórica.

     Otro término desafortunado es el de Castilla valenciana al referirse a nuestra comarca.

     Castilla valenciana es despersonalizador, ya que es querer explicar algo concreto con dos términos más amplios. Podría caber una justificación diciendo que Requena es un punto de incidencia en el que se mezclan Castilla con Valencia. No obstante, aunque así fuese, el nombre en principio es gratuito. Primero se debe observar la realidad requenense y luego sacarle la procedencia. Existe algo fundamental y definidor.

     Si los requenenses somos valencianos, ya no somos castellanos. Si somos castellanos no somos valencianos, el nombre híbrido es impersonal. A nadie se le ocurre decir hablando de Alsacia o Lorena, la Alemania francesa. Es un absurdo.

     Sería interminable la lista de palabras y expresiones que necesitan una revisión. En mi opinión es labor personal ir hablando con propiedad y rectificando los errores, pero el primer paso es no crear neologismos funestos.

 

FEDERICO MARTÍNEZ RODA

(Publicado en El Trullo de Agosto de 1973)