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"Ya se van los quintos, madre, ya se va mi corazón, ya se va quien me cantaba amores junto al balcón."
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Cuando veo por las calles de Requena el abigarrado conjunto de mozos que con su charanga y su carromato, entre risas, cantares y alegrías, van solicitando del vecindario una pequeña aportación para celebrar la última "juerga" de despedida ante la inminente marcha a "la mili", me hace pensar en otros tiempos -por cierto más agitados que éstos-, en que aquellas rondas de mozos, rezumando por su vertiente juvenil y despreocupada la alegría y el desenfado, suscitaba en la otra cara de la moneda la tristeza y la amargura de una incertidumbre traducida en sollozos y lamentos. ¡Cómo saben esas madres y esas novias de esperanzas y desesperanzas entre besos y lágrimas, entre consejos y despedidas! Pero, gracias a Dios, hoy, aunque todavía exista ese pequeño conato de inquietud en el corazón maternal, el hecho de "ir a la mili" resulta escasamente penoso -siempre hay excepciones-, y el recluta, ya soldado, parece que ya no es tan "quinto" como antes, aunque a veces también tenga que pagar la "quintada". Por si alguien no lo sabe, hemos de advertir que el concepto de "quinto" no es ni más ni menos que un arcaismo que se remonta al siglo XVII, cuando para incrementar las levas de soldados se arbitró la medida de "quintar" a los mozos de cada pueblo nacidos en el mismo año, es decir, sacar por sorteo una quinta parte del contingente de mozos, que era la que debía ir a "servir al Rey", y esta forma de sortear, empleada muchos años, derivó en otras variantes muy parecidas a la actual, no "quintando", sino sacando número que al ser mayor o menor determinaba si debía ir al ejército o si se libraba del servicio militar; hemos de señalar que los sistemas de reclutamiento han ido sufriendo modificaciones de acuerdo con las necesidades circunstanciales de la Patria. El anecdotario de aquellos sorteos de últimos del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, según referencias de nuestros abuelos, es tan pintoresco y tan lleno de matices, agradables y desagradables, que podría llenar un grueso volumen; desde la paliza que propinaban los compañeros al que por su suerte salía librado o "le tocaba a España", o el coro de plañideras en el hogar del que salía "para Africa o para Cuba"; la cacicada del escribano o del alcaIde pretendiendo librar a algún familiar; el caso de un pueblo muy pequeño en que sólo había dos mozos y uno de ellos se tragó la boleta de su suerte; el rapto de una imagen de San Antonio, por parte de una novia, escondiéndolo en un corciol hasta el día del sorteo, etc., etc. Y cuando surgía el capítulo de los alegatos o posibles eximentes podía verse la cazurrería del que pretendía librarse por corto de talla encogiéndose como una gamba en el acto del tallado, o la del que contenía inverosímil e inconmesurablemente la respiración para ver si alcanzaba la "estrechez de pecho", o la del que alegaba ser hijo de padre "exagerao" (sexagenario); claro está que la mayoría, todo este aparato de medir y tallar, y reconocimientos médicos, y preguntas del síndico y del alcalde, lo tomaban casi a broma y a chacota, y hubo alguno que alegaba ser "corto comedor", otros que decían "espantarse de los coches", otros de sufrir una terrible enfermedad llamada "gandulitis crónica", etc., etc. Entendiendo que el servir a la Patria, contribuyendo a su protección y defensa, con un efectivo y temporal adiestramiento es un deber y un honor para todos los españoles, y viendo el cuartel como una verdadera escuela de convivencia, de patriotismo y de caballerosidad, el cumplimiento del servicio militar, aunque obligatorio, no puede ser hoy menos oneroso, y todavía menos en la paz de nuestra España actual, en cuyos cuadros militares no sólo se adiestra en el manejo de las armas en previsión defensiva, sino que se acrisola y se forja en seriedad y reciedumbre el español honrado, y hasta se pueden cursar enseñanzas de promoción profesional formando especialistas de diversos oficios, muy útiles para el futuro de muchos mozos. Y en verdad, ¿quién puede negar que cuando se vuelve de la "mili" se siente uno más hombre, más serio y más consciente y responsable? En nuestros días un gran contingente de voluntarios nutre los cuadros de nuestros ejércitos de tierra, mar y aire, disminuyendo el grupo de "quintos" de recluta obligatoria o forzosa, y que casi siempre son los Componentes de la ronda callejera y jacarandosa solicitando el óbolo del vecindario para su cuchipanda final en vísperas de la marcha. No sé qué es lo mejor: si la elección de cuerpo y lugar de cumplimiento del servicio militar como voluntario, con sus ventajas de poder seguir en muchos casos en el ejército sus aficiones profesionales, y también por aquello de "bocado comido, cuidado quitado" o "lo que se ha de hacer, cuanto antes mejor", o esperar a que la suerte determine dónde le ha tocado, con el encogimiento de hombros del que sabe que, en definitiva, lo ha de hacer y todos los lugares de la geografía patria considera buenos para cumplir el honroso deber de servirla, sin exageradas alegrías ni resignaciones desmoralizadas. Verdaderamente, cuando veo a los "quintos" con su charanga por las calles de Requena, con su desbordante alegría, yo, que he tenido que servir en el ejército no una vez, sino dos -como por circunstancias especialísimas hemos tenido que hacer muchísimos españoles-, pienso muchas y muy diferentes cosas, y no sé si llorar o reír, porque afloran recuerdos para poder hacer ambas cosas, porque ha habido de todo en nuestra vida, venturas y adversidades, motivos de alegría y de pena... pero, ¡ay, quién pudiera volver de nuevo a cantar coplas de despedida a la novia en una ronda de quintos, o asistir al regocijo del reclutamiento y a la cuchipanda de la "quintada" local en vísperas de ir a servir a la Patria en las filas del ejército! Pero siempre en paz, en paz, en paz
F. YEVES DESCALZO (Publicado en El Trullo de Agosto de 1973) |
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